EL HOTEL IMPERIAL DE TOKIO, EL GLAMOUR DE LOS AÑOS 20

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La capital de Japón se levanta sobre un proceso de destrucción-construcción muy enraizado en el concepto oriental de los ciclos de la vida y la reencarnación, aún se conserva parte de uno de los edificios más destacados del siglo XX. El arquitecto Frank Lloyd Wright conocido por obras emblemáticas, como la sede del Museo Guggenheim de Nueva York o la Casa de la Cascada en Pensilvania, concibió para la capital imperial una obra maestra.

El día primero de septiembre de 1923 el apocalipsis se abatió sobre Tokio. Algunos comentaristas achacarían después el desastre a la impiedad de un estilo de vida extravagante fruto de la invasiva cultura occidental, otros lo verían como una oportunidad única de renovación, pero lo cierto es que la gran capital que hoy conocemos no sería la misma sin las consecuencias de aquel espantoso suceso.

A las doce del mediodía un violento terremoto sacudía la llanura de Kanto, duró diez eternos minutos y su potencia se acercó al ocho en la escala de medición de la época. Hubo cincuenta y ocho réplicas. Al mismo tiempo un tremendo tifón golpeaba la bahía de Tokio. La destrucción fue masiva, los emperadores fueron informados de ella en Nikko donde se hallaba instalada la corte: los muertos superaban los ciento sesenta mil, Tokio y Yokohama habían sido prácticamente borradas de la faz de la tierra, los incendios, avivados por vientos huracanados, se extendían por Marunouchi y Akasuma, mientras que las presas que abastecían de agua la ciudad habían colapsado. En un edificio del centro, un tornado de fuego había abrasado instantáneamente a treinta y ocho mil personas que se habían refugiado allí. Minutos más tarde un tsunami arrasaba la costa oriental de la isla de Honsú destruyendo seiscientas mil casas y dejando a casi dos millones de personas sin hogar. La violencia del seísmo fue tal que en Kamakura, a sesenta kilómetros del epicentro, la estatua del Gran Buda, de casi cien toneladas de peso, se desplazó medio metro.

Después del desastre, el barón Kihachiro Okura, propietario del Hotel Imperial escribía el siguiente telegrama a su arquitecto: “El hotel permanece inalterado como monumento a su genialidad, cientos de personas sin hogar son atendidas por el servicio en plena disposición. Felicidades. Felicidades”. El Imperial se inauguraba ese mismo día dando inicio a la leyenda.

Conocido como “La joya de Oriente”, el Hotel Imperial de Tokio fue uno de los edificios paradigmáticos del arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright, se comenzó a construir en 1919 en un plano constituido sobre su propio logotipo, una “H” que albergaba las habitaciones, con un ala en forma de “I” insertada en su cuerpo transversal donde se encontraban la recepción, los restaurantes y la zona de servicios. Se erigió en el estilo conocido como Maya Revival, una visión historicista típicamente art-decó inspirada en la arqueología mesoamericana y en la que se levantaron escasísimos edificios de los cuales solo algunos permanecen en pié como el Mayan Theater de Los Ángeles, de Stiles O. Clements (1927); el Edificio Fischer (1928), de Albert Kahn, en Detroit; la Casa Enis del mismo Frank Lloyd Wright en California (1924); o algunos detalles del espectacular Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de Méjico diseñado por Adamo Boari en 1904 y que no se terminó hasta 1934.

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Por la calidad de su diseño, lo innovador de sus soluciones en hormigón y piedra volcánica, y su aspecto elegante y escenográfico se debe considerar al Hotel Imperial como una obra única, que aportó soluciones modernas en las que se hibrida la monumentalidad de la decoración maya con una concepción depurada y efímera propia de la arquitectura japonesa. El complejo, sobre planos, aspira a la piramidalidad y la emblemática zona de recepción se reflejaba en un estanque rectangular.

Rápidamente el hotel se constituyó en el centro de la vida elegante de una ciudad en reconstrucción, primero albergó las legaciones diplomáticas occidentales que habían resultado seriamente dañadas por el Terremoto de Kanto, luego, durante una decena de años sería el escenario social por antonomasia. En 1967 se decidió su demolición para sustituirlo por un rascacielos a causa de los daños ocasionados por los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial y el hundimiento progresivo de su cimentación en un terreno inestable. Se trata de una de las pérdidas más importantes de la arquitectura del siglo XX, tanto más cuanto que fue meditada, decidida y ejecutada voluntariamente cuando ya se conocía el valor intrínseco del conjunto arquitectónico. Aun así, como ocurrió con muchos otros edificios destinados a desaparecer en el emergente Japón de la postguerra, la iniciativa privada se encargó de desmontar una de las partes esenciales del edificio para reconstruirla en el Meiji-mura, un parque temático de edificios de la era Meiji que se encuentra en Iruyama, cerca de Nagoya. Descontextualizado, separado del resto del complejo que le daba su cualidad utilitaria, el pabellón sirve no obstante a la imaginación para reconstruir el espíritu con el que fue concebido, comprobar los ingeniosos juegos de volúmenes tanto en el exterior como en el interior y observar los detalles en piedra de lava tallada con motivos mayas que le otorgan su carácter único. La reconstrucción finalizó en 1985 y uno desearía que se hubiera preservado en su totalidad. Este museo al aire libre alberga cerca de sesenta edificios singulares, por su carácter o su interés artístico, entre ellos la Casa de verano de Lafcadio Hearn en Shizuoka o la antigua catedral católica de Kioto.

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Las fotografías de época nos muestran un elaborado puzle de construcciones que participa de la recreación histórica, que profundiza en la concepción cerrada de los palacios chinos, esas ciudades prohibidas, al mismo tiempo que demuestra una voluntad occidentalizante en la estructuración de los volúmenes, dramáticamente ensamblados entre la vegetación. Los sobrios y misteriosos exteriores se contraponen al barroquismo de las galerías, o del Salón del Pavo Real que parece inspirado en las construcciones efímeras de las islas del Pacífico. Pastiche sobre pastiche, choque de culturas y estilos que alumbraron una de las obras más originales de Frank Lloyd Wright, precursor de la arquitectura orgánica, que él concebía como un todo armónico con el paisaje y la naturaleza en las que se inserta, con una filosofía humanista y concienciada. El diseño influyó decisivamente en el Koshien Hotel –hoy remodelado como dependencia de la universidad de Mukogama- construido por Aedo Ando, un discípulo del maestro americano en Nishinamiya.

En el pabellón de Meji-muro se pueden seguir los intrincados motivos geométricos, las galerías de ventanas reinterpretadas como logias, los pasadizos, las columnas con efecto de fanales. El actual Hotel Imperial de Tokio es una instalación estándar de lujo que domina el barrio de Ginza, el parque de Hibiya y el Palacio Imperial; en su interior se conservan algunos murales y azulejos de terracota de los que estuvieron en el edificio original.

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