El helado mundo de los peones

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Difícilmente podremos saber nunca, salvo un reducido número de personas, quién ejerce el poder y desde dónde se manipulan los hilos a los que nos tienen sujetos. Parece que siempre hay un escalón superior desde el que los movimientos se observan. Todo se reduce a un juego en el que millones de peones se mueven al son de algo que funciona como una trituradora de personas infalible. Mentes vacías, amores que forman parte de una higiene personal y poco más, hombres y mujeres pusilánimes y deseosas de ingresar en esos círculos privilegiados de poder. Eso somos casi todos. E incluso los que se acercan comprueban que el poder arrasa al poder. Esto es lo que nos cuentan en Invernadero (The Hothouse, 1958), obra de teatro de Harold Pinter que ha versionado con brillantez Eduardo Mendoza y que se puede ver en el Teatro de la Abadía de Madrid. Hasta el 29 de marzo.

La dirección de Mario Gas es estupenda. Entiende bien el texto y dirige a sus actores con maestría. Logra que las situaciones extremas no acaben con las almas que creó Pinter. Salvo Isabelle Stoffel, que exagera su expresión corporal sin necesidad en algunos tramos de su papel, todos los papeles son defendidos con eficacia. Destacan Gonzalo de Castro (su papel es el más divertido de todos y es en ese territorio en el que se desenvuelve mejor el actor aunque todo el arco dramático del personaje lo maneja con soltura y credibilidad) y Tristán Ulloa (su personaje es el más odioso de todos aunque, también, cumple con las exigencias de su personaje sin dificultad alguna).

Técnicamente, la producción logra una nota sobresaliente.

La trama nos coloca en un establecimiento en el que los pacientes deberían reposar. Bien podría ser el mundo en el que nos ha tocado vivir. Sin embargo, allí lo que sucede es que los profesionales son incapaces, mienten, odian, ansían poder, no dudan en abusar de la fuerza de su cargo para hacer barbaridades o acusar de haberlas hecho a los más débiles. Bien podría tratarse de los banqueros y políticos, de todo tipo de poderosos que andan sueltos por nuestro mundo. La acción se desarrolla, casi en su totalidad, durante el día de navidad aunque en ese establecimiento nada cambia aunque se trate de una fecha tan señalada. El texto se salpica de momentos divertidísimos aunque, al mismo tiempo, dolorosos. Y se agradece que, aunque sea desde la acidez, podamos olvidar que nos proponen echar un vistazo a la bajeza humana, al vacío que supone una sociedad helada y sin posibilidad de cambio. Porque entre tanto frío la única posibilidad de cambio es la los peones que terminarán fuera del tablero sin excepción.

No es de extrañar que la sala San Juan de la Cruz del Teatro de la Abadía estuviera completamente llena de un público que pudo reír y sufrir durante la hora y cuarenta y cinco minutos que disfrutó de un excelente espectáculo.

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Invernadero
Teatro de la Abadía de Madrid
Hasta el próximo 29 de marzo
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