En la periferia

publico en concierto
Ser inteligente está bien visto en la sociedad actual. Da lustre a la persona y nadie pone en duda las bondades de algo así. Pero lo verdaderamente importante, lo que más se cotiza en sociedad, es ganar dinero. Ser millonario es algo envidiado aunque el poseedor de la fortuna sea más tonto que pichote al mismo tiempo. Ser brillante utilizando el pensamiento y vivir con lo puesto es una cosa muy romántica que nadie quiere para sí mismo o para los hijos. Posiblemente sea esto lo que genera que nuestras sociedades sean un paraíso para los mediocres; mediocres que miran con carita de pena a los brillantes, a los que dejan seguir a lo suyo mientras no metan las narices en sus cosas (como si fueran la mascota  o algo así) porque si lo hacen, si además de ser inteligentes, quieren ganar dinero, el peligro es absoluto y esa masa de normaduchos sabe bien cómo acabar con todo lo que ponga en riesgo su fortuna. Aquí se viene a ganar dinero como a la guerra se va a morir. El resto es accesorio y prescindible. De hecho, las familias se esfuerzan para que los hijos estudien lo que puede ser rentable; los estudios dejaron de ser una fuente de conocimiento para ser la preparación técnica en forma de inversión. Una inversión de futuro. Porque, todo hay que decirlo, muchos mediocres tienen estudios superiores (eso sí, de lo más rentables).

Pero, por supuesto, se han colocado en la periferia cosas que tienen (a causa de todo esto) una importancia menor cuando deberían ser vitales. Por ejemplo, el individuo. Sí, estamos en la periferia; usted y yo lo estamos; no crean que solo lo están los negritos del África septentrional. Eso de ser buena persona cuenta, pero menos. Es más, lo de ser persona a secas cuenta, pero menos. Lo que queremos es que, por ejemplo, los jóvenes sean competitivos. Sobre todo competitivos; jóvenes capaces de comerse el mundo sea como sea. Si prestan atención a esas conversaciones tan reiterativas que tenemos entre los padres acerca de los hijos, comprobarán que el que dice lo que quiero, lo más importante, es que mi hijo sea buena persona, lo hace tras contar que el chico ha suspendido, está desorientado y se dedica a la vida contemplativa. Eso de ser buenas personas parece quedar reservado a los poseedores de expedientes académicos flojitos. Viendo -los padres desesperados- que la fortuna está perdida, lo mejor es echar mano de esa bondad que sirve para un roto o para un descosido, para consuelo de padres y madres que evitarán reuniones en las que se repasen los futuros de niños y jóvenes.

Un muchacho que es un mamarracho, un maleducado, que dispensa un trato a los demás muy alejado a lo que entendemos por cortés; puede ser perdonado si su expediente académico es extraordinario. Va a ser rentable, no va a tener escrúpulos, si no es brillante en el trabajo será igual porque un expediente académico lo protege. Y es que, actualmente, existe una tendencia casi ridícula a confundir expediente académico con cultura. Ser inteligente no requiere ser culto. Ser culto requiere una inteligencia activa (mayor o menor, pero activa). Y, lo que es peor, se suele confundir un notable o un sobresaliente en química molecular con una cultura aplastante. Gran error. Podría coincidir que el sujeto que obtiene una alta calificación en estadística fuera culto. Claro que sí. Pero muchos de esos individuos (la cosa está como está y seguirá así mientras no pongamos remedio) no han leído un libro en los últimos años salvo los de texto, no han pisado un teatro en su vida, la ópera les parece una cosa de dibujos animados y podrían afirmar que Vivaldi es el portero de la selección de fútbol italiana. Les parece que exagero ¿no? Pues comiencen a fijarse en lo que tienen alrededor. Cuando en un país como el nuestro el tiempo de escuchar música clásica se reduce al trayecto del ascensor entre la planta 12 a la 52 (allí espera una estupenda oficina), malo.

Por no ponerme trágico, reconoceré que algunos intentan dar lustre a su cultura leyendo algún librito de vez en cuando, yendo al cine una vez al trimestre y al teatro una al año. Pero, por regla general, se observa instalada en la sociedad una desidia respecto a la cultura peligrosa y grotesca. Dinero, lo que luce es el dinero.

Si todo esto es inquietante, que lo es, podemos encontrar la zona cómica del asunto. Cómica e irritante al mismo tiempo, pero que vista con distancia es tan ridícula que causa carcajadas.

Existe una nueva tribu urbana de lo más pintoresca. Son los consumidores de cultura. Siempre visten de forma elegante, son simpáticos, amables. Llegan a los espectáculos luciendo una sonrisa maravillosa, se saludan entre ellos (por supuesto, los demás no existen) y asisten a un concierto de música clásica, a una ópera, a la presentación de un libro o lo que toque, eso sí, como lo que son; como consumidores que lo hacen para ser vistos y estar integrados, gracias a eso, en un círculo de catetos selectos. Eso de vivir la cultura con verdadero interés, con entusiasmo, con la pasión necesaria; eso, no saben ni lo que es. Se les puede reconocer sin problemas. ¿Quién aplaude entre movimientos de un concierto sin tenerlo que hacer? Ellos. ¿Quién envía mensajes a través del móvil en plena representación de La Bohème? ¿Quién se pasa charlando, abriendo paquetes de chicles o caramelos, o mirando a las musarañas mientras no deja de moverse en su asiento? Exacto, los consumidores de cultura; los guapos consumidores de cultura. Son capaces de levantarse sin esperar a que saluden el director y los músicos (ya puede ser Daniel Barenboim) para salir corriendo a tomar posiciones en la zona en que ofrece un aperitivo la organización. Son capaces de cualquier cosa mientras sean vistos en el lugar que toca. Ahora bien, sería estúpido negar que, gracias a esta tribu, algunas formas de arte pueden mantenerse a flote. Eso es, también, cierto. Al fin y al cabo, como ya he dicho, el dinero lo mueve todo. Desgraciadamente, es motor universal.

Estarán pensando que hay tribus peores. Es posible. Por ejemplo, en el cine podemos encontrar a personas hablando por teléfono en mitad de la sala (no es broma) o padres llamando a los niños a gritos. Pero no son peores. Son iguales. La gran diferencia es el precio de la ropa, del peinado y cosas parecidas. En el fondo un inculto es lo que es y alguien que desprecia la cultura es lo que es.

Y, mientras, los que quieren saber, los que piensan que la cultura es fundamental en el desarrollo del ser humano; quizás algunos que no acumulan sobresalientes, pero son capaces de emocionarse con el flamenco; aguantan marea. Dirán ustedes que en este grupo está casi todo el mundo. Y yo lamento decir que no, no y no (me sabrán perdonar este momento san Pedro). Eso quisiéramos. De momento estamos entregados al dinero. Lo sabemos todos por más que nos pongamos estupendos.