El hijo pródigo y las rosas enormes

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Arranca la temporada en el Teatro Real de Madrid. Y lo hace con dos programas de danza. Uno clásico, otro contemporáneo; uno prescindible, otro que funciona bien sobre el escenario y logra conectar con el público. Uno que llegaba con lo que resultaron ser falsas promesas; otro que, en parte conocido por la platea, regala sensaciones y motivos para la reflexión.

La noticia era que Nacho Duato regresaba. La noticia era que la expectación entre el público era grande. La noticia era que el arranque de la temporada prometía grandes cosas. Ahora, la noticia es que ya sabemos la razón por la que Nacho Duato no se termina de llevar bien con el ballet de gran repertorio; que la expectación estaba justificada porque los dos programas que se han visto han dejado una estela enorme a la que podemos subirnos para hablar sobre la danza; que las promesas son esas cosas que casi nunca se cumplen o, si lo hacen, es de forma distorsionada.

En el primero de los programas, se anunciaba una Bella Durmiente que dejaba entrever un gesto reconciliador de Duato. Después de todo lo que se ha dicho, se ha hablado, se ha criticado y se ha debatido, Nacho Duato estaba Madrid y con un clásico. Pero todo resultó anodino, frío. El público no terminó de emocionarse en ningún momento. Unas palmas por aquí, otras por allá, pero nada que demostrase el más mínimo entusiasmo. Las aplausos sonaron cuando tocaba, pero espontáneos, lo que se dice espontáneos, no hubo.

El escenario estaba iluminado muy, muy, bien. El vestuario lucía muy, muy, bonito. Todo tenía ese aspecto caro que debe tener un gran espectáculo. Incluso el concepto más minimalista (esta Bella Durmiente se encuentra instalado en él), el más sencillo, debe tener ese aspecto. Incluso las rosas que aparecen en la parte alta del escenario para dejar claro que aquello es un cuento de príncipes, princesas, hadas y villanos; enormes rosas, empalagosas hasta más no poder, ayudaban a que el marco fuera el ideal. Parecía que el hijo pródigo había gastado una fortuna en algo útil para destrozar la parábola. Pero el envoltorio contenía un cuerpo de baile muy correcto, a una Princesa Aurora y a un Príncipe Desiré (Iana Salenko y Dinu Tamazlacaru) que cumplían sin grandes excesos y, eso sí, un buen Carabosse (Rishat Yulbarisov).

Dicho esto, tengo que añadir algo que me parece fundamental. Si el gran público se sumara a este tipo de espectáculos disfrutaría mucho. En este caso concreto, hay que decir que no todos los días tenemos ocasión de disfrutar del trabajo de una compañía del nivel del Staatsballet Berlin. Visualmente son una maravilla (a la gente les gustan las rosas enormes); pueden entenderse perfectamente y más cuando se trata de una obra tan conocida como La Bella Durmiente; se disfruta de una música extraordinaria (Pedro Alcalde y la Orquesta Titular del Teatro Real fue lo mejor del programa con gran diferencia y superó cualquier parte de la coreografía que elijamos). A pesar de que las obras clásicas sufren cambios incomprensibles que no aportan nada, son esas que nunca ceden terreno y perduran asentadas en sí mismas. Por tanto, hay que celebrar, a pesar de todo, que el Teatro Real apueste por el gran repertorio.

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El segundo programa que llegaba de la mano de Nacho Duato fue otra cosa. Tres piezas: Static Time; And the Sky on that cloudy old day; White Darkness. La primera y la tercera coreografiada por Duato. La segunda por Marco Goecke.

Static Time es una creación de Duato para Staatsballet Berlin. Con música que va de Mozart a Sergio Caballero; con una iluminación inquietante y perfectamente diseñada; y el dúo de los bailarines Arshak Ghalumyn y Dominic Hodal; Duato logra embarcarnos en una realidad opresiva, llena de tantas aristas como la estructura móvil que vemos en el fondo del escenario. Hay que decir que la exigencia técnica para los bailarines es tremenda y eso hace que cometan algunos pequeños errores. Pero el conjunto está muy bien.

And the Sky on that cloudy old day es la segunda pieza del programa. Extraordinaria música de John Adams. Nos hablan de un estado de ánimo inquietante, lleno de frustración, de un sentir colectivo e individual que causa gran desasosiego.

White Darkness cierra el programa. El uso de los elementos técnicos con los que cuenta el Teatro Real es sobresaliente. Duato nos obliga a seguir a sus bailarines por un universo oscuro, en el que acechan todo tipo de peligros. Sin grandes decorados. El público se emociona con el conjunto visual que forman la coreografía y ese entorno creado en el que están obligados a entender para sobrevivir.

Una mujer, la que se sentaba a mi izquierda, le decía a su compañera de butaca que no había entendido gran cosa, que la danza contemporánea le deja fría porque no termina de comprender. Señora no intente comprender. Eso es una cuestión más de práctica y de conocimiento de los códigos que otra cosa. Cuando venga usted al ballet, no intente comprender. Crea; usted solo crea en lo que ve. Y deje que eso en lo que cree le transforme. No pude resistirlo y se lo dije. Porque creo que es lo que hay que hacer al ver una coreografía cualquiera. Esas ganas de creer en algo que llega desde un escenario será lo que llene los teatros antes o después.