El truco y el mago

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Arranca la temporada teatral en toda España. La oferta va desde lo más clásico hasta el teatro experimental, desde lo convencional a las nuevas formas narrativas. El Teatro de la Abadía de Madrid presenta Mi gran obra de David Espinosa. Atrevida, innovadora y atractiva. A falta de recursos y en plena crisis lo mejor es echarle creatividad al asunto. La gran obra soñada por este joven creador se podría encuadrar en lo que conocemos como instalación, aunque el ingenio de la propuesta la convierte en un producto que podría caber en cualquier definición.

Imaginen más de trescientos actores, todo tipo de medios (incluyendo, por ejemplo, helicópteros, autobuses y una magnífica máquina que puede generar vientos arrasadores). Ahora, imaginen una sala en la que una especie de dios hace y deshace lo que quiere para generar vida (tan efímera como ficticia, pero vida). Imaginen poder asistir a un espectáculo mágico en el que el mago se deja ver y permite que el espectador conozca todos sus trucos. Pues eso es Mi gran obra.

Por favor, piensen que eso se puede concentrar en un espacio ochenta y siete veces más pequeño de lo que ocupa en realidad. Imaginen que los actores se convierten en más de trescientas figuritas (de esas que se usan al construir maquetas de tren), que el helicóptero es de plástico (diez centímetros de largo) y mueve las aspas con el aire que suelta un pequeño secador de pelo; y que al dios creador de vidas efímeras lo cambiamos por David Espinosa que es quien ha tenido esta idea y quien dirige la obra (este hombre mide lo normal y no reduce su tamaño en ningún momento, claro).

La cosa queda algo rara, pero pueden acudir al teatro con tranquilidad porque asistirán a un espectáculo fascinante. Es lo bueno de contar con todo tipo de medios y un batallón de artistas dispuestos a cualquier cosa para triunfar. Son arrollados por trenes, se lanzan al vacío como si no fuera a pasar nada, se mueren, viajan, se desnudan, bailan… Y, además, hacen exactamente lo que el director quiere. Es, posiblemente, la primera vez en la historia que sucede algo parecido a esto y la envidia de todo director que busca la perfección en sus actores sin conseguirlo.

Podrán asistir a la representación junto a otras 19 personas. Se sentarán en unas gradas o en uno de los dos palcos colocados para la ocasión (dos espléndidas banquetas junto a la mesa escenario). Y todo dependerá de su estatura. En primera fila los más bajitos para que dejen ver a los del piso alto. Los de la grada superior dispondrán de unos binoculares como los que se usaban antes en la ópera.

Ya está todo listo para dar comienzo al espectáculo.

Ni una palabra de Espinosa a partir de ese momento. La música (sinfónica filtrada por el tamiz del pop, canciones versionadas o apabullantes, sonidos de algún parque…) es lo único que se escucha. David Espinosa va colocando a cada personaje en el lugar exacto; sus manos ponen, quitan, tiran, guardan. Va creando un sistema narrativo sugerente que arrastra al espectador a dotar de sentido lo que ve al imaginar una historia que nadie cuenta. Utiliza la sorpresa, el golpe de efecto transgresor, el movimiento y la quietud más absoluta y perturbadora.

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Van pasando, por el pequeño escenario, suicidas, novias, bailarinas, policías, exhibicionistas, toros, la cabra de la legión, el presidente de los estados Unidos de América y su esposa… Veremos sobre el tablero una vida entera; cómo la muerte acecha siempre y a todos; cómo la muerte no puede con la vida que sigue adelante; la mitad de una escena (la que queremos ver en nuestro día a día), pero la otra mitad (esa que no nos gusta) también, para valorar la dualidad en la que estamos instalados. En definitiva, Mi gran obra es la representación de un mundo entero. Además,

David Espinosa introduce con astucia elementos visuales y tecnológicos para poder contar todo lo que desea (de paso para dar un descanso a la vista de los espectadores que buscan todo tipo de detalles).

No es fácil encontrarse frente a un grupo de mariachis interpretando el tema de The Eagles Hotel California a ritmo de ranchera; frente a un astronauta que ve cómo el día cede ante la noche. No es fácil digerir que cualquiera de nosotros es ese hombre que da la espalda a la realidad; no gusta asumir que vemos sólo lo que queremos, que es mejor para nosotros y un desastre inaguantable para el que vive esa zona que no queremos hacer nuestra. Por ejemplo, un bebé sentado en el suelo mientras juega nos parece encantador aunque si le colocamos un tipo delante con una cámara de vídeo sin permiso de sus padres… Vemos sólo al bebé, a ese tipo peligroso preferimos no tener que pensarle. Mi gran obra obliga a plantear preguntas: ¿es lo mismo correr un encierro de toros que un encierro de elefantes? ¿Es igual de folclórico? ¿Torear una carretilla que lleva un obrero se diferencia mucho de hacer lo mismo con un toro? ¿Qué tiene de cutre retransmitir cómo la policía persigue a un ladrón? ¿es posible convivir con todo esto y con los reyes magos y con santa Olaus y con homófonos? ¿Le podemos sumar, además, un grupo de militares con una cruz a cuestas y guiados por una cabra vestida de uniforme? Pues este es el mundo que se nos presenta; es la representación de una realidad compartida que pensamos poco. Esta es la gran obra de un joven artista dispuesto a innovar, decidido a que pensemos y no seamos el gran rebaño que escapa de todo hasta el campo de fútbol o frente al televisor.