El miedo a lo que intuimos

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Rodar una película de terror alejado de cualquier cliché, tiene sus recompensas. Utilizar extrañas salidas y entradas de los personajes en los planos como herramienta de confusión en el espectador, tiene sus recompensas. No dejar ver jugando a sugerir, tiene sus recompensas. Una es inmediata: reinventar el género. Otra llega poco después: el público eleva a los altares tu trabajo. Polanski logró con La semilla del diablo una de sus mejores películas.

La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror. Ya está. Queda dicho.
Para que nadie me acuse de ser vago y excesivamente escueto voy a añadir unas cuantas cositas, pero, si quieren, se las  pueden ahorrar. Porque La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror y lo que hay que hacer es hacerse con una copia, buscar una bolsa de palomitas y un buen sitio en el salón de casa.

Roman Polanski, que es un genio en esto del cine, leyó la novela de Ira Levin y debió pensar venga, voy a ver si logro rodar un puñado de secuencias de categoría, las montan como es debido y consigo una de las mejores películas de la historia. Y lo hizo. Seguramente, pensó que esas secuencias tenían que mostrar lo justo y sugerir lo importante, que el montaje tenía que restar todo aquello que fuera superfluo, que el objetivo era conseguir que el espectador no tuviera anclajes a los códigos habituales en el género de terror y hacer que se perdiera felizmente sin saber qué le iba a venir encima. Y lo consiguió. Por si era poco, debió decir al autor de la partitura que necesitaba una cosa terrorífica que pareciera una canción de cuna, que eso provocaba verdadero terror entre los espectadores. Todo lo que tenga que ver con lo horrible y los niños pone los pelos de punta a cualquiera. Y, como si tal cosa, también lo consiguió. Por cierto, es la propia Mia Farrow la que canta.

Mia Farrow: Espléndida. Es la delgadez, la angustia, la sensación de desamparo ante lo que va a suceder y su aceptación sea como sea. No debió costarle mucho trabajo aparecer en pantalla y ser creíble. Sinatra le envió una bonita carta adjuntando los papeles del divorcio mientras rodaba la película. Polanski siempre ha negado su implicación.

Ruth Gordon: Excepcional. Provoca una inquietud descomunal. Perfecta en su trabajo.

John Cassavetes (uno de los peores actores de la historia): Perfecto. Si alguien fue capaz de que este hombre pareciese un actor de verdad, todo es posible en cine.

Adaptación de la novela: Exquisita. (Es verdad que Polanski quiso ser fiel a la esencia del relato y alguna cosita le quedó excesivamente literaria. Pero apenas tiene importancia).

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La primera vez que vi la película pasé miedo. La última vez que la he visto he vuelto a sentirlo. La primera vez que vi la película me pareció algo previsible y eso me gustó poco. Ahora la veo y comprendo que arrastra un problema propio del género y casi imposible de evitar. Cuando no lo son (previsibles en cierta medida) es que son tramposas, es que han escatimado información e, incluso, mentido para preparar un final de fuegos artificiales y esas cosas. Patrañas comerciales que suelen colar poco. Además, el efecto en el espectador es curioso porque presiente el desastre antes que el personaje; sabe que está dejando tirada a una mujer indefensa y siente remordimientos. Magistral.

Los personajes son maravillosos. Y uno de ellos (el que no aparece, el verdadero protagonista) anda suelto en cada secuencia aterrando al más pintado. Cuando uno trabaja con el diablo tiene dos opciones. Disfrazar a un actor de segunda para que haga movimientos ridículos o dejar que sea el espectador el que lo dibuje en su cabecita. Eso siempre es mucho más efectivo, mucho más horrible. Polanski prefiere que trabajen los que miran. Así no se equivoca.

Alguien que lea todo esto podrá pensar que se habla de lo fundamental de la película y que se están desvelando cosas importantes en exceso. Que no se altere nadie. El que pensó el título en castellano ya se encargó de eso. Cuatro palabras fueron suficientes para destrozar parte de la intriga. Lamentablemente, no se supo nunca si ese fenómeno fue juzgado y condenado.

La trama es interesante, inquietante, honesta y está muy bien resuelta. Pasa lo que tiene que pasar. Nada de almíbar, ni de esperanzas rodeadas de bondad. Mueren los que tienen que morir y sobreviven los malos porque para eso llevan años currando a base de bien en nombre de satán. Como curiosidad, algunas sectas satánicas se enfadaron mucho con Polanski. Eso de desvelar sus ritos no les terminó de convencer. Y, como curiosidad, las iglesias cristianas se enfadaron mucho con Polanski. Eso de desvelar los ritos satánicos y no hacerlo con los suyos como remedio infalible, no les terminó de convencer.

La película no ha envejecido mal. Al contrario. Es lo que tienen las obras de arte. Lo de cumplir años y arrugarse queda para otro tipo de cine.

Un apunte más antes de terminar. Un director capaz de hacer de Mia Farrow una risión de mujer e, insisto, de una risión de actor (como lo es Cassavetes) algo parecido a uno de verdad, no puede ser otra cosa que un genio.

Voy a verla otra vez. En serio. Y ustedes no deberían dejar de hacerlo bajo ningún pretexto.