El Padrino II: La destrucción de lo amado y de lo odiado

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Juego, prostitución, traiciones, venganzas, violencia sin control. Vehículos en los que Francis Ford Coppola transportó a sus personajes hasta Nevada, hasta La Habana, hasta Nueva York o Sicilia. Vehículos cargados, además, con un gran odio de uno de los mejores personajes de la historia del cine. Y con un gran miedo del resto. Con la cámara siempre pausada sin dejar que la violencia de la trama supusiera alteración en la forma de rodar. Una lección de cine y narrativa.

La segunda parte de El Padrino, junto a la fascinante primera entrega de la saga y el deliciosamente imperfecto tercer capítulo, es una de las mejores trilogías de la historia del cine. Tal vez la mejor.

Una película es su guión (sin él no hay nada que hacer) y, por tanto, sus personajes. El resto, aunque importante, no soporta la esencia del trabajo. Como todo el mundo sabe, hay películas que con una dirección apañada o un montaje bueno a secas, son verdaderas joyas. Pues bien, El Padrino II es el gran guión (lo firman Francis Ford Coppola y Mario Puzo), es el conjunto de personajes mejor perfilados que han paseado por las pantallas de toda la historia. Y, por si era poco, está dirigida, montada, ambientada, producida, fotografiada, decorada y todo lo que quieran ustedes sumar, magistralmente.

Tras el monumental éxito de la primera parte, Francis Ford Coppola sabía que lo tenía difícil y que iban a mirar con lupa lo que hiciera. Así que arriesgó al máximo.

Por una parte, después de recibir severas críticas sobre su forma de enseñar el mundo del crimen desde una mirada algo amable en la primera parte de la saga (cosa que es del todo discutible) decidió dejar las cosas claras y mostrar la cara más terrorífica de los mafiosos italo-americanos. Y sin recurrir a grandes escenas violentas porque el espectador ya sabía lo que era cada cosa y hubiera sido reincidir de forma gratuita en algo que sentíamos fuera de foco en cada escena. Para conseguir ese efecto de forma contundente, utiliza el personaje de Kay Adams (extraordinaria Diane Keaton) que será la que mantenga esa actitud temerosa ante un mundo en el que lo que sucede es tremendo y que nos ayuda a comprender. El papel de las mujeres en esta película es importantísimo.

Además, Coppola decidió contar dos historias muy distantes en el tiempo de forma alterna, llevando al espectador de una a otra, logrando una coexistencia casi perfecta. Esto, que después de ver la película parece coser y cantar, tiene una dificultad enorme. Cada salto espacio temporal supone para el espectador un esfuerzo; alguno puede perderse por el camino y abandonar. No en este caso puesto que el montaje es de una perfección inigualable. Las historias de Vito Corleone, desde que tiene que huir de su país para no ser asesinado por el mafioso local hasta que funda su familia en Nueva York; y la de Michael Corleone desde que se hace cargo de la Familia hasta llegar al final de su viaje a los infiernos; se van contando con una claridad narrativa fuera de lo normal. Ayuda mucho que Al Pacino y Robert DeNiro, Michael y Vito, sean los actores, los personajes. Pacino y DeNiro llenan la pantalla, consiguen una credibilidad apabullante, están soberbios. Michael y Vito son dos personajes perfectos en su diseño y desarrollo. Pero John Cazale y Fredo son la pareja perfecta (nunca un personaje fue tan desvalido y causo tanta angustia a un espectador); Robert Duvall y Tom Hagen son esa pareja que llega de la primera parte como testimonio de lo que todo fue y ya nunca será. Si los principales son un espectáculo (actores y personajes), los secundarios están a una altura enorme (por ejemplo, Lee Strasberg). Esta es una de las diferencias respecto a la primera parte ya que los secundarios actuaban más de actantes iluminando a los principales y sin una gran profundidad.

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El Padrino II trata de explicar cómo Michael Corleone destroza todo lo que su padre construyó con gran esfuerzo (violento, sanguinario, cruel y detestable, claro). De hecho, del mismo modo que la primera parte comienza con una fiesta en la que Coppola nos presenta a los personajes, su forma de vida y lo que representan en el mapa de la Familia; las primeras secuencias, salvo un breve prólogo y el primer capítulo de la historia de Vito Corleone en Sicilia, las dedica el realizador a enseñarnos cómo comienza el gran declive de la familia de Michael que comienza a quedar a la sombra de la Familia; si su padre recibía las visitas de los amigos como señal de respeto, Michael recibe a enemigos y protestas insolentes. Si el padre se movía apoyado en el honor y en el amor a la esposa, a los hijos, etc., Michael se mueve por odio, venganza, miedo y cegado por su soberbia. A Vito lo respetan; a Michael se le teme. Michael mira y hiela todo lo que ve; no parece inmutarse ante nada ni nadie; le preocupa tener un hijo sensible porque piensa en él como sucesor y no como hijo (por eso tanto interés en saber si el niño que llegará será varón; por eso la violencia al saber que su mujer abortó; Michael necesita alguien como él para que todo pueda continuar). Es tal la maldad de este personaje, es tal la profundidad de la mirada de Al Pacino, que el perdón a su hermano Fredo deja sin respiración. Le abraza y, al mismo tiempo, mira a su guardaespaldas confirmando que le tendrá que asesinar. Es tal esa furia que desprende el personaje que su encuentro con Kay y la forma que tiene de cerrar la puerta supone una puñalada para el espectador que no olvida jamás.

Michael se acerca a su hijo fríamente. Y, a continuación, vemos a Vito arrimarse a los suyos con cariño, ofreciendo toda la protección posible. Un mundo va creciendo y otro se viene abajo. Tom Hagen y Frankie Pentangelli (encarnado por Michael V. Gazzo) son lo poco que queda de aquello que Vito construyó. En una de las mejores escenas de la película, hablan de cómo empezó todo, de lo que hay que hacer para no perder el honor y salvar a la familia. El diálogo no es explícito, pero todos entendemos que el final solo puede ser uno. No es casual que sean estos dos personajes los protagonistas del momento. Si hubiera sido Michael el que visitara a su caporegime no hubiera sido creíble. Son ellos los representantes de esos valores antiguos. Honor y omertà siciliana. Michael ha olvidado que los negocios son eso y no otra cosa. Nada personal. Nada queda.

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Si la dirección de Coppola es extraordinaria, la fotografía de Gordon Willis (tonos claros apagados que llevan a la tristeza en el lago Tahoe; exceso de brillo y sobreexposición en las escenas que simulan La Habana y rodadas en República Dominicana) es una lección de principio a fin; la música de Nino Rota (Carmine Coppola también compuso algunas piezas menores) es más variada y versátil que en la primera entrega (inolvidable esa escena con la familia Corleone sentada en las escaleras del viejo portal en Little Italy durante las fiestas del barrio con un guitarrista tocando la pieza principal como señal del comienzo de una historia criminal; poco antes Vito ha liquidado a un mafioso fantoche y patético llamado Fanucci); el vestuario de Theodora Van Runkle precioso; la dirección artística inigualable. En fin una verdadera obra de arte.

Dice Michael Corleone en un momento de la película: “Si algo nos ha demostrado la historia es que se puede matar a cualquier persona”. El aficionado al cine, después de ver El Padrino II piensa que sobrevivir en las circunstancias en que lo hace Michael es mucho peor que ser asesinado, mucho más penoso.

Dijo Coppola que “el film muestra la sucesión de poder y el hecho de que la mafia ha dejado de ser una forma de gansterismo para convertirse en parte integrante del credo americano, según el cual todo es bueno mientras proporcione dinero”. El espectador sabe que El Padrino II es una crítica demoledora al capitalismo que nos convierte en bestias sin escrúpulos. En la tercera entrega, Michael afirma que cuanto más sube más podrido se encuentra todo. Será el colofón.

Una verdadera maravilla de película.