El nacimiento de una dorada obsesión:El perfil vital de Alfred Hitchcock

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Segunda parte: Hollywood se rinde a sus pies (1940-1955)

«Es cierto, no me atraía Hollywood como lugar. Lo que quería era entrar en los estudios y trabajar en ellos». Con esta frase, Hitchcock confesaba su falta de interés hacia el modo de vida típico de las estrellas de la meca del cine. Pero su gusto por el lujo y sobre todo, su obsesión por las actrices rubias, lo ligaron a Hollywood el resto de su vida.

Un contrato de casi 3.000 dólares semanales, más una bonificación anual de otros 15.000 por dirigir dos películas al año  le bastaron al productor David O. Selznick para convencer a Hitchcock de que Hollywood era su sitio. A partir de la década de los cuarenta, gozaría de libertad para  elegir el equipo de rodaje, los guionistas y lo que era para él aún más importante: las protagonistas femeninas de sus películas.

Con Rebeca (1940) y la actriz Joan Fontaine comienza la larga serie de películas donde las rubias y el suspense compartían protagonismo a parte iguales. La actriz escribió en su autobiografía que Hitchcock tenía una extraña manera de comportarse, como si su lema fuera «divide y vencerás». Reclamaba total lealtad, pero solo a su persona.Aquello le permitía ejercer el mando, y formaba parte de la confusión que buscaba y que tanto favorecía el ambiente agónico y opresor de sus películas. Nunca daba a los actores —y mucho menos a las actrices—  la confianza suficiente para hacerlos fuertes y seguros de sí mismos, todo lo contrario; buscaba ahondar en sus complejos y mantenerlos emocionalmente en la cuerda floja para hacer más creíbles sus interpretaciones de personajes al borde del abismo.

Como él mismo afirmó varias veces, «sentía predilección por las nórdicas», a las que consideraba mujeres misteriosas, frívolas y más fáciles de fotografiar en blanco y negro. Pero no se trataba de una rubia cualquiera. Nunca le interesaron las mujeres explosivas como Marilyn Monroe, prefería un tipo de feminidad mucho más fría y elegante, de una belleza aristocrática. Hitchcock tenía muy claro que sus protagonistas serían rubias o se teñirían, como lo tuvieron que hacer Madeleine Carroll, Joan Fontaine o Ingrid Bergman para convertirse en actrices de sus historias. Pero sobre todo, el director tenía que sentir que podía moldear a su antojo a su musa: «Debo tener en cuenta si es la clase de chica a la que puedo dar forma como la heroína de mi imaginación».

Las mujeres siempre fueron el centro de la vida emocional del director, y lo fueron desde todos roles posibles: esposa, hija, madre, amiga, actriz o amante —real o platónica—. Durante estos primeros años en Hollywood, y a pesar de la creciente irritación de su mujer Alma por esta obsesión, Hitchcock probó suerte en sus películas con algunas de las actrices más famosas del momento, con mayor o menor fortuna. En cambio, salvo su padre, fueron escasos los hombres que tuvieron algún peso en su vida. Las relaciones con las mujeres causaron en Hitchcock enormes altibajos emocionales que agudizaban sus inseguridades y complejos.

En 1943 su madre falleció a causa de una pielonefritis aguda en Londres, y aunque Alfred le había rogado varias veces que se fuera a vivir con él y Alma a los Estados Unidos, ella siempre se negó. La muerte de su madre en plena segunda Guerra Mundial, con Londres bombardeado casi a diario,  acrecentó su constante y profundo sentimiento de culpa y cayó en una depresión que le hizo perder cuarenta kilos y aficionarse peligrosamente a la bebida.

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Algunos de sus biógrafos afirman que fue conocer a Ingrid Bergman lo que le sacó de ese deplorable estado anímico. Se enamoró perdidamente de la protagonista de Recuerda (1945), una de sus películas más personales y surrealistas —el propio Dalí realizó los decorados— y a la que, por supuesto, obligó a teñirse de rubio. A pesar de ser consciente de los continuos intentos de manipulación por parte del director, con quien rodó otros dos grandes título, Encadenados (1946) y Atormentada (1949),  Ingrid Bergman siempre guardó un buen recuerdo de Hitchcock y se consideraron amigos hasta que él murió en 1980.

A comienzos de los años cincuenta, con su reputación cinematográfica por las nubes y una sólida posición económica, Hitchcock y Alma deciden realizar un viaje de placer que les llevará por media Europa, y donde su hija Patricia conocerá a su futuro marido, Joseph O’Conell. Su yerno, directivo de una corporación empresarial, nunca le gustó porque jamás mostró un gran interés por el cine. En un exceso de celo paternal, no le perdonó que retirara a su hija de la que para Hitchcock era una incipiente carrera como actriz teatral, aunque realmente Patricia tan sólo había empezado a tomar algunas lecciones de arte dramático.

Idolatrado por las masas, Hitchcock comienza poco a poco a  fraguar su personalidad pública. En ella  aparecía seguro de sí mismo y deliberadamente cínico. Pero esta máscara dorada escondía su verdadera naturaleza: la de un hombre vulnerable, sensible y emotivo, que sentía profunda y físicamente las sensaciones que deseaba comunicar a su público.

Apareció entonces en el firmamento cinematográfico de Hitchcock una nueva estrella, la actriz que mayor fascinación le produjo nunca.  Con Grace Kelly rodó Crimen perfecto (1953), La ventana indiscreta (1954), y Atrapa a un ladrón (1955), algunas de sus películas más reconocidas. A tanto llegó su obsesión por la actriz que Hitchcock cuidó y mimó a su nueva musa a su antojo. Según Edith Head, diseñadora de vestuario del director, en el guión definitivo aparecían detalladamente todos los vestidos que luciría Grace, diseñados por el propio Hitchcock, «En una escena la veía de verde pálido; en otra, de raso blanco. La verdad era que estaba realizando su sueño en el estudio. Hitch quería que ella apareciera como una figura de porcelana de Dresde, como ligeramente intocable».

Pero Grace Kelly se enamoró de Rainiero de Mónaco y se marchó al Principado buscando su cuento de hadas; «traicionó» a Hitchcock, quien de nuevo se sintió abandonado. Fue entonces cuando su ego, herido de orgullo, descubrió que no le bastaba con los fugaces cameos en los que aparecía en todas sus películas. En 1955 la televisión empezaba a ser una realidad y el director encontró en el nuevo medio de comunicación el arma perfecta para seguir experimentando,  y creó su legendaria serie Alfred Hitchcock presenta.

Nacía así el primer showman de la historia televisiva.

(Emma Camarero es Profesora de Comunicación en la Universidad Loyola Andalucía y directora de cine documental)