El paro en el cine: una realidad cercana

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Tres películas sobre el drama del desempleo, que ha evolucionado, y mucho, desde finales de los años 40 del siglo pasado a nuestros días. Si bien la última película de la que hablamos es anterior a la fatal crisis económica y de valores que vivimos, también observamos cómo hasta los cineastas saben dar un paso atrás para tocar según qué temas.

Hay realidades difíciles de describir, pero más fáciles de mostrar. El desempleo y lo que supone para muchas personas y familias es una de ellas; sobre todo cuando pasa mucho tiempo desde el último mes cobrado o trabajo realizado. La situación en España, ahora mismo, nos hace preguntarnos el sentido de un artículo que clasificaríamos como de realismo social en una era, la post-capitalista, donde empezamos a ver nuevas fuerzas sociopolíticas (en realidad, nada novedosas) en sus planteamientos, que prometen ese poco de esperanza, aunque sea en la lucha, que nos permite ir tirando.

No encontramos, por otra parte, ninguna referencia comparable más o menos conocida del paro en la era de las redes sociales, lo cual pudiera ser esclarecedor. Tal vez se necesite más tiempo o un revulsivo mayor o más potente.

El cambio definitivo, no obstante, de mentalidad lo encontramos referido en la segunda y tercera películas escogidas. De esta forma, mientras que en los 90, la problemática nos era contada desde un punto de vista lúdico-trágico, ya en el nuevo milenio hay una actitud de protesta contestataria bastante clara, que se ha visto silenciada años después, quizás desde la hipocresía o la simple voluntad de acallar algo desbordante en sus datos, una realidad que sigue provocando el mismo malestar. De alguna manera parece que esa reivindicación de las personas que se hacía no es suficiente para ciertos sectores poderosos y no tanto, así como la mentalidad típicamente mediterránea y orgullosa de sí misma desde la que se afirma que quién no trabaja es porque no quiere, obviando el poder hacerlo así como las trabas que, alcanzada determinada edad, cualquiera se puede encontrar.

A bote pronto, el género documental ha sabido ver sus propuestas en el continente americano a veces antes que en Europa, prueba de ello es la existencia de Michael Moore y su primer documental Roger y yo, que contaba ya en 1989, el proceso de desolación y deterioro de Flint (Michigan) por el cierre de la planta de General Motors, que empleaba a la mayor parte de su población, viéndose despedida a pesar de sus beneficios millonarios.

A nivel local, encontramos una comedia andaluza llamada El mundo es nuestro, dirigida y protagonizada por Alfonso Sánchez, que se hace eco de este tipo de conflictos, sus precariedades y picarescas, mediante la excusa del robo a un banco. El film le fascinó a Moore, que lo incluyó en un festival de cine que lleva su nombre.

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Entrando en materia y centrándonos en el viejo continente, ya en 1948 aparecía en pantalla grande la italiana Ladrón de bicicletas, dirigida por Vittorio de Sica, con guión entre otros de Cesare Zavattini y Suso Cecchi d’Amico y basada en la novela de Luigi Bartolini. Narra el drama familiar de Antonio, a quién su situación le ha llevado a aceptar el encargo de pegar publicidad en papel por la capital romana, en cuyo periplo se sirve de la ayuda de su hijo Bruno y de una bicicleta que aparece y desaparece. Considerada por muchos como gran obra maestra del neorrealismo italiano, la película forma un ciclo o trilogía junto con Umberto D y Miracolo a Milano. Tiene como curiosidad que al ser estrenada en España, a los hombres del Régimen les debió parecer tan terrible su final, que se añadió una coda en forma de voz en off, por la que se ensalzaban los valores cristianos de los dos protagonistas, tema éste controvertido, debido a que muchos decían que De Sica no estaba de acuerdo. La música de Alessandro Cicognini supone una partitura fundamental de la historia del cine. Contó a su vez, como rasgo estilístico, con algunos actores no profesionales, así como la presencia de Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola o Lianella Carrell. La fotografía en blanco y negro de Carlo Montuori fue imitada en cuanto a composición por ejemplo por Roberto Benigni y su equipo en La vida es bella. Los premios cosechados ya en 1949 fueron la nominación al Óscar al mejor guión, obteniendo Premio Honorífico a la mejor película extranjera, el Globo de Oro en la misma categoría, mejor película en los premios BAFTA, seis galardones del Sindicato Nacional de Periodistas Italianos, así como el Especial del Jurado del Festival de Locarno, entre otros muchos. El director neoyorkino Woody Allen ha reconocido, en varias entrevistas, que es una de las tres joyas del cine de todos los tiempos.

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Casi cinco décadas más tarde, el por entonces debutante Peter Cattaneo (a quién no se tardaría en considerar el Ken Loach del humor, dado que ambos comparten nacionalidad inglesa) filmó la comedia con rasgos trágicos Full Monty. En ella, siete parados entre los que destaca Gaz, deciden dada la dramática historia del cierre de la fábrica de acero de su localidad natal, Yorkshire, organizar un strip-tease con el objetivo de que el primero pueda pasarle la pensión a su mujer para ver a su hijo y los otros puedan solucionar parte de su insidiosa situación. La película, que es algo más que un baile en la cola del INEM, contemplaba el suicidio en la escena en la que, si no es porque Gaz y su mejor amigo lo evitan, uno de los empleados de la fábrica abre la espita del gas de su coche y se encierra dentro. El puñado de personajes, cada uno con sus peculiaridades y manías ante el problema, ilustra más que adecuadamente cómo era el problema allá por finales de los 90 y a pesar de todo contribuyó a que la imagen de los desempleados, en cierta forma, se banalizase, dado su carácter ligero, resultando un hito en este tipo de cine. Con guión de Simon Beaufoy, música con ribetes de los 60 de Anne Dudley y fotografía de John de Borman, destacó por su talentoso reparto en el que destacaron sobre todo Robert Carlyle, Mark Addy, Tom Wilkinson o Leslie Sharp. En cuanto a premios, logró cuatro nominaciones a los Oscar de Hollywood, obteniendo el de mejor banda sonora musical, otras once a los BAFTA de los que obtuvo tres incluyendo el de mejor actor para Carlyle; el Goya a la mejor película europea; el David di Donatello italiano así como la nominación al César francés.

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Nuestra versión patria del desempleo por excelencia vendría en 2002 de la mano de Fernando León de Aranoa. Los lunes al sol, escrita al alimón con Ignacio del Moral, con música de Lucio Godoy y fotografía de Alfredo Mayo, era sin duda una aproximación si cabe más dramática y contestataria, ambientada en una ciudad costera del norte de España, siendo sus víctimas en su mayor parte astilleros o estibadores de su puerto; si Full Monty conmovía por la sugerencia de cierta risa flemática, aquí el sentido del humor está construido para provocar sonrisas broncas. La secuencia más importante es aquella en la que el protagonista lee el cuento de La cigarra y la hormiga a la hija de un amigo, tratando de hacerle ver que los valores que transmite el cuento son horribles y están manipulados políticamente por los poderosos. En el reparto destacaron Javier Bardem, Luis Tosar, Nieve de Medina, Celso Bugallo o una jovencísima Aída Folch; al igual que en el caso anterior es una película de personajes, donde nos es sugerida la senectud de un tipo de población que ya ha visto las consecuencias del drama que transmite. El film obtuvo la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, cinco premios Goya en una ceremonia polémica por el no a la guerra de Irak (que a pesar de todo no tuvo continuidad en años posteriores) y el Premio Ariel a la mejor película en Iberoamérica. Producida entre otros por Elías Querejeta, se consiguió también financiación francesa e italiana.