El diálogo en la escritura creativa (III)

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¿Desparece el narrador en el diálogo narrativo puro? ¿Por qué hablan los personajes? ¿Para qué un escritor introduce este recurso en el relato? ¿Modifica el diálogo el estado de ánimo del personaje? Estas son algunas de las cuestiones a las que tratamos de dar solución en esta entrega del Taller de Escritura Creativa Aladar. La próxima estará compuesta por ejemplos de diálogos de distintos autores de todos los tiempos que acompañarán lo que hemos dicho estas semanas.

En la anterior entrega, decíamos que el narrador no identificado saca de sí cuanto puede, mientras el identificado trata de apropiarse cuanto puede, y de hecho no es otra su misión; pues bien, si esto es así en un sentido muy general, no será difícil ponerse de acuerdo en que una vez llegados a los personajes y, en concreto, a sus propias voces, estos dos narradores han de comportarse de forma bastante diferente. Lo que pertenece a uno, puede no pertenecer a otro. De hecho, podemos decir que el no identificado, en su intención de exponer, de sacar de sí, tratará de mostrar por todos los medios que las voces de sus personajes son de sus personajes y que ésta es una cuestión crucial para que él sea creíble (es decir, eficiente). Una voz externa, sin identificar, como es la suya, quedaría en muy mal lugar si encendiera la sospecha de que actúa en el territorio de primer plano de los personajes. Mientras que esa sospecha, por muy verosímiles que sean las voces, ya está en el arranque del narrador identificado (sin que esto quiera decir que no haga todos los esfuerzos que quiera para distraer esa sospecha).
En el diálogo puro la voz del narrador se abstiene. Los personajes toman el mando, sus discursos prevalecen sobre la voz narrativa. Por ello, el narrador se ausenta, un poco teatralmente pero se ausenta. Pero claro, esa ausencia es producto de la decisión de ausentarse. El narrador ya se ha planteado las preguntas ¿cuándo me ausento? Y ¿para qué?
El narrador no se queda del todo en silencio; quiere saber y no puede saber. Expliquemos esto.
Es una apariencia que el narrador se quede en silencio completo. Puesto que él ha elegido el momento de la ausencia, ese momento le pertenece de alguna manera y de alguna manera está relacionado con él. Hay un vínculo de conocimiento y de reconocimiento. Ese vínculo es de ¡quedarse callado! No todo es silencio, pero no todo lo que no es silencio consiste en hablar.
Es una apariencia (por la misma razón) que el narrador no quiera saber. ¡Quiere saber, pero no puede! O, mejor dicho, sólo consigo mismo no puede. Sabe que ha llegado a un límite y que a partir de ese momento tiene que delegar, y que esta delegación no lo es de cualquier cosa, sino de lo más fundamental que posee: su propia voz. Pero que su propia voz no va a ser utilizada, de lo que estamos hablando en realidad no es de una delegación, sino de una relegación. Desde ese momento, el narrador ya sabe que no puede saber, pero ¿podrá saber? Ahora el narrador escucha en silencio, podríamos decir que el narrador se abstiene para poder escuchar. Lo hace porque por sí mismo ya no puede saber, cuando quiere (de todos modos) saber y lo hace en una especie de diálogo con el diálogo que se está produciendo entre los personajes.
Ya sabemos que el narrador es como si se quedara tras la puerta escuchando (a veces la puerta está entreabierta y es lo que llamamos acotaciones que harán que la puerta esté más o menos abierta dependiendo del grado de significación de estas acotaciones. Un exceso en la acotación nos impide escuchar la voz de los personajes).
Vayamos con los personajes. Si el peso han de llevarlo sus voces, el primer problema son esas voces. La voz es de alguien y, por tanto ha de pertenecerle absolutamente. Una voz lleva incorporada una visión del mundo, lo que equivale a decir: una lógica, una gramática, una actitud ante la palabra, etc. Es lo que llamamos identificación de voces.
De lo que trata un diálogo es del encuentro de dos o más visiones del mundo, con la gramática privada que tienen esas visiones. Necesitamos sus voces para que los personajes hablen por sí mismos y necesitamos que los personajes hablen por sí mismos para saber más de ellos (y si es posible más que ellos mismos). Cuando se escucha a un personaje en un diálogo, el lector debe tener la posibilidad de identificarlo de inmediato acudiendo únicamente a su voz y sin el soporte de la acotación que pueda proporcionarle el narrador. La sensación ha de ser parecida a la de escuchar a alguien conocido por teléfono. Ya sabemos quién es. Se trata de poder reconocer a cada personaje (el lector y el resto de personajes) gracias a su forma de expresar una visión del mundo.
Más cosas. Un personaje cuando habla, se habla, pero también ha de hablar al otro y escuchar al otro. No se trata de dos monólogos alternos sino de un diálogo. Hay entrecruzamiento, roce, colisión. El cruce forma parte de la estructura interna de un diálogo y tiene como condición previa la existencia de un tema compartido, de un lugar de conflicto, de una zona de riesgo. Localizar el tema es asunto de toda narración y no lo es menos en el territorio particular del diálogo, donde el enfrentamiento es dramático y donde la crisis se justifica por su desarrollo.
Los personajes han de estar hablando de lo mismo, aunque esto parezca de Perogrullo. Desde lugares diferentes (si es necesario) pero de lo mismo porque el lector ha de averiguar y entrever, diseñar ese cruce, ha de interrogarse. El personaje se manifiesta a través del diálogo pero se manifiesta con el otro. Y es que el personaje debe escuchar.
No saber justifica la utilización del diálogo pero, además, el personaje no puede acabar este con el mismo estado de espíritu con el que empezó. Le debe pasar algo. Su conciencia debe quedar alterada. Quedan mucho más iluminados para el lector, para el narrador, para ellos mismos, que cuando comenzaron el diálogo. Y es por eso que la acción avanza. Quizá el personaje no avance pero la acción si.
En todos los sentidos el diálogo es un estilo dramático de primer orden. El narrador (en su zona de exposición) se detiene, porque no puede saber y quiere saber, en un silencio atento. Los personajes hablan para saber de sí mismos o que alguien sepa de ellos mismos lo que quizá ni ellos mismos conozcan. Del mismo modo que el narrador les escucha, ellos se escuchan. El lector escucha el silencio del narrador que no sabe y la voz de los personajes que tampoco saben. Y todo ese silencio del no saber (que es lo que se escucha con voz o sin ella) hace que la narración se mueva y que se ordene alrededor de todo lo que falta.
La próxima entrega la dedicaremos a aportar ejemplos que ilustren todo lo que hemos visto hasta ahora.