El trovador de la lucha campesina

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Corpulento. Recio. Con una sonrisa que no podría ocultar si quisiera entre los pliegues de su piel morena, porque siempre está reflejada en un punto de luz en los ojos. El espejo le devuelve menos, muchos menos años, de los 71 que cuenta su partida de nacimiento, y de los cientos que necesitaría para condensar sus vidas de músico, de locutor de radio, de amante de su patria, de revolucionario, de niño inquieto que recorre el horizonte buscando las curiosidades de las que se alimenta su espíritu.

Llega al encuentro conduciendo su todo terreno. Las manos llenas: llaves, gafas de sol, un celular… Viste camisa clara, pero saca de una pequeña bolsa la cotona negra que se planta para la entrevista. La prenda es una colección de símbolos de Nicaragua. Bordados en hilos de colores, esquemáticos emblemas que recuerdan a cafetales y a guardabarrancos, a volcanes ysacuanjoches. Color sobre la densidad oscura de un país acostumbrado a caer y a levantarse. Carlos Mejía Godoy nació en 1943 en la ciudad nicaragüense de Somoto, a apenas veinte kilómetros de la frontera con Honduras, y esa circunstancia perfiló la infancia del compositor, como él mismo reconoce: «Tenía acceso a una cultura dual. Me sentía más cerca de Honduras que de Nicaragua». Hasta donde alcanza la vista, mirando al sur en el que las calimas anuncian un lejano Pacífico, el paisaje parece extenderse, como si las lomas del verde intenso del café se desplegaran sobre el terreno, después de siglos guardadas en las cajas del tiempo. El departamento de Madriz, la patria chica de los Mejía Godoy, es uno de esos rincones del mundo en los que la naturaleza se muestra con una rotundidad que revela la energía telúrica escondida en las entrañas de la tierra, y eso también marcó, desde pequeño, a Carlos Arturo. «Fui un niño que creció en un contacto muy fuerte con la naturaleza. Desde pequeño recorrí las cañadas, los montes y las lomas, y descubrí una veta que me facilitaría mi producción musical después: los personajes. En los pueblos de Nicaragua, el barbero era tan importante como el cura, y había una sabiduría popular y cotidiana que se disparaba —y lo sigue haciendo— en proverbios y en dicharachos y en cuentos de caminos. Uno de esos personajes era mi propio padre, que logró hacer de la música su profesión, y creo una orquesta en la que la marimba era el centro». Aquella orquesta a la que se refiere Mejía Godoy tenía el nombre de Los murmullos del Coco, en alusión al río que baña Somoto formando un soberbio cañón a su paso por la zona fronteriza. De la orquesta bebieron todos los hermanos Mejía su pasión por la música popular centroamericana, por los cantos campesinos de Nicaragua que años más tarde les convertirían en una leyenda global, impulsada por los tiempos de revuelta en su patria.

«Yo era un ladrillito de barro, que iba chupando de todo lo que había alrededor, que se abrió en un desmembramiento hacia todo lo popular: el entorno orográfico y el entorno humano», relata Mejía Godoy, resucitando una célebre metáfora que ha contado por los cinco continentes. No supo ponerle nombre pomposo a aquello que sentía, que Nicaragua y su gente le entraba por los poros de la piel, hasta que en 1943 entró en el colegio de los Salesianos de Granada, a orillas del Lago Cocibolca. Allí empezó a escuchar hablar de una corriente artística que se llamaba realismo mágico, y que García Márquez consagraría a los altares de la literatura universal años después.

SALESIANO EN GRANADA A su etapa granadina, el cantautor debe también una fugaz vocación religiosa, inspirada por San Juan Bosco como modelo de atención a los niños en situación de riesgo. Le dolía la infancia. Le duele. «Conocí al Padre Fabretto, toda una institución en Granada. Quise ser cura salesiano y entré en un seminario regido por sacerdotes de Ávila. Allí empecé a sentir algo que fue determinante para mi vida, y es que la Iglesia de Nicaragua estaba absolutamente entregada al régimen de Somoza, porque el dictador protegía por sus propios intereses a los sacerdotes católicos». Aquello le inoculó, dice, la rabia que le llevó a dar respuesta a cuestiones que se plantearía durante su primera madurez: «¿Por qué un hombre se inmola por la violación del pueblo? Un hombre que no había disparado un tiro en la vida asume su propia muerte para la liberación de un pueblo gobernado por un tirano…» dice masticando amargamente cada palabra, en alusión al asesinato de Somoza por parte del poeta Rigoberto López, que resultó abatido en el mismo acto a manos de la guardia personal del dictador. «Ese es el suceso que me lleva a pensar cuál es el compromiso del hombre en esta sociedad. Me desencanto y salgo del seminario».

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Fue entonces cuando Carlos Mejía Godoy inauguró otra fase inacabada de su vida, como estudiante de derecho. «Paralelamente empecé a trabajar en una radio costumbrista en la que descubrí que los vagabundos y los poetas callejeros estaban por todas partes, y no solo en mi pueblo. Empiezo a empaparme de la nicaraguanidad y de esa lucha permanente que lleva asociada por derrocar una dictadura que se convirtió en una dinastía». Pero aún habría un hecho con mayor relevancia en el compromiso social del trovador somoteño. El terremoto de 1972 arrasó Managua, y dejó a miles de familias en la calle. Un ambiente de desconsuelo y abatimiento se apoderó de un país que llevaba décadas sufriendo otro seísmo, el propiciado por la tiranía y la ambición de poder. «Nos sacudió interiormente a todos los nicaragüenses. Ahí dije: ‘suficiente’, y supe que tenía que entrar al ruedo». Mejía Godoy se enroló entonces en las filas del Frente Sandinista, y se convirtió en militante activo a través de la radio, con la que hacía llegar mensajes sencillos que calaban en la moral debilitada de todo un pueblo. «El contacto a través de la radio con la gente me hizo nacer una vocación. Creé a Corporito, el trovador de la nueva y la vieja ola, que cada día durante cinco años hizo una parodia de canciones populares reconvertidas al plano de lo social». La pasión por la comunicación le había atrapado definitivamente.

SANTUARIOS DE LA FAMA. Y fue entonces, a mediados de los setenta, cuando Carlos Mejía Godoy entró en contacto con aquel movimiento que se dio en llamar la Iglesia Popular Latinoamericana, que nació precisamente para hacer frente a una Iglesia puesta a disposición del poder hegemónico de la dinastía Somoza, y el fruto que terminaría por derivar en la Teología de la Liberación. «De toda esta marejada de sacerdotes y laicos obtuve los nutrientes, además de las manifestaciones de mi pueblo, para escribir la Misa Campesina. No sabía que iba a romper los diques fronterizos», reconoce con un halo de vértigo que cuarenta años de celebridad no han conseguido borrar del semblante de uno de los personajes más conocidos de Nicaragua, dentro y fuera de Nicaragua.

La misa campesina nicaragüense llevó a Carlos Mejía Godoy al santuario de la fama mundial. A ello contribuyeron episodios a los que ahora se refiere como anécdotas, pero que fueron determinantes en la consolidación de su éxito. Uno de ellos fue el hecho de que Elsa Baeza grabara una versión del Cristo de Palacagüina , y que tuvo que colarse por los vericuetos de la agonizante censura en España para convertirse en todo un fenómenos social y musical. Según Mejía Godoy, Cristo había nacido en Palacagüina, donde su madre se dedicaba al cuidado de las ropas lujosas de la esposa de un terrateniente. La revolución que provocó el enlace de la religiosidad popular con el sufrimiento de los campesinos empobrecidos de Centroamérica hizo que las composiciones de Mejía Godoy fueran traducidas al francés, al italiano, y hasta al sueco y el finlandés, y la Misa Campesina convertida en un auténtico icono de la lucha popular nicaragüense, en una época en la que los ojos del mundo estaban puestos sobre la ignominia de los abusos en el istmo americano.

Carlos Mejía Godoy decidió entonces vivir en España, avalado por el éxito y por un hecho concreto que lo convirtió en un líder popular: «Fuimos a un programa de televisión: Esta noche fiesta que presentaba José María Íñigo. Al día siguiente, toda España ya nos conocía. Empezamos a recorrerla y nos nutrimos del inmenso bagaje de cada rincón de España. Música poesía, teatro, danza, títeres… todo nos aportaba para seguir armando nuestros espectáculos».

Y fue entonces cuando surgió la Revolución. «Me tocó convertirme en una especie de embajador itinerante. Como vocero y propagador de una revolución que venía en camino. A pesar de todas las presiones de las discográficas, decidí venirme para ocupar las tareas más sencillas. No vine a ocupar un puesto como ministro, sino a ofrecerme como un modesto guardia fronterizo, si hacía falta… ¿Cómo no iba a dar una modesta cuota de mi carrera artística por el pueblo que me la había dado?».

Desde entonces, Carlos Mejía Godoy vive en Nicaragua, su Nicaragua, Nicaragüita. Cada jueves por la noche, su casa en Managua se abre al público para que los llegados de todo el mundo sigan viviendo la emoción de visitar a través de la música los valles y las quebradas de un país rural, que parece haberse detenido en su evolución hace cuarenta años, cuando los campesinos decidieron rebelarse contra la opresión. La cultura popular se convirtió en su mejor munición, y soldados como Mejía Godoy en los mayores defensores de una verdad y una justicia que aún hoy esgrimen contra quienes siguen queriendo robar al pueblo su esencia.

LA RADIO, EL MEDIO DEL PUEBLO

Carlos Mejía Godoy cursó un par de años de periodismo y fue a Alemania a hacer un curso rápido de televisión. La pasión por la comunicación le había llevado a crear personajes para conectar con el pueblo, como Corporito que pronto empezó a ser perseguido y multado. La canción salió de la radio a la calle. «Comencé a sacar canciones que la gente reconocía como suyas… y el mayor ejemplo es el de María de los Guardias. Mi trabajo tomó entonces la dirección del fomento de la cultura popular nicaragüense, mediante refranes, retahílas…». Al mismo tiempo, reconoce el influjo de la literatura clásica española.  Cita como pilares de su formación cultural a Cervantes, Alarcón, Galdós, Tirso, Unamuno y Fernando de Rojas, y como una verdadera revelación a Alberti, a Juan Ramón Jiménez y a García Lorca: «el romancero gitano tiene la textura popular del cancionero popular de Nicaragua y de todas las partes del mundo», sentencia.

Decidió entonces crear la Brigada de salvación del canto nicaragüense. Se trataba de un equipo móvil que se nutría de todo lo que me contaban los viejitos de los pueblos: recetas, leyendas, cánticos… en los que halló el refugio que necesitaba cuando se había convertido en un personaje incómodo para el poder. «Me sentía protegido por la gente. Las amenazas contra mi persona no se podían materializar. Me llegaba toda la carga espiritual que me regalaba  la gente», describe emocionado.