Él sí que era perfecto

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De un director capaz de decir frases como «Mi exilio no fue una idea mía, sino de Hitler», se puede esperar cualquier cosa cuando decide enfrentarse al guión de una comedia. Y más aún si  esa comedia está plagada de asesinatos, canciones, mafiosos,  travestidos y sobre todo, con  Marilyn Monroe tocando el ukelele.

Cuando Fernando Trueba en 1993 recogió el Óscar conseguido por Belle Époque, el director español dijo emocionado que él no creía en Dios, sino en Billy Wilder. Estas palabras dejan entrever un mensaje con el que muchos comulgamos. Existen grandes directores de cine, grandes creadores, grandes innovadores y revolucionarios; y luego está Billy Wilder, capaz de superar a su propio maestro, Ernst Lubitsch, con un puñado de comedias  que son obras maestras –incluso la película más redonda de Lubitsch,  Ninotchka, llevaba un guión firmado por Wilder—.

La gestación de Some like it hot no fue flor de un día. Wilder sospechaba que detrás de la película francesa Fanfarre d’Amour (1935), donde dos músicos se travisten y ligan con un chica sexy,  existía una gran historia. Tan solo había que aumentar el nivel de tensión narrativa cambiando el hambre por la amenaza de muerte de un mafioso y trasladando de época la historia. «Cuando la ropa de todo el mundo parece excéntrica, un hombre vestido de mujer no resulta más llamativo que los demás». Pero necesitaba también los actores que fueran capaces de entender que el alocado  guión escondía un tesoro de interpretación y de fulgurante éxito. El primero en subirse al tren (figurada y literalmente),  fue Jack Lemmon, a quien Wilder convenció tras encontrárselo en un restaurante. Después llegó Tony Curtis y  finalmente Marilyn Monroe, con la que ya había trabajado en la Tentación vive arriba (1955). Para Wilder, trabajar con Marilyn había resultado poco menos que una tortura. Preguntado poco después de terminar el rodaje de Con faldas y a lo loco sobre su experiencia con la actriz, llegó a decir que «existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Ella guarda una cierta semejanza con esa guerra: era el infierno, pero merecía la pena». O aún más en su línea sarcástica,   «Me han preguntado si volveré a trabajar con Marilyn y tengo una respuesta clara. Lo he consultado con mi médico, mi psiquiatra y mi contable, y todos me han dicho que soy demasiado viejo y demasiado rico como para someterme de nuevo a una prueba semejante».  Es cierto que las continuas injerencias de Arthur Miller, por entonces el marido de la actriz, en cómo Wilder debía rematar el texto del guión, no ayudaron a crear precisamente un buen ambiente en el rodaje entre el director y la protagonista.
Annex-Curtis-Tony-Some-Like-it-Hot_01La producción de la película comenzó con la contratación de un travesti amigo de Wilder, Barbette, para que enseñara a Curtis y Lemmon a comportarse como mujeres. No era todo cuestión de maquillaje y vestuario; debían actuar de manera femenina. Pero mientras Tony Curtis aprendió deprisa —confesó que había mezclado el estilo de Barbette con el de Mae West—, Lemmon era un caso perdido. Barbette solo consiguió de él que pareciera una mujer torpe, pero llena de energía y personalidad; la Daphne de su vida femenina nada tenía que ver con el hombre quejica que era en realidad su personaje.

Desde luego, en 1959 una comedia drag era una apuesta arriesgada, y para colmo, Wilder quería añadir como ingredientes  del cóctel canciones, gánsteres, metralletas y cadáveres; así que decidió que seguirían escribiendo mientras rodaban, para ver qué funcionaba y que no. El título original había cambiado varias veces, hasta quedarse definitivamente en Some like it hot, que en castellano viene a significar más o menos A algunos les va la marcha.

Y comenzó el rodaje. Marilyn empezó a volver locos a todos. No era solo que llegara a mediodía cuando el resto del equipo llevaba allí desde las seis y media de la mañana; era sobre todo que su manifiesta inseguridad, acrecentada por su cada vez mayor dependencia a los barbitúricos,  le llevaba a repetir cada toma decenas de veces.  Curtis contaba —las anécdotas del actor siempre se han puesto en tela de juicio por el excesivo protagonismo que adquiría su persona—, que ideó un sistema con un tubito y un embudo para no tener que ir al baño y aguantar las horas que fuera sin tener que interrumpir a Marilyn, lo que podía llegar a ser una catástrofe. El rodaje se alargó más de lo previsto, y con ello el presupuesto. Todo ello hizo que Wilder, poseedor de una  paciencia casi tan grande como su ingenio, firmara una de sus más célebres sentencias: «Tengo una vieja tía en Viena que estaría en el plató todos los días a las seis de la mañana, y sería capaz de recitar los diálogos incluso del revés… pero, ¿quién quiere verla? De todos modos, mientras todos los del equipo esperábamos a Marilyn, no perdíamos completamente el tiempo. Incluso pudimos hacernos con una cultura; yo sin ir más lejos, tuve la oportunidad de leer Guerra y paz y los Miserables».

Pero hubo algunos que se lo pasaron bien en el rodaje, como es el caso de Joe E. Brown, que encarna al inolvidable millonario Osgood que propone matrimonio a Daphne y acaba pronunciando una de las frases más gloriosas de la historia del cine, condensada en un escueto «nadie es perfecto» por el que los guionistas no apostaban y pensaban cambiar; pero tras el preestreno de la película en Westwood y el estallido del público, se dieron cuenta de que habían dado en el clavo.

En blanco y negro para reflejar mejor el trasfondo mafioso de la trama, llena de referencias satíricas al momento histórico —1929, en medio de la ley Seca y a punto de hundirse la bolsa de Nueva York—, y con un elenco ganador, Con faldas y a lo loco fue una de las comedias más taquilleras de Hollywood. Volverla a verla  es siempre un placer indescriptible. El tiempo ha sido benévolo con esta historia que ha inspirado decenas  de películas y a las que todos los actores que alguna vez se han travestido en el cine, desde Dustin Hoffman en Tootsie (1982) a Terence Stamp en Priscilla, Reina del desierto (1994), han mirado como ejemplo inimitable. Quizás sea porque como dijo Billy Wilder, si quieres decirle a la gente la verdad, sé divertido o te matarán.

Él sí que era perfecto.

 

Emma Camarero es profesora de comunicación en la Universidad Loyola Andalucía y directora de cine documental.