El mundo a través de los ojos de una pandilla de críos

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Este año, Quino ha resultado galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, al considerar el jurado del certamen que en el 50 aniversario del nacimiento de Mafalda, los lúcidos mensajes de su creador siguen vigentes a través de la sabia combinación entre la simplicidad en el trazo del dibujo y la profundidad de su pensamiento. Sin duda es esta una magnífica ocasión para recordar a nuestra querida niña porteña.

Mi pasión por la lectura comenzó en las ya lejanas noches de verano de mi infancia, cuando con solo cinco o seis años mis padres me permitían apagar la luz a las tantas después de haber permanecido horas y horas enganchada a la lectura de las viñetas de Mortadelo y Filemón, Astérix el galo, Tintín y Mafalda. De ahí pasé pronto a leer las novelas que compraban mis dos hermanas mayores, de las que me separa justo una década; títulos tan variopintos como Nada, de Carmen Laforet, Las corrupciones, de Jesús Torbado, o Carrie, de Stephen King, lecturas absolutamente impropias de mi edad que, no obstante, estimularon mi curiosidad e inocularon en mi ADN, de forma silenciosa y definitiva, el placer por bucear en los libros, eso sí, siempre con la misma falta de método de los primeros años y con la contrapartida de esa gloriosa ausencia de prejuicios que, a la larga, me ha resultado tan enriquecedora. En la adolescencia, a punto estuvieron de alejarme de los libros las lecturas obligadas del colegio, imagino que porque a esas alturas, estaba tan acostumbrada a elegir por mi cuenta que el mero hecho de que alguien me impusiera un título era suficiente para empezarlo de muy mala gana. No obstante, cumplí en su día también con aquellas obligaciones, descubriendo por esta vía -algo menos libre, y por tanto, más dolorosa- otras lecturas que fueron educando progresivamente mi paladar de lectora. En cualquier caso, sea con los clásicos o durante mis frívolas sesiones de lectura playera, siempre he disfrutado con parecida fruición de una actividad que ha tenido y tiene un gran ascendiente en mi trayectoria personal y profesional.

Acabamos de saber que Quino ha sido galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, lo que me proporciona una magnífica ocasión para comentar aquí una de mis lecturas favoritas y recurrentes. Era tan pequeña cuando comencé a leer las tiras de Mafalda que muchas de las mini historias contadas en dos, tres o a lo sumo, cuatro viñetas –particularmente aquellas que contenían reflexiones políticas o sociales- me resultaban  incomprensibles; no obstante, en esos primeros momentos ya pude identificarme con Felipe, el chaval apocado con dientes de conejillo que se agobiaba tanto como yo al regresar al colegio con las tareas sin hacer. Siendo niña y muy tímida, el mundo se me antojaba un lugar plagado de mujeres como la Tía Paca, que te hacían preguntas que no podías responder («y tú, maja, ¿a quién quieres más, a tu padre o a tu madre? »), y te achuchaban y besuqueaban sin piedad, dejándote la cara pringada de trazas de carmín que tratabas de borrar inmediatamente con la mano, disimulando con dificultad aquellas sensaciones de asco y culpa tan netamente infantiles. Recuerdo reír a carcajadas con la viñeta -que seguramente no entendí del todo- en la que Manolito publicitaba las nueces llenas de bichos de Almacén Don Manolo con el slogan «¿Nueces con vida interior? Almacén Don Manolo», o con aquella otra en la que al oír a un hombre mayor exclamar en la calle «Esto es el acabóse » al paso de un joven con el cabello largo e indumentaria hippy, Mafalda le respondía agitando el dedito índice: «No exagere. Esto no es más que el continúose del empezóse de ustedes ».

En mis primeros acercamientos a los personajes de Quino, la niña que fui sentía como suyas las secuencias de aquellas viñetas, simplemente porque conocí un Felipe y un Manolito aunque se llamaran de otra forma, mi hermana pequeña era un calco de Guille y los padres de mi mejor amiga el vivo retrato de los de Mafalda. Al cumplir los trece años comencé a conocer chicas chismosas y con vocación de madre como Susanita y chavalillos egocéntricos como Miguelito, y con quince logré comprender del todo a Mafalda y Libertad, las niñas menos niñas en aquella pandilla de críos sabios. Cuando eres muy joven y tienes aun pocas experiencias vitales, en el recorrido por un buen libro –y un cómic por supuesto puede serlo- uno acaba por no ser capaz de precisar qué ocurre primero: si es la realidad la que te da las claves para entender lo que has leído, o es la lectura la que hace posible que entiendas la realidad que te rodea. Así de inquietante y conmovedora puede llegar a ser la palabra escrita.

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En el tomo publicado en 1992 por Lumen bajo el titulo «Todo Mafalda», se reúnen la mayor parte de las viñetas que habían visto previamente la luz en los once cuadernillos apaisados numerados del cero al diez en los que yo leí por vez primera sus historias. La recopilación organizada en apartados temáticos permite comprobar no solo la evolución de los textos de los bocadillos a través de los cuales hablan los personajes, que definen con progresiva mayor nitidez los caracteres de los diferentes personajes, sino también la evolución del inconfundible trazo de tinta negra sobre fondo blanco, que fue mejorando de forma notable con los años, hasta dotar a cada figura de gran expresividad y realismo.

No faltarán quienes aleguen que Mafalda ha perdido vigencia, lastrada por su contexto histórico (su creador fija la fecha de su nacimiento en el 29 de septiembre de 1964), su indisimulado localismo y su hilo argumental, focalizado en un progresismo idealista y casi naif que pudiera entenderse superado. Nada más lejos de la realidad. En la reseña del diario El país del 21 de mayo de 2014 en la que se da cuenta de la concesión del Premio Príncipe de Asturias a Quino, se trascribe parte de la argumentación del jurado, que se expresa en los siguientes términos: «Al cumplirse el 50 aniversario del nacimiento de Mafalda, los lúcidos mensajes de Quino siguen vigentes por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento». Estoy completamente de acuerdo, y diría más; a día de hoy, ¿se atrevería alguien a considerar trasnochada la frase de Mafalda, cuando pide que«paren el mundo, que yo me bajo »o la deFelipe al preguntar «¿No sería más hermoso el mundo si las bibliotecas fueran más importantes que los bancos? »

Son niños. Mafalda, Felipe, Susanita, Manolito, Libertad, Miguelito y Guille son críos, y si se les deja hablar, dicen verdades como puños, así que tampoco yo me andaré por las ramas. Quienes aun no lo hayan hecho, deben leer «Todo Mafalda» cuanto antes. Porque incluye un texto preliminar breve pero delicioso de Gabriel García Márquez. Porque van a disfrutar pensando, y viceversa. Y porque recordarán algunas de esas viñetas el resto de sus vidas. ¿Alguien da más?