EL REFUGIO DE LOS OLVIDADOS: GALVESTON

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El infierno existe; está aquí, entre nosotros. Tras una puerta que se cierra a la luz, en el hermetismo del maletero de un coche, la fuerza implacable de los puños que golpean o el frío destello del arma detonada. Nuestro averno es esa violencia vidente, que insiste en cebarse con los más débiles.

De todo aquello que es consustancial al comportamiento humano, quizá sea la violencia lo que me produce un rechazo más visceral. Aun cuando desde el punto de vista legal su uso pueda estar total o parcialmente justificado dentro de los estrictos márgenes de la moderna configuración jurídica de la legítima defensa, cualquier clase de violencia de cierta gravedad, y muy particularmente la física, me causan una congoja y una desazón difícilmente soportables.

Con independencia de otras consideraciones más trascendentes, las infinitas modalidades de comportamientos violentos imaginables en la vida real –y creo saber un poco de lo que hablo- son de una fealdad absoluta. La violencia genera escenarios ruinosos y desolados, deforma los rostros y lo impregna todo con su pegajoso manto de oscuridad y terror. Y sin embargo, pocos aspectos de nuestra naturaleza han inspirado mejores obras, tanto en la literatura como en el cine. Quizá sea porque se trata de un fenómeno extraordinariamente complejo, y es esa complejidad la que constituye, en último término, su principal atractivo. O es posible que la simple interposición de la palabra o la imagen nos protejan del verdadero sentido del acto violento, haciéndolo más fácilmente digerible.

El lector reflexivo no se escandalizará si admito que las secuencias televisivas en las que se observa el impacto brutal de los aviones contra las Torres Gemelas son de una espectacularidad no exenta de cierta belleza; sin embargo, tal percepción es solo un espejismo atroz que cede inmediatamente, en cuanto logramos comprender la magnitud del horror que esas imágenes encierran. Es en esta única clave en la que se explica la fascinación y la morbosa curiosidad que, en ocasiones, sienten las personas de bien ante hechos que no terminan de ser asumidos como reales. Tras verme forzada en más de una ocasión a hundir los pies en el fango hediondo de la crueldad y sus terribles consecuencias, la única opción que entiendo razonable frente a la violencia es su reprobación y su enérgico rechazo.

Galvenston es un relato que gira en torno a la violencia, además de la primera incursión en la novela de Nic Pizzolatto, creador, guionista y productor de la televisiva True Detective, serie que también me gustó mucho, si bien considero que no es precisamente su guion –ampliamente superado por la brillantez de la ambientación, la interpretación y los diálogos- su mejor baza. No obstante, esta primera novela sí me parece una muy buena historia, y casi, casi, una magnífica película, perfectamente visible a través de la lectura de una trama fácil de seguir y que, además, engancha. La exquisita limpieza de la prosa de Pizzolatto -servida al lector español por la cuidada traducción de Mauricio Bach-, retrata con precisión no solo la penosa rijosidad de los escenarios en los que sitúa a los personajes, sino también la razonable desesperación de esos seres aparentemente abandonados a su suerte y que sin embargo, tal y como ocurre tantas veces en la vida misma, logran conservar casi intacta su dignidad en las peores condiciones imaginables, contra viento y marea.

El protagonista de la historia, Roy Cody -que es además su narrador en primera persona- es un tipo duro de poco más de treinta años que se gana la vida como matón a sueldo de un corredor de apuestas ilegales de Nueva Orleans, Sam Ptitko. Nada nuevo bajo el sol, salvo el planteamiento inicial de la novela: que un miembro de la escala básica del hampa decida dar un giro a su existencia al descubrir que sufre un cáncer de pulmón con muy mal pronóstico, no deja de ser una idea rompedora. Quienes llevamos una vida medianamente tranquila, pensamos que alguien así debe contemplar como muy probable su muerte violenta, y sin embargo, la realidad es muy otra. El matón, igual que la cajera del supermercado, cumple con su rutina en la confianza de que al terminar la jornada, podrá retirarse a descansar hasta el día siguiente, y solo activa sus alarmas cuando existen poderosos motivos para hacerlo. Es por eso que, también en su caso, entre extorsión y extorsión, un diagnóstico médico desfavorable puede llegar a cambiarlo todo.

No quiero revelar siquiera mínimamente la historia de Galvenston en este comentario. Es mejor que lean ustedes la novela, que acompañen en su viaje a Roy y a los demás y se dejen sorprender por el humor y la imprevisibilidad del desenlace final. Quiero que muerdan el polvo de los moteles, miren furtivamente las siluetas deformes de los parroquianos de tantos bares siniestros, se deleiten con la belleza de una piel dorada de sol y yodo, y aprieten los ojos mientras sueñan que vomitan ante la visión de la tortura y la muerte. Prefiero que disfruten de la belleza y el refinamiento de alguno de sus párrafos sin trascribirlos aquí, que descubran las sorpresas de un flash back separado por veinte años, y la ternura, el miedo, la decencia, la soledad de los personajes. Me gustaría que, durante unas horas, imaginen lo que es vivir así, porque hay gente que no conoce más vida que esa que describe Pizzolatto con tanto talento. Seres marcados por una violencia turbia y sin sentido que se manifiesta a los mismos pies de la cuna. Maldita la gracia y, sin embargo, cuanta belleza y cuanta verdad en un solo libro.

2014 Faldon