Enseñando a vivir

1949_a_letter_to_three_wives_us01Una de las profesiones retratadas con mayor acierto y delicadeza por el cine es la enseñanza. Productores, directores, guionistas, actores y espectadores compartimos la experiencia de haber sido educados por profesores que nos han ayudado, con mayor o menor fortuna, a construirnos como personas. Por eso, las películas se han fijado en estos interesantes personajes.
En Carta a tres esposas (A letter to three wives, Joseph L. Mankiewicz, 1949), una de las tres protagonistas, Rita Phipps (Anne Sothern) es una guionista de radio, mejor retribuida que su marido George (Kirk Douglas), maestro de escuela. Sin que él lo sepa, Rita pretende que su jefa le contrate a él para una vacante de editor. Cuando George lo descubre, se enfrentan en una discusión y al preguntarle ella por qué no abandona un trabajo que tantos otros han dejado debido a sus duras condiciones, él le responde: “¿Qué pasaría si todos desistiéramos? ¿Quién enseñaría a los niños? ¿Quién abriría sus mentes y corazones a la gloria del espíritu humano pasado y presente?”. Pronunciado con la vehemencia característica de Douglas, este emocionante discurso condensa la importancia y la dignidad de la profesión.
Al igual que la película anterior, Tierras de penumbra (Shadowlands, Richard Attemborough, 1993), trata la enseñanza de manera tangencial. En ella, Anthony Hopkins dio vida al reconocido escritor y profesor de Oxford, C.S Lewis. Si bien este drama se centra en la historia de amor y pérdida entre el autor y su mujer, la poetisa Joy Gresham (Debra Winger), en las escenas que recrean las tutorías de C.S. Lewis con sus alumnos, podemos disfrutar del nivel académico excepcional que puede llegar a producirse en la famosa universidad británica.
Ha habido otros extraordinarios largometrajes que, más allá de presentar a personajes fascinantes que resultan ser profesores, han centrado su temática principal en la relación entre el maestro y sus alumnos.
A Anne Sullivan, interpretada por Anne Bancroft en El milagro de Ana Sullivan (The miracle worker, Arthur Penn, 1962), le encargan la casi imposible tarea de formar a Hellen Keller (Patty Duke), una niña que, debido a una suma de discapacidades (ceguera y sordera) y a una educación deficiente por unos padres consentidores, se relaciona con el mundo como si fuera un animalillo tiránico y sin posibilidad de comunicación. La instructora, dotada de una áspera tenacidad y de una profunda convicción en sus métodos, basados en la exigencia y la disciplina, supera las reticencias de los progenitores y va lentamente encauzando a la pequeña. El espectador vive una montaña rusa de emociones hasta la impactante escena cumbre en que Hellen alcanza a comprender el significado de la palabra agua. Anne Bancroft ganó el Oscar de 1963 pese a que se enfrentaba a adversarias como Katherine Hepburn,  Geraldine Page y Bette Davis.
Richard Dadier (Glenn Ford) es el profesor de lengua novato que en Semilla de maldad (Blackboard Jungle, Richard Brooks, 1955) se empeña en que los alumnos del instituto de un barrio marginal norteamericano aprendan a desarrollar un pensamiento propio, para no sucumbir a su destino más probable, la delincuencia o una muerte prematura a causa de las luchas callejeras. El resto del profesorado está convencido de la imposibilidad de enseñar a quienes no quieren ser educados y por ello, el genial secundario Louis Calhern, que representa al más maduro y cínico del claustro, les dedica, entre otras lindezas, el comentario: “No saben multiplicar. Sólo saben multiplicarse a sí mismos”.
Dadier persiste en encontrar la manera de llegar a sus discípulos, pero la tarea casi acaba con él pues es víctima de insultos, acoso e incluso de una paliza a manos de una de las bandas. El más inteligente y rebelde de la clase, Miller, interpretado por Sidney Poitier, utiliza su capacidad innata de liderazgo para hacer la vida imposible al profesor, hasta que va tomando conciencia del compromiso del mismo con sus alumnos. Gracias a ello y a que tiene verdadera vocación (“Pensé que si podía ayudar a mentes jóvenes, a esculpir vidas, a través de la enseñanza sería creativo”), Glenn Ford persevera.
Con esa curiosa simetría que a veces nos ofrece la historia del cine, fue precisamente Sidney Poitier  quien dio vida años después a Mark Thackeray, otro profesor novato que vive unas circunstancias muy similares a las de Dadier, si bien el instituto estaba situado esta vez en los suburbios de Londres. Se trata de una emocionante película, Rebelión en las aulas (To Sir, with love, James Clavell, 1967), a lo largo de cuya trama, Poitier va inculcando en sus alumnos el respeto como mínimo de convivencia necesario, que Glenn Ford había logrado sembrar en él 12 años antes.
Muchos sueñan con tener un profesor como Robin Williams en El club de los poetas muertos (Dead poets society, Peter Weir, 1989). En un rígido y elitista colegio privado de Nueva Inglaterra ilusiona a sus alumnos por la poesía y les anima a aprovechar intensamente cada momento. “¡Carpe diem!”.
Los dramas expuestos ensalzan las virtudes de profesores casi heroicos. Pero el cine ha reflejado de manera también muy aguda la posibilidad de fracaso, la soledad del maestro ante la indiferencia o desdén de sus alumnos, la mediocridad del que es incapaz de dotar a sus clases de interés…
Así, recordemos La versión Browning (The Browning version, Anthony Asquith 1951), maravillosa película en la que Michael Redgrave encarna a un amargado docente de lenguas muertas de un colegio interno inglés, en un momento trágico de su vida. Le fuerzan a retirarse prematuramente, con lo que va a pasar a una situación económica complicada. Pese a ser un erudito en su especialidad, su rigidez y su incapacidad para conectar y transmitir, han provocado el desprecio o antipatía de estudiantes y compañeros. A esto se suma una deteriorada relación con su mujer, que le aborrece y le engaña sin demasiado disimulo con otro profesor. Sin embargo, entre tanto dolor, hay dos motivos de consuelo. Por una parte, un estudiante sensible le visita para despedirse de él y le regala la traducción de Agamenón realizada por Robert Browning, con una dedicatoria en la que valora su gentileza. Por otra, el amante de su mujer, toma conciencia de su traición, le proporciona buen consejo y le ofrece su amistad.
Esta combinación de sufrimiento y aliento provocan una catarsis en el protagonista, quien, durante la ceremonia de despedida, de forma espontánea, pide perdón por haber fracasado al no dar a sus alumnos lo que tenían derecho a exigirle, comprensión, estímulo y humanidad, y por haber degradado la que declara la más noble vocación que puede haber. El guión del dramaturgo Terence Rattigan, que adaptó su propia obra teatral, es cautivador pero la interpretación llena de matices de Redgrave lo eleva a la categoría de deslumbrante. 
Definitivamente, la relación entre cine y enseñanza ha sido fructífera. El cinematógrafo ha sabido reflejar cómo el objetivo de la docencia trasciende lo académico para proporcionarnos valores y herramientas que nos ayuden a afrontar la vida como individuos y en sociedad. Por su parte, las películas nos estimulan, nos hacen pensar y nos ayudan a conocer la naturaleza humana. Igual que un buen profesor.