Ellos parecen cansados y nosotros lo estamos

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Los padres piensan que sus hijos adolescentes son perezosos, herméticos y poco considerados. Los adolescentes creen que sus viejos son lo peor de lo peor. La historia se repite, pero es siempre nueva. Porque los jóvenes son tradicionalmente inéditos, y la memoria de los adultos suele flaquear.

La edición española de la novela Gli sdraiati llega precedida de un gran éxito de crítica y lectores en Italia. Sin ser literal, la traducción al castellano del título original me parece un acierto. Teniendo en cuenta que la narración versa sobre las relaciones entre un padre y su hijo adolescente, Los cansados resulta un título burlón y muy prometedor. Magnífica también la imagen de portada del italiano Gianni Gipi, artista gráfico de indiscutible talento.

En la contracubierta de Alfaguara se trascribe un párrafo de la reseña de Pablo di Estefano en el Corriere della Sera, que compone una muy buena aproximación a la obra: “Una novela que no es una novela. Recuerda a Kurt Vonnegut (autor de El desayuno de los campeones y Un hombre sin patria, entre otras), porque en el libro se encuentran esa inmediatez casi brutal, esa inventiva desenfrenada, humor y moralidad, una narración que se mezcla con la severa crítica del mundo contemporáneo”.

Es cierto; deliberadamente alejado del esquema más característico de la novela, el autor opta por ir al grano desde el primer renglón, y prescinde de algunos recursos literarios –la ausencia casi total de diálogos sería el mejor ejemplo- quizá para evitar que el lector pierda el hilo del discurso que constituye el núcleo de la trama. Tratándose de un texto de tan solo 146 páginas, se llega al final con la sospecha de haber encajado sin rechistar la charla que el padre narrador gustosamente le habría echado a su hijo de conseguir dos presupuestos mínimos: vencer el miedo a incomodarle gravemente y aumentar así la distancia que los separa, y que el chaval accediera a desencajar de sus orejas los sempiternos auriculares durante el tiempo preciso para hilar un par de frases no monosilábicas. Mucho pedir.

Las digresiones que se intercalan en el discurso y relatan, de un lado, la Gran Guerra Final entre Viejos y Jóvenes y de otro, la hilarante progresión anímica del padre en sus intentos por conseguir que su hijo le acompañe en la excursión al Paso de Nasca, son como pequeñas treguas, oportunos paréntesis para tomar aire y aligerar el ritmo del alegato principal -ágil, en ocasiones barroco, irónico y muy tierno- sin dejar de recrear el mantra retórico que inspira toda la obra.

Sin duda lo mejor del texto es el humor. Y aunque el retrato es certero y evoca imágenes y secuencias muy familiares para quienes tenemos hijos adolescentes, no todo son calcetines sucios, platos sin fregar, sudaderas carísimas y silencios indolentes. El padre narrador arremete también contra la sociedad que le ha tocado vivir y su queja está muy hábilmente elaborada, de modo que permite entrever también las crecientes dificultades del adulto para entender el mundo que habita, como si intuyera que empieza a quedarse atrás. El final es como la vida misma y además de recuperar las verdaderas dimensiones del problema, conmueve sin trucos ni fanfarrias.

Ignoro si tiene que ver con la calidad de la traducción o es el autor quien recurre a cultismos en la versión original. Sea como fuere, chirría el uso de términos como fractuosidad, cuadrúmano, glabro, agavillando (que es gerundio), undívago, insipiencia, borceguíes y horcajo, entre otros, que no hacen sino restar credibilidad, ritmo y frescura al monólogo. En cuanto a utilizar la palabra paseata en referencia a caminata, es cuestión que renuncio a comprender.

Quizá lo único realmente nuevo de nuestro tiempo en materia de conflictos generacionales sea considerar adolescente a un tipo con los 19 años cumplidos, derecho a voto y un permiso de conducir a su nombre metido en el bolsillo. El progresivo alargamiento de la esperanza de vida y las dificultades de los jóvenes para alcanzar su independencia económica han dilatado extraordinariamente la duración de algunas etapas vitales. Recomiendo pues a quienes tengan hijos adolescentes entre los 12 y los 30 años, que sonrían con esta historia y la compartan con ellos en el calor del hogar común.