El Padrino I: Emociones a veinticuatro imágenes por segundo

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(Texto cortesía de Joana Pizarro Muñoz)

Aún recuerdo la primera vez que vi la mejor Saga de todos los tiempos, que reunía lo mejor del género de Cine Negro y el Melodrama. Tras un largo día de trabajo, decidí desconectar para sumergirme en un exquisito caviar cinéfilo: El Padrino. Y es que, no puedo describirla con otras palabras. Las trabas mafiosas y el lento y melancólico vals compuesto por Nino Rota me envolvieron, al igual que un baño caliente con canciones de fondo en un día de lluvia. La expresión y el protagonismo de la música no fue la única culpable del enredo. Para ser sincera, fue ese director italiano y su poesía visual. El intenso pero suave ritmo, tanto como las delicadas caricias de Don Corlerone a su nieto. Y es que, llega a enfatizar con nuestras emociones mediante la combinación de todos esos elementos con un sentido propio.

Sin embargo, no escribiré la historia por el tejado. Contaré la historia jamás contada. Mario Puzo, un tipo seguro de sí mismo y de sus creaciones artísticas, sabía que The Mafia —así conocida por ese entonces— iba a ser un éxito. Por eso mismo, no dudó ni un momento en apostar por su obra. Puzo decidió vender los derechos de su propuesta a Robert Evans, Jefe de Producción de Paramount. “Tengo una deuda de once de los grandes, o me compras esto o me parten las piernas”, dijo Puzo en un tono desafiante. Poco después, Coppola fue seleccionado como director de la entrega. En números rojos y sin lugar en el que caerse muerto, al igual que la productora, no quería dirigir la película. Todo ello se debía a que Paramount quería un taquillazo y Coppola no estaba seguro de sus conocimientos.

El despiadado encargo pasó a ser una Saga cinematográfica de calidad. Para la sorpresa de todos, el film se convirtió en una entrega épica. Tanto es así, que no somos capaces de plantearnos el mundo del cine sin la gran aportación de Coppola. Y es que, la película ganadora del Óscar a Mejor Película en 1972 es el perfecto ejemplo para demostrar la importancia del lenguaje cinematográfico. Ante la inmensidad de posibilidades de presentar la historia a los espectadores, Coppola optó por dotar sus escenas de intencionalidad. El encuadre desde un determinado ángulo, la iluminación de la escena, un simple movimiento de cámara, un objeto colocado en una posición estratégica modifican por completo su sentido. Por ello, resulta relevante a destacar el cuidado y presentación de la puesta en escena; la caracterización de los personajes; la iluminación; la importancia de los planos/ contraplanos, el ritmo, etc. Todo ello, fue imprescindible para reflejar verosimilitud y, generar a su vez emoción de los espectadores.

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Ignacio Jarné, profesor de la Facultad de Pedagogía en la Universidad de Barcelona y, actual coordinador de la revista Making Of, habla sobre la fuerza de las emociones en la gran pantalla. Cuenta que nuestra percepción canaliza las emociones para posteriormente, hacernos reflexionar. “Pedagogía a veinticuatro imágenes por segundo significa creer que el cine es algo más: Son emociones a veinticuatro imágenes por segundo”, así fue cómo definió el cineasta francés, Eric Rohmer al cine. Y es que, es así. Los elementos que conforman el lenguaje cinematográfico van a envolver al espectador dentro de la película.

En la primera entrega de “El Padrino” se presenta la combinación de planos – contraplanos y campo-contracampo. Cuando se trata de momentos de acción se llevan a cabo planos dinámicos, rápidos, con ritmo; sin embargo, cuando se trata de priorizar los diálogos son planos con larga duración y poco movimiento, denotando intensidad y tensión. El campo- contracampo provoca subjetividad, de manera que el espectador se ve obligado a entrar dentro de la película y siente que le van a disparar a él. El cambio de planos, los ritmos y el empleo del movimiento travelling nos trasladan a la escena: pasamos de ser espectadores a partícipes de la historia.

La saga mafiosa no habría generado la misma magia sin los conocimientos cinematográficos de Coppola. Y es que, el director italoamericano bebió de los clásicos del mundo del cine, como son Griffith y Eissenstein. Reinsertó el montaje paralelo de Griffith, como podemos observar en el comienzo de la película. Podemos percibirlo mediante una sucesión de acciones que están ocurriendo al mismo tiempo y están relacionadas: nos hace distinguir entre los secretos mafiosos de los Corleone y la normalidad de la familia siciliana. Ni que decir tiene la relación de realidades debido a los matices de la iluminación para dar sentido narrativo. Gordon Willis, director fotográfico de la película, emplea la iluminación para crear un vínculo empático emocional con los espectadores, haciéndolos sentir dentro de la película. Sin embargo, este genio quiso ir más allá de los clásicos. Decidió explorar las posibilidades del lenguaje cinematográfico a través recursos que embellecen el montaje —producción y postproducción—. Y para ello, recibe la ayuda de Williams Reynolds y Peter Zinner.

Cabe destacar la caracterización de los personajes como máximo exponente de verosimilitud en la entrega. ¿Nos imaginamos un Don Corleone interpretado por el inglés Laurence Oliver? ¿O James Caan haciendo de Mike Corleone en lugar de Sonny? No habría sido igual. Con todos mis respetos, nada tengo en contra de ellos, ya que tienen una larga trayectoria en el cine. Sin embargo, sin la presencia de la potente y rasgada voz de Marlon Brandon no habría sido posible dar vida al capo di tutti capi, al igual que sin la singularidad de Al Pacino como Mike, o sin la chulería de James Caan como Sonny. Tampoco habría sido posible sin el maquillaje específico ni el vestuario mafioso creado por Anna H. Johnstone, quien pudo estar satisfecha, ya que estuvo nominada en los Óscars de ese año. No es para menos, supo estar a la altura para saber resaltar mediante el vestuario el cambio de poder de Vito Corleone a su hijo menor, Michael.