El forzado inocente

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El forzado inocente (Madrid, Pre-Textos, 2014) es el poemario clave de la carrera del poeta franco-uruguayo Jules Supervielle (Montevideo 1884–París 1960), en su día amigo inspirador del gregueriante Ramón Gómez de la Serna y, como él, escritor único e inimitable.

Publicado en París en 1930, en plena efervescencia surrealista, El forzado inocente es un triunfo de la inteligencia, de la necesidad sobre el azar. En una línea de búsqueda parecida a la surrealista, Supervielle nunca aceptó la escritura automática propugnada por André Breton y sus seguidores, aunque navegó las aguas del momento de duermevela en el que la razón empieza a anegarse en el mundo de los sueños. Casi un hierofante, invocaba la magia en la espuma de lo cotidiano como el que convoca los espíritus ancestrales para encontrar el sentido trascendente que anida en el corazón de los hombres.

No tengo noticias de que frecuentara los paraísos artificiales, pero la alucinación es la pauta de su discurso lírico. Y, sin embargo, la metáfora deslumbrante no era su camino, prefería la construcción de un universo de imágenes extrañas por asociación improbable de ideas comunes, no por la superficie irracional de un lenguaje violado por el inconsciente (“Olvida ya las manos y los ojos del viaje, / escucha las razones de tus muros sensatos, / es por aquí, te digo, es por aquí”).

Supervielle nunca fue un poeta a la moda, ni ahora en estos tiempos postmodernos anda de moda. Poeta a la antigua, no por su clasicismo formal, ni por la exhibición de una retórica ampulosa, sino por creer aún que la poesía era una forma de conocimiento capaz de elevar al ser humano por encima de la vulgaridad. Poeta suprarrealista, no por despreciar la realidad, sino por querer asirla entre sus manos más allá de las engañosas apariencias. Buceador de la revelación, saqueador de la belleza convulsa, explorador de los deseos y de los miedos, su trabajo sobre el lenguaje es algo cercano al de Franz Kafka, aunque sin la fría angustia lacerante de su sombrío universo. Supervielle era capaz de manejar los metros comunes de la poesía francesa y respetar las rimas, sin forzarlas, creando un mundo que sólo obedece a las reglas de un universo simbólico cuyas claves se encuentran en el propio poema. Sobria, su poesía no deja indiferente, porque el yo poético se crea y se descrea a cada verso, generando una estimulante sensación de peligro poético.

Curiosamente, su atrevimiento, como el de Kafka, no radicaba en el juego con fuegos artificiales de lenguaje, sino en su tensión constante para que la frase bien dicha y el verso bien fabricado se abriera a las contradicciones, dejara el jardín de palabras lleno de senderos que se bifurcan para recorrerlos en la aventura de saber al fin qué es eso que los demás llaman “vivir”… y si no hay respuesta, se sigue preguntando, y si hay que caminar en el bosque donde la madreselva asfixia al rosal se camina, porque “Aquí se sangra a la luna / para darle palidez / se trabaja sobre el yunque / del horror y la centella”.

La poesía para Supervielle, príncipe de los poetas, que le decían sus seguidores,  era una cosa muy seria. Quizá por eso nos habíamos olvidado de él en estos tiempos de simulacros. José Ramo nos lo trae de vuelta en una estupenda traducción y con una introducción más que sabrosa, “Et vient nous faire peur?” No, no nos atemoriza, nos hace recordar los sueños de la razón… y sus monstruos, pero da luz en la madrugada.

Calificación: Sueños olvidados.
Tipo de lectura: Inquietante.
Tipo de lector: El que quiere recordar los sueños.
¿Dónde puede leerse?: En la noche, acompañado por un buen borgoña.