El diálogo en la escritura creativa

Man and woman with thought bubbles that match each other's clothing

Todo lo que aparece escrito en un texto literario debe estar completamente justificado. Sea utilizado un recurso u otro, no puede ponerse en juego la coherencia interna del relato o su verosimilitud. El diálogo es uno de esas herramientas creativas que el escritor puede utilizar. Y es la más compleja, la que más problemas puede generar si se utiliza con poco tino. Comenzamos una serie de cuatro artículos en los que se analizará el diálogo en sí y sus relaciones con el resto de materiales narrativos.

Ya que el asunto que vamos a tratar es muy importante y complejo, dividiremos en cuatro partes su desarrollo.

Muchos lectores siguen creyendo que el diálogo en literatura es un recurso que utilizan los escritores para dar aire al texto, para que la lectura sea menos costosa y más divertida. En definitiva, para aligerar el peso de las zonas expositivas más densas. Por supuesto, esto es un error. Y si en algún relato encontramos diálogos que nos hacen relajarnos, mal asunto. El diálogo es, sin lugar a dudas, el recurso literario más difícil de manejar y su importancia es absoluta en el conjunto de la narración. Conviene no olvidar nunca que lo que dice el personaje se arrastra de principio a fin.

Para saber distinguir entre un buen diálogo y otro que no lo es, lo primero que debemos saber es qué es un diálogo. Parece esto una perogrullada aunque no lo es. No podemos confundir eso con cualquier otra cosa que se le parezca.

Por ejemplo, cuando charlamos con un compañero de trabajo y le damos los buenos días, cuando nos contesta cortésmente y cambiamos impresiones sobre el calor que llegará en breve, lo que hacemos es intercambiar frases y guardar silencio cuando habla el otro. Si, en lugar del calor, el asunto tratado es el partido de fútbol del día anterior, no cambia nada. Hablamos de esto o de aquello sin que importe lo que es puesto que la finalidad de esa conversación es idéntica. Con este tipo de conversaciones no ponemos en juego nada de nosotros mismos (como decimos los escritores, no arriesgamos lo que somos); el sentido de la conversación no es gran cosa, no es significativo, no provocará cambios en el que interviene. Nada pasa y nada nos afecta. Si los personajes pueden cambiarse por otros, si lo que dicen puede ser cualquier otra cosa, estamos ante una conversación insustancial y, por tanto, alejada de lo que es la literatura.

Vamos a suponer que nuestro compañero de trabajo nos invita a sentarnos, con el rostro desencajado, y nos anuncia que su mujer le ha sido infiel. Aquí la cosa cambia, al menos, debería cambiar. Trataremos de entender, iremos algo más allá de lo que ese hombre dice, indagaremos en el conjunto del discurso, en sus gestos. Del mismo modo que en la conversación anterior, podríamos contestar cualquier cosa, pero, es muy posible que se establezca una relación entre los que hablan. El discurso de uno y otro se relacionará en diferentes planos a medida que ese diálogo se vaya estableciendo. Esto nos lleva a afirmar que podemos fijar un primer territorio en el que se establece el diálogo: los que hablan se relacionan porque es necesario que así sea, porque, de alguna forma, dependen el uno del otro y son sus discursos los nexos de unión. Lo importante, sabiendo esto, es si el diálogo puede producirse entre los personajes o no es así; qué consecuencias tendrá que en lugar de ser uno el interlocutor es cualquier otro. Es decir, si estos que hemos estado manejando hasta ahora, fueran excelentes amigos más allá del trabajo, sería lógico que esa historia de infidelidad se contara sin problemas. Pero si la relación de estos dos personajes fuera escasa o nefasta ¿qué podríamos pensar de ese diálogo? ¿Es normal que un personaje vaya contando sus intimidades o miserias al primero que se encuentra en la oficina? ¿Será más lógico poner en circulación a, por ejemplo, el hermano de ese personaje para que el diálogo se puede establecer? Hay que cuidar mucho este aspecto para dar verosimilitud al relato y, sobre todo, para no convertir al personaje en un ser extraño, loco o inestable; salvo que queramos buscar ese efecto, claro. Hay que insistir en que lo dicho por el personaje se arrastra desde ese momento hasta el final del relato y, lógicamente, puede dibujar un perfil que nos destroza lo ya narrado o la previsión desde el punto en el que nos encontramos al escribir. Si nuestro personaje es raro o está como una cabra ¿no será mejor que le cuente sus desgracias a un atónito conductor de autobús que no sabe qué tiene que contestar? Estas elecciones deben ser coherentes con el conjunto de la narración; como pasa siempre en literatura. Ni más ni menos. En resumen, hay que elegir bien al interlocutor de nuestro personaje, bien el asunto a tratar y bien el escenario y el tiempo en que se va a producir ese diálogo. Dicho de otro modo, el diálogo solo puede aparecer cuando se justifique que sea así. Ni por capricho, ni por estética, ni por llenar páginas relajantes para el lector (¡¡¿quién puede pensar algo así?¡¡). Eso es cosa de malos escritores. Los que dialoguen tendrán que ser únicos, exclusivos. Lo que digan solo lo podrán decir ellos con ese sentido, al que hemos hecho referencia, respaldando cada frase.

De momento lo dejamos aquí. No obstante, planteamos una cuestión para el que quiera reflexionar: cuando alguien dialoga ¿qué quiere realmente? ¿Quiere explicaciones? ¿Lo hace intentando encontrar eso que no sabe y le hace falta para poder entender y seguir adelante? ¿Por qué dialogamos? ¿Por qué deben hacerlo nuestros personajes?