El héroe discreto

Mario Vargas Llosa
A fin de dejar resueltas cuanto antes las cuestiones más espinosas, diré en primer lugar que soy perfectamente consciente de que atreverse a comentar, desde la perspectiva de una simple lectora, la última novela publicada por un autor galardonado, entre otros muchos, con el premio Nobel de literatura, es al mismo tiempo un órdago intrascendente y una osadía descomunal que, no obstante, considero perfectamente disculpables, porque para quién se escriben los libros si no para los lectores como usted y como yo, ávidos de tenerlos entre las manos y disfrutarlos. En segundo término, y dado que me resultan inevitables las comparaciones, quizá lo más honesto sea reconocer que la novela El héroe discreto (2013) está, en mi opinión, a años luz de alcanzar la calidad de La Fiesta del Chivo (2000), título este último que considero la mejor obra de Mario Vargas Llosa con diferencia y que, por eso mismo, ocupa un lugar muy destacado entre mis libros favoritos. Así pues, si bien es cierto utilizando un símil deportivo- que el título de hoy parece jugar en otra liga, no lo es menos que su lectura fluye con facilidad y placer, y reúne condiciones para proporcionar ese disfrute especialísimo, tan característico del viaje a través de los vericuetos de una prosa de factura impecable, aun cuando las veintitantas últimas páginas resulten un poco morosas y el desenlace de la trama deje una cierta sensación de fiasco.

Las principales líneas argumentales de la novela giran en torno a dos figuras masculinas con algunos rasgos comunes, entre los que destaca particularmente su marcada virilidad, en el sentido más clásico del término. De un lado, el empresario del ramo del transporte Felícito Yanaqué, cincuentón afincado en Piura y hombre hecho a sí mismo, quien, un mal día, recibe una carta veladamente amenazante que aparece rubricada tan solo por el críptico dibujito de una araña de cinco patas; de otro, el anciano Ismael Carrera, hombre de éxito y desdichado progenitor de dos estereotipados hijos-crápula, ansiosos por ver muerto a su padre para heredar cuanto antes su considerable fortuna. Con estos mimbres se construye el esqueleto básico de una historia que en su primer desarrollo genera cierta intriga, sensación que, desgraciadamente, cede en la evolución posterior hasta decaer casi del todo en el desenlace final, que resulta, además de predecible, llamativamente lento y un tanto decepcionante. Las historias de los dos hombres protagonistas cursan en paralelo a lo largo de casi todo el relato, convergiendo al final de forma azarosa, innecesaria y un tanto efectista.

Pueblan la novela un buen número de otros personajes con perfiles habitualmente bien definidos, que utilizan en sus diálogos el español del Perú, todo un hallazgo para el lector no acostumbrado a sus expresiones privativas y a la musicalidad de buena parte de sus giros. Algunos de esos personajes son viejos conocidos para los lectores de Vargas Llosa, como el agente de policía Lituma, que colabora como segundo en la investigación de una trama de chantaje con aparente origen en el hampa local, o el popular don Rigoberto, enredado esta vez en quehaceres poco agradables que lo alejan de forma coyuntural del refinamiento y los placeres sensuales a los que le sabemos tan aficionado.

Si del propio título y del arranque de la historia podría esperarse una reflexión profunda acerca del heroísmo cotidiano y el valor de los principios, a medida que el relato avanza resulta evidente que esos temas, como otros tantos que aparecen esbozados, –el hartazgo ante la sobreexposición a los medios de comunicación, la avaricia y el convencionalismo, por citar solo algunos- , son abordados tan solo de rondón, de forma superficial y a veces incluso contradictoria, hasta el punto de convertir el texto en un melodrama liviano y predominantemente jocoso, alejado de cualquier otra especulación dotada de entidad general.

Hay además dos subtramas o hilos argumentales secundarios en el relato que generan cierto fastidio. De un lado, la que protagoniza el hijo de don Rigoberto, el joven Fonchito, que además de ser algo aburrida, se resuelve al final sin ton ni son, de modo que el lector no alcanza a entender por qué tuvo tanto desarrollo a lo largo de toda la novela. La otra evoca las remotas andanzas de Los Inconquistables, pandilla de juventud de Lituma que el autor trae a colación sin un objetivo claro, como una bifurcación que acabará en vía muerta, sin evolución, descarte ni desenlace, como si de un simple olvido del autor se tratara.

Recurre Vargas Llosa, de forma magistral, a la utilización de párrafos narrativos y diálogos yuxtapuestos, técnica utilizada ya en alguna de sus obras anteriores, de modo que la voz del narrador se cruza e intercala con la transcripción literal del diálogo cuya anécdota se pretende evocar, lo que convierte el relato en una malla rica y extraordinariamente bien trabada en la que las diferentes voces se ceden el uso de la palabra de forma ágil y sencilla, dando cuenta de episodios que avanzan y retroceden en el tiempo con paradójica facilidad. Sin duda es la forma de usar este recurso lo que más me ha gustado de la novela, en la medida en que dota al texto de una solidez y una frescura que lo hacen gratísimo de leer.

No creo, sin embargo, que nuestro héroe cotidiano pase de ser algo más que un juego, un entretenimiento ligero y divertido envuelto en el ropaje magnífico de una escritura en ocasiones brillante y siempre altamente eficaz. En ese sentido, la novela parece dar muestra de dos realidades que gozan de diferente salud. De un lado, Mario Vargas Llosa mantiene en la mejor forma el músculo de su escritura, pero es muy posible que, desde el año 2000, no consiga dar con esa nueva vuelta de tuerca capaz de soportar con firmeza un hito literario. Yo, desde luego, mantengo en lo más alto la esperanza de que vuelva a ocurrir.