El fulgor de la mala estrella

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¿Es posible que el amor resista ante un entorno hostil? ¿Es posible que un héroe lo siga siendo a pesar de todo? ¿Puede ser que alguien se mantenga intacto en una sociedad que demanda lo contrario a lo que se es? Nicholas Ray con su película En un lugar solitario logra un monumento al nihilismo, a la imposibilidad de un mayor desastre una vez que el mundo se ha desmoronado del todo aunque solo unos pocos lo sepan.

En un lugar solitario (Santana- Columbia, 1950) es un filme extraño para su época, sugiere más que cuenta y aparenta ser lo que no es. Parece un film-noir y lo criminal es una mera anécdota del argumento. Se esfuerza en mostrar una historia ejemplar, incluso llega a dibujar ante nuestros ojos ilusionados un camino de salvación hecho de amor y besos, pero acaba siendo una de las películas más nihilistas que haya producido el periodo clásico de la fábrica de sueños. El héroe se esfuerza en vestirse de antihéroe, pero realmente es un héroe. La heroína es, definitivamente, una mujer fuerte tremendamente débil. Quien manda no es la voluntad, sino la mala estrella, aunque todos se empeñen en ver de acero a un ser tan vulnerable que sólo conoce “steel” como apellido, si le pones una “e” final para ir despistando. Y, por andarse con un acabose caprichoso al falso juego de las apariencias, los buenos son malos por exceso de bondad y los malos son tan malos que sólo dan risa o mueven a la compasión. Bueno, lo que se dice bueno, sólo es un único personaje que tiene principios y no está dispuesto a cambiarlos por otros más acomodables a las circunstancias. Pero nadie lo ve.

Como el autor, Nicholas Ray, difícil e indomable, artesano o genio, según se mire, fracasado al final de sus días por no fracasar en ser quien debía ser. Obsérvese, que no digo director, digo, “autor”, que esta película se cuenta desde Nicholas Ray y sólo el tiempo la va poniendo en su sitio. Bogart lo entendió, que aceptó el proyecto para su productora, Santana, y hasta llegó ceder en que fuera la por entonces esposa de Ray -y en medio del rodaje exesposa en secreto para no pifiar la obra- la chica del protagonista, en lugar de la esperable y maravillosa Lauren Bacall, deseosa del papel tanto como lo deseaba una Gloria Grahame, que está aquí absolutamente sublime, todo hay que decirlo. Sería un caso digno de psiconálisis, pero no, porque, advertido por Nabokov, me soliviantan los psicoanalistas y sospecho que a Nicholas Ray tampoco le hacían mucha gracia.

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El caso es que Dixon Steele, a la sazón guionista de Hollywood en horas bajas, excesivamente aficionado al gintónic y hombre con fama de violento, se encuentra con la incómoda tarea de adaptar al cine un horrendo best seller de lujo, crimen y pasión, apuesta segura de un director rutinario y un productor de aquellos de los que que cuando escuchaban la palabra “arte” sabían que iban a perder dinero.

La película comienza dando la clave que esforzadamente Ray intenta enredar durante casi noventa minutos, en un ejercicio de sutilísima circularidad narrativa que convierte el amargo final en una prueba indiscutible de que hemos visto pasar un héroe ante nuestros ojos sin casi darnos cuenta. Unos niños apostados a la entrada del restaurante Paul’s, frecuentado por las estrellas del cine, andan a la caza de autógrafos. Uno de ellos, le pide el suyo a Steele, que llega de un pequeño altercado en un semáforo, en que casi le parte la cara al rico marido de una actriz de segunda fila. La niña, más sabihonda, le dice al chico que no sabe quién demonios es el tipo que le está firmando, que no se moleste, que “no es nadie” y Steele, amable con los niños y con los borrachos, pero inclemente con la estupidez, sonríe, dice “tiene razón”, y firma, con esmero y un signo de exclamación al final, en el cuaderno del chico.

Steele, interpretado con convicción por un Humphrey Bogart tan eficaz como siempre, con ese estilo suyo que hacía creíble lo solemne de la manera más inesperada, forzando la crispación y exagerando la desidia hasta dar naturalidad a un gesto que casi siempre rayaba lo memorable, Steele el inflexible, se muestra inocente ante la inocencia. Cuestión de pureza. Es un creyente, un fanático del arte, del amor, de la amistad, de la verdad, o sea, un perdedor. Nadie al principio, nadie al final.

Sí, éste no es un filme policiaco, es la radiografía emocional de Dixon Steele, o dicho en otros términos, es un auterretrato en blanco y negro de Nicholas Ray. Y en medio, la fidelidad a un agente niñera con apartamento, coche y úlcera, más bueno que el pan, Mel Lippman, interpretado con la solvencia de los secundarios de antes por Art Smith. Y en medio, la fidelidad a una estrella caída del cine mudo, Charlie Waterman, el borracho-poeta, patética sombra entrañable de un mundo desaparecido, gloria hecha polvo, sombra, nada. Y en medio, el desprecio a la industria del cine. Y en medio el amor infinito a Lauren Gray, hermosa, enigmática, arrojada y tierna en una combinación casi imposible. Y en medio la duda, y la locura del creyente, que acaba, como en toda tragedia griega -y a su manera, en tiempos de vulgaridad, lo es En un lugar solitario-, haciendo daño a lo que más ama: a Mel el bonachón, a Laurel Gray que le ha devuelto la sonrisa a un rostro amargado por el fracaso y la ilusión a un témpano de hielo que se disuelve en un vaso de ginebra, a sí mismo, autoinmolado en la desesperanza.

Nadie cree en Dixon Steele. Quizá porque es un hombre de otro tiempo. Ni la tentadora Laurel Gray, luego dulce amante maternal; ni el simplón inspector Brub Nicolai, casado con una dama americana ansiosa de polluelos que proteger, macarthysta matrimonio american way of life. Ni siquiera el espectador cuando asiste, en casa del matrimonio Nicolai, a la recreación del crimen de la chica del guardarropa que llamaba “epopeyas” a las novelas rosas con mucha acción. La cara de loca fascinación por la muerte que nos regala Steele-Bogart en esa escena es antológica, nadie puede dejar de pensar en él como un asesino, como “el asesino”. Hace falta mucho de lo que ya no queda, fe, fe en alguien que ha conocido la muerte de cerca y ya no puede olvidarla.

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Ese es uno de los secretos de este filme magistral. No se habla de ello, pero se palpa en cada secuencia la herida de guerra más mortífera, la herida del alma que no se cierra nunca. El pamplinas Brub Nicolai recuerda que Dixon fue su sargento durante la guerra, un sargento al que sus hombres adoraban, porque podían confiar en él. Pero ahora es el tiempo del New Deal, Brub y Silvia Nicolai son encantadoramente mortíferos, como Superman,  y su encanto tranquilo y conservador no es otra cosa que el signo de la estupidez de los tiempos. No encajan los héroes, inadaptados ya fuera de la trinchera donde de verdad se le ve el rostro a la vida y a la muerte. “No, Silvia, yo no la maté”, confiesa socarrón el héroe bajo sospecha, “yo no sería capaz de arrojar un cuerpo bonito de un coche en marcha; mi temperamento artístico no me lo permitiría”. O el cinismo como máscara de una vulnerabilidad extrema.

Dick Steele busca desesperadamente que alguien crea en él, tal como es, sin tener que fingir la imagen tontorrona que pide el gusto de los tiempos. Al final, derrotado por su propia fe en unos principios que ya a nadie importan, cruza el jardín de vuelta a su lugar solitario, mientras Gloria Grahame, con la ceja izquierda más expresiva de la historia del cine, llora y declama una frase ridícula, que se llena de sentido por la enorme desesperanza que muestra su hermoso rostro de femme fatale con corazón de vainilla: “Viví unas semanas, mientras me amaste, adiós Dick”. The End. Nicholas Ray en carne viva.