El rock más joven con sabor a blues y tacto funky

SINESTESIA 2

Una de las características del rock es su maleabilidad, su capacidad para fundirse con otros géneros. Sinestesia es una banda gallega que fusiona con grandes resultados el rock con el funky, el blues o el pop. Un grupo de jóvenes con mucho tacto y gusto, que este año ha presentado su primer trabajo de larga duración, El punto de luz del desván, y que viene a confirmar su madurez musical, permitiendo compartir unas composiciones tan trabajadas como expresivas.

Ante el término rock son muchos los adictos a la música (tanto en calidad de melómanos como de sencillos consumistas de diez canciones imprescindibles para sobrellevar el día a día) que agudizan el oído y prestan su total atención. Pero si al rock se le añaden complementos como blues, o funky, algunos vuelven a restringir su interés a la actividad que se haya visto interrumpida. Con Sinestesia, el oyente tiene la oportunidad de descubrir que el rock lleno de matices, y de reminiscencias sesenteras, ofrece un buen menú al oído para que este se deleite. Sobre todo, teniendo en cuenta la frescura y juventud que emana por naturaleza de sus componentes.

Sinestesia fue en sus orígenes un trío, nacido en épocas de instituto del 2007, en Santiago de Compostela. Hoy en día, la banda se compone de cuatro músicos que, si bien atesoran una amplia experiencia y formación musical, no se ven cerca de abandonar esa etapa dorada y enérgica que corresponde a la veintena. De la agrupación inicial permanece Tomás Porteiro, alma máter del grupo. A lo largo de estos años su voz, sus aptitudes a la guitarra y sus composiciones han sido la piedra angular de la banda. En la actualidad, lo acompañan en el proyecto Miguel Fernández, a la batería; Jacobo García, al bajo; y Manuel Gómez, en calidad de teclista, guitarrista y corista.

El presente año ha sido el momento elegido por Sinestesia para dar un importante paso adelante. Ha publicado su primer larga duración, que lleva por nombre El punto de luz del desván. Hasta entonces, había dado a luz a dos trabajos de corta duración como son La ciudad y otros escenarios (compuesto por seis temas) y, posteriormente, Días de cine (con cinco canciones). Pero, con este último trabajo, la banda ha dado muestra de su madurez y crecimiento musical.

En este álbum, que integra diez composiciones, su propuesta rock navega con sutilidad por orillas de otros géneros y estilos. El blues y el funky están muy presentes, si bien la vena pop nunca llega a desvanecerse. Lo más interesante y agradable de este trabajo de estudio es la acertada continuidad y homogeneidad que el grupo logra concebir a lo largo de la decena de temas, dando como resultado un disco muy compacto y nada repetitivo. Abren con Bombas de racimo, una de las canciones donde los acentos del ritmo funky quedan perfectamente marcados. Así comienza mostrando por dónde irán los tiros, pero sin descubrir todas sus habilidades y registros, si bien cada uno de los músicos enseña ya su carné de identidad. En Los chicos del barrio, sin embargo, el swing toma total protagonismo a través de una estructura tan sencilla como pegadiza. Y es que una de las características de esta banda es saber renegar, en alguna de sus composiciones, de estructuras irregulares y ritmos variables y sincopados, sin que ello conlleve nunca el abandono del detalle o la expresión, objeto de mimo por parte de cada uno de estos músicos. Es algo que puede apreciarse a través de cada instrumento, y también en la voz y en los coros. En Ciento Volando, por ejemplo, el grupo se desliza de manera controlada hacia otros terrenos, que a algunos puede hacerles recordar la faceta más ligera de Led Zeppelin.

El punto de luz del desván, disponible en plataformas digitales como Spotify,se abre ante el oyente para que este lo deshoje a su gusto y manera. El rock está presente, pero no es lo único. Es ahí donde gana Sinestesia. Y eso es algo que, a lo largo de su trayectoria, ha ido demostrando paso a paso. No es gratuito que, con poco más de un año de existencia, hubiesen sido teloneros de artistas como Miguel Bosé, o que ya hayan compartido escenario con nombres conocidos como Efecto Mariposa. Sin embargo, el grupo no ha parado de crecer, de experimentar sin traicionar o abandonar sus raíces, jugando con la maleabilidad del rock. Y ahora, cuatro jóvenes ofrecen una propuesta tan fresca como trabajada.
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En sus conciertos, el cuarteto se sumerge en su propio santuario musical, buscando transmitir al público toda la musicalidad que fluye por sus venas. Sus componentes son veinteañeros, pero no es de extrañar que a algún nostálgico le sobrevenga la imagen de los Allman Brothers al escucharlos tocar. La voz de Tomás, sutilmente rasgada, transmite a la perfección el sentir de las propias letras que compone. Además, sus habilidades a la guitarra dotan de vida cada actuación, luciéndose con solos que se salen una y otra vez de las estructuras arquetípicas. El swing que acompaña al batería también imprime un sello personal a la sonoridad de la banda, con unas líneas de bajo trabajadas y un acompañamiento de teclados en segundo plano que llenan un sonido muy buscado y logrado.

Este último trabajo les ha cargado la agenda estival con numerosas fechas de conciertos. Si bien se mueven como pez en el agua por territorio gallego, el grupo ha conseguido llamar la atención y abrir nuevas puertas, como es el caso del País Vasco, donde tocarán el 11, 12 y 13 de septiembre. Todavía tienen trabajo por delante para exprimir al máximo un álbum tan sugerente como lo es su primer larga duración. Pero, teniendo en cuenta lo apartados que se encuentran del circuito actual más comercial, los pasos que el conjunto va dando no parecen estar construyendo un mal camino. Porque, efectivamente, el camino lo van haciendo al andar. Y sobre el escenario caminan muy bien.