El espectáculo de la imperfección

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El pintor leonés Félix de la Concha reinventa la pintura, aportando una dimensión escénica a sus series de retratos y paisajes. A lo largo de su trayectoria como pintor se ha distinguido por sus series y sus perfomances, que graba en vídeo y que en ocasiones realiza con público. Ha decidido renunciar a la perfección, a cambio de aportar una magnitud teatral al acto íntimo de la creación pictórica. Durante los últimos años, el artista castellano se ha aproximado al conocimiento de hechos, sociedades, culturas  y realidades mediante la fórmula del retrato-entrevista, en la que realiza un bosquejo de las vivencias del modelo mientras trata de captar su alma sobre el lienzo.

Protege su timidez con los movimientos fugaces, desprovistos de sentido, de sus manos. Lo hace cuando habla. Lo hace cuando pregunta. Lo hace cuando pinta. Su apariencia es la de un niño, a pesar de haber sobrepasado los cincuenta años. Delgado, pequeño, de mirada curiosa, inteligente y con un brillo reservado, de inocente malicia, de traviesa arrogancia. Como si Tom Sawyer hubiera nacido en León, en 1962 y se hubiera negado a crecer, recreando su propia realidad al óleo de los paisajes que pinta, y retratando a los personajes de su vida y de los acontecimientos que le interesan. Tal vez por ello el destino, o Dios o la fortuna, o todo ello, llevó a Félix de la Concha vivir en Iowa, cerca de donde MarkTwain ambientó sus historias de niños que no quieren dejar de serlo, jugando a ser hombres, que, como él, patalean y escenifican un sobreactuado enfurecimiento cuando los detalles escapan a un control artificial, fingido.

Su vida, como buena parte de su obra, es una apología del anacoluto. No concluyó sus estudios de arte, y sin embargo se dedica en exclusiva a la pintura, a la que ha aportado una visión escénica, casi acrobática, proveyéndola de virtuosismos y desposeyéndola de la intimidad del acto artístico. «Lo que hago tiene un punto de exhibicionismo», confiesa. «Normalmente el pintor esconde el proceso, pero yo lo muestro, estoy acostumbrado, porque pinto arquitectura, y es normal que el público se pare a mirar mi trabajo en la calle, aunque yo prefiero que no se me acerquen». Vuelve a aparecer un mórbido retraimiento: «Cuando intentas crear un cuadro y alguien contempla lo que haces  es como si se metieran en tu cerebro, y te hicieran salir de tu zona de confort. Tienes que minimizar tiempos y movimientos».

Así justifica el pintor leonés la patente imperfección formal de los retratos en serie a los que se viene dedicando casi en exclusiva en los últimos años. Durante dos horas, sienta detrás del caballete a distintas personas y personalidades, rostros comunes y caras conocidas, gente anónima y nombres célebres. Les entrevista. Les retrata con palabras. Les pinta. Les retrata con pinceles. Mientras les interroga sobre sus vidas y sobre el asunto al que quiere aproximarse, se llena las manos de las herramientas del oficio, y las maneja con velocidad, tapando su mirada inquieta y asustadiza para encontrar las palabras, con circunloquios que quieren ser preguntas. Cuando mancha el lienzo, las manos se mueven también rápido. Alguna vez se acercan a la obra para ni siquiera tocarla, avisando de una intención de poner un toque de luz o un desdoro de color sobre la superficie inmaculada.

Esos retratos al cuadrado, en el que es el propio entrevistado el que se autorretrata con recuerdos mientras que el pintor bosqueja su alma, requieren de una exhaustiva documentación previa por parte de Félix de la Concha, «y eso tiene reflejo en la obra. Incluso los de las personas que no tienen una notoriedad, una proyección pública. En ese caso hay que abrirles su propio libro, descubrir su mundo, y trato de hacerlo leyendo sobre el lugar o el periodo histórico que quiero narrar a través de sus retratos», desvela. Así lo ha hecho con una serie de retratos a ancianos bilbaínos, a los que extrajo, en esbozos y en palabras, su visión de la transformación de su ciudad y su sociedad en ‘La historia más larga de Bilbao jamás pintada’. Cuenta el pintor que los hizo hablar «desde la Guerra Civil hasta el Guggenheim, desde su apertura de mente hacia los cambios. Y me contaban como iban a la ciudad para aprender español porque hablar vasco estaba mal visto. Ahora el debate lingüístico es a la inversa, y su perspectiva es muy interesante porque hablan de una óptica que no es la del político y con un desparpajo propio de la altura de sus vidas, en las que ya están de vuelta de todo».

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También retrató el holocausto judío a través de sus supervivientes. Durante esta experiencia, recuerda que le sorprendió el hecho de que podía llegar hasta una visión con uan inédita perspectiva de la ignominia, «descubriendo cómo se expresaban aquellas personas a través de sus vivencias personales y de la forma en la que modificaron su manera de concebir el mundo». «Un retrato es capaz de captar el peso del alma de una persona», concluye con contundencia.

Y también lo ha hecho con referentes culturales, sociales y políticos de distintos lugares del mundo. «Un intelectual tiene una articulación diferente, unas tablas a la hora de hablar en público, y eso hace el retrato completamente distinto al de una persona de la calle» reconoce De la Concha, que ha sacrificado la perfección técnica en esta invención a medio camino entre el espectáculo y la intimidad de la creación pictórica, porque en algunas ocasiones, y en función de la trascendencia pública del personaje retratado, realiza la actividad con público a pesar de que los modelos no siempre terminan contentos con el resultado. El pintor lo justifica, se justifica, recuperando el vertiginoso histrionismo de sus manos y sus pinceles, que blande como espadas para defender su encogimiento: «Esta técnica está en las antípodas del retrato cortesano, porque la gente gesticula, se mueve mientras cuenta aspectos de su vida cargados de emoción… es un tipo retrato que está alejado de buscar la expresión de nobleza. No es un retrato de encargo, y no siempre están contentos con la expresión que se  capta». Sólo dos horas para simultanear esbozo y esbozo, de palabras y de pinceladas. Un reto para el artista que se convierte en periodista, para el interrogador que anota las respuestas al óleo, cambiando la atención del universo cerrado del lienzo a la atmósfera infinita de la personalidad de quien se inmortaliza.

Pero la vocación de Félix de la Concha por otorgar una dimensión escénica a la pintura no se ciñe exclusivamente al ámbito del retrato. También ha perseguido la sinestesia entre las artes, plantando sus trastos de pintar entre los atriles de la Orquesta Sinfónica de Toledo, en Ohio, captando escorzos y scherzos mientras que los maestros interpretaban piezas clásicas, en una performance transmitida por televisión. El pintor que desnuda su técnica en un reality del arte. Mueve las manos, desdibuja sus expresiones pasándolas ante la mirada, quiere explicarse, haciendo estallar sonoras risas nerviosas: «Pretendía que el público disfrutara de la música al mismo tiempo que contemplaban la creación de un cuadro. Dos formas de interpretar la misma realidad. Y fue muy difícil, porque estaba metido en medio de la orquesta, y no quería interferir en el trabajo de los músicos».

No busca la perfección. Defiende un método que la ofrece como sacrificio para conseguir otros favores de las musas. Espectáculo, emoción, vértigo, suspense. «Más que la perfección formal, se trata de conseguir otra cosa que se carga de intención. En la imperfección también puede estar la belleza, porque ese intento de alcanzarla también consigue emoción, y también es bello».

Durante la conversación, el artista castellano se convierte en un entrevistador entrevistado, en un interrogador que responde, en un retratista del que se toman unos apuntes al natural de sus poses de creador travieso y metódico, que busca una concentración que no duda en romper, pero que no admite que nadie rompa. Muy relacionado e interesado por el universo de las letras, una escritora le dijo, mientras la retrataba, que parecía tener un cerebro muy femenino, porque era capaz de hacer dos cosas a la vez. También es capaz de hacer la misma cosa trescientas sesenta y cinco veces distintas.

Alguien ha escrito que tiene la mente encerrada en una novela de travesuras de Mark Twain. Alguien alimentó el tópico del desdoble funcional de la mente femenina en su actividad artística y escénica. Alguien dice ahora que su mente tiene trazas del comportamiento de un asesino en serie. Sus víctimas fueron, durante su estancia en Roma, el ciprés del Circo Máximo o el Palazzo Doria-Pamphili, a los que dedicó sus primeras obras de visiones correlativas de una misma realidad. Pero la más conocida de sus series es la de las 365 visiones de la Catedral del Aprendizaje de Pittsburgh. Durante un año completo, buscó en la ciudad del estado de Pensilvania distintas perspectivas del edificio más noble de su Universidad. «Quería empatizar con el público, brindarles las mismas imágenes del monumento que ellos tenían cuando llevaban a sus hijos al colegio o cuando iban a comprar el pan» relata, moviendo las manos, cercenando el aire de su risa compulsiva, y se contiene después en un ademán académico, para explicar que «la arquitectura conecta con el retrato en su forma de concebirlo, por lo impredecible de captar un momento, un presente que no se va a volver a repetir». Es el río de Heráclito hecho luz; su corriente, convertida en la luz de una tarde de otoño o de un amanecer del frío invierno: distintos, únicos.

Ocres y rojos y azules, en texturas densas, aceitosas y brillantes, se despliegan sobre la paleta que forma un ángulo recto con la tabla sobre la que ha preparado un lienzo. Pequeño formato. La luz dura, blanca, cegadora, abre una puerta al más allá en la superficie virgen que espera las húmedas caricias lujuriosas del óleo. En el suelo, junto a la caja que encierra un desorden de pinceles y paletas, una pila de libros guarda memoria de una historia que quiere traducirse en trazos y en sílabas. En medio, una mente de niño y de mujer, de asesino en serie de formalismos artísticos, de exhibicionista metódico. Una mirada curiosa, traviesa, tímida. Unas manos furiosas, que se mueven veloces para desdibujar complejos. Comienza el espectáculo del doble salto que sólo es mortal para la perfección. Otro retrato. Otra entrevista.

@oscar_gomez