El toque Lubitsch

Ernst Lubitsch
Cuando Ernst Lubitsch murió prematuramente de un ataque al corazón en 1947, otros dos grandes directores de cine se lamentaban: «Se acabó Lubitsch» dijo Billy Wilder y William Wyler repuso «¡Peor aún! ¡Se acabaron las películas de Lubitsch!».

Billy Wilder no era precisamente sospechoso de benevolencia en  las opiniones que profería sobre el prójimo, pero su mordacidad habitual desaparecía para dejar paso a la más absoluta admiración cuando hablaba del ingenio inagotable del que siempre consideró su maestro. Antes de ser director, Wilder fue guionista y colaboró como tal en dos comedias dirigidas por Lubitsch, la divertidísima «La octava mujer de Barba Azul» (Bluebeard’s eigth wife, 1938) y la recordada «Ninotcka» (1939). Una vez dio el salto a la dirección, trató de emularle en obras como «Ariane» (1957), «Con faldas y a lo loco» (Some like it hot, 1959) y «El apartamento» (The apartment, 1960).

Enst Lubitsch era judío alemán. A diferencia de numerosos compatriotas suyos del medio cinematográfico que, en la década de los 30, acudieron a Hollywood huyendo del nazismo, emigró con anterioridad porque había llegado a lo más alto como director en Alemania y quería probar fortuna en aquella ebullición de talento que fue el Hollywood de los años dorados. Llegó, vio y venció, como Julio César…; y luego cayó…; como, como, ¡ah sí!, como Julio César.

Los adjetivos ingenioso, sofisticado o creativo definen el cine de este director, que fue el único de su época que, al combinar dirección y producción, tenía un control absoluto de sus películas. Para el recuerdo ha quedado el denominado «toque Lubitsch», elemento presente en sus comedias, definido de diversas maneras, pero que puede condensarse en una broma elevada a la máxima potencia. Imaginemos algo muy gracioso, dotado de un humor muy fino. Ahora, mirémoslo desde todos los ángulos e intentemos dar una vuelta de tuerca a través de la imagen, de la palabra, de ambas o de la elipsis, para que resulte más agudo todavía… El resultado debería parecerse al toque Lubitsch…; si tuviéramos su ingenio.

Su comedia mejor y más emblemática fue «Ser o no ser» (To be or not to be, 1942). La historia gira alrededor de una troupe de actores de teatro polacos que preparan una comedia llamada «Gestapo» que ridiculiza a los nazis y que es cancelada por la censura, por lo que deben seguir representando Hamlet. Al producirse la invasión de Varsovia en septiembre de 1939, el vestuario de la frustrada «Gestapo» permitirá a los intérpretes disfrazarse de altos mandos alemanes, engañar a los nazis y salvar a la Resistencia polaca.

Los protagonistas son los vanidosos Joseph (Jack Benny) y María Tura (Carole Lombard), primeras figuras del teatro polaco y habituales intérpretes de Hamlet y Ofelia. Ambos rivalizan por encabezar la cartelera y mientras él declama, ella coquetea. Cada vez que él inicia el famoso monólogo que da título a la película, ve estupefacto como un galán se levanta del público y deja la sala. Se siente devastado creyendo que su interpretación ha decepcionado al espectador, cuando lo cierto es que el joven cumple la consigna de María Tura para acudir a flirtear a su camerino. La situación se repite hasta cuatro veces, con un giro diferente cada vez que intensifica nuestra diversión.

De Jack Benny podemos afirmar que pocas veces el narcisismo ha sido presentado de forma más simpática. El personaje está siempre buscando recibir cumplidos, incluso cuando está intentando engañar a los nazis, pero logra precisamente lo contrario. «Lo que Tura hizo con Shakespeare lo estamos haciendo nosotros con Polonia» le contesta el cómico general Ehrhardt, al que apodan «Campo de concentración Ehrhardt» («Los polacos hacen la concentración y nosotros el camping…»).

Por su parte, Carole Lombard fue una grandísima comedianta que destacó en algunos otros buenos títulos, aunque éste fue indiscutiblemente el mejor. Su combinación de vis cómica, descaro, belleza y elegancia fueron únicos y al parecer era tan divertida en la realidad como los personajes a los que interpretaba. Poco después de acabar el rodaje, falleció cuando se estrelló el avión en el que viajaba para vender bonos de guerra, dejando desconsolado al público y a su pobre viudo, Clark Gable, que se alistó en el ejército, buscando el olvido.

El ritmo de la película es perfecto, se suceden una tras otra situaciones a cual más hilarante, los personajes se disfrazan, recobran su identidad (son… y no son), se pelean, se reconcilian, entran por una puerta, huyen por otra…, y en todo momento, estamos atrapados por el suspense de la trama y por unos diálogos desternillantes (en el ensayo de «Gestapo», el actor que interpreta a Hitler, al entrar y recibir el «Heil Hitler!» de los oficiales extiende el brazo derecho y responde «Heil yo mismo!»).

Pese a ser universalmente considerada hoy en día una de las mejores comedias de la historia del cine, «Ser o no ser» fracasó estrepitosamente en su época. Hay que tener en cuenta que el rodaje acabó días antes del ataque a Pearl Harbour y que la película se estrenó a principios de 1942. En ese momento, los Aliados todavía creían que iban a perder la guerra y el público y la crítica norteamericanos consideraron de pésimo gusto una comedia sobre Polonia. Se tachó de insensible al pobre Lubitsch, cuya única intención era hacer escarnio de los nazis y retratar cariñosamente al sufriente pueblo polaco. Lástima que el autor no pudiera disfrutar del éxito extraordinario que su película tuvo en sucesivas reposiciones.

Tal vez, cuando la realidad es muy cruel, necesitamos el paso del tiempo para poder verla a través del humor. Como explicaba el personaje interpretado por Alan Alda en «Crímenes y faltas» (Crimes and misdemeanors, Woody Allen 1989), la comedia es igual a tragedia más tiempo y a Ernst le faltó este segundo factor. Falleció cinco años después sin haber vuelto a disfrutar de ningún éxito de taquilla desde «Ninotcka». Nos dejó unas cuantas comedias llenas de magia, algún discípulo de primer nivel y un sentido del humor elevado a  la categoría de arte, así que ¡Gracias por tu toque, Lubitsch!