Amando de Miguel

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Madrid. Doce de febrero. Café Gijón.La ciudad es inmensa. Hay cientos de lugares en los que se puede charlar de cientos, de miles, de asuntos. Pero, seguramente, el Café Gijón sea el único en el que el sabor de cada palabra se tiña del color de la cultura. De literatura, de lenguaje exquisito, de tradiciones intelectuales.
Doce más treinta. Amando de Miguel llega a su hora. Le espero con quince minutos de impuntualidad. Pedimos un vaso de leche caliente (él) y un café cortado descafeinado (yo). Uno de los camareros es escritor. Sólo en un sitio como este pueden pasar estas cosas. ¿Habrá lugares con tanta solera intelectual? La charla comienza sosegada. Nunca hay prisas para hablar de lo importante.
«El lenguaje sirve, entre otras cosas, para que no pensemos mucho. Si tuviéramos que pararnos a pensar en cada cosa cargaríamos con un trabajo muy pesado. Por eso construimos frases que quedan hechas aunque eso no es un problema; no nos adormece. Al contrario nos obliga a buscar en los archivos que tenemos guardados en algún lugar». Amando de Miguel va construyendo cada frase con el gusto de un buen conversador, mirando de frente para intentar saber si las cosas se van colocando donde tocan.
Estamos de acuerdo, Amando. Pero el problema es que desconocemos la herramienta que llamamos lenguaje. Y eso nos lleva a tener confusiones graves. Unas divertidas y otras no tanto. Le robo unos segundos de protagonismo en la entrevista para ser yo el que cuente algo que ha ocurrido hace unos días y que me parece revelador. Dos niñas de siete años sentadas a la mesa. Las madres hablan de sus partos, de cómo fueron. Escucho a una de esas crías. Le dice a la otra que una madre puede morir en una operación; que se lo han contado. La otra contesta que sí, que es posible morir sumando o restando.
«Claro, Gabriel, la polisemia es fundamental. Las palabras no sólo significan una cosa y eso, como en el caso de estas niñas pequeñas e inocentes, nos lleva al campo del humor. No lo habría sin esos múltiples significados de las palabras o sin las palabras tabú. La polisemia convierte el lenguaje en algo inmensamente rico. La misma palabra sirve para insultar, para ser expresivo o para hacer una gracia. Incluso la falta de una palabra significa algo. Mira, nuestro idioma es potentísimo, muy rico. Ten en cuenta que eso podemos medirlo sabiendo el número de personas que lo aprenden sin tenerlo como lengua materna. El castellano está en segundo lugar con respecto a los idiomas del mundo entero. Por eso lo aprenden otros, porque es rico. Otra cosa es que estemos empeñados en desmejorarlo, por ejemplo, al incluir palabras inglesas en cada frase y de cualquier forma. Un anglicismo no es malo. Esto que digo lo es y, además, resulta ridículo».
Una tormenta importante descarga sobre Madrid. Llueve y la temperatura debe ser baja en la calle.
Quiero saber lo que opina Amando de Miguel sobre la educación de los niños y jóvenes españoles, sobre si les permitirá mantener nuestro idioma en el lugar que corresponde.
«Soy partidario del modelo inglés, modelo del que está alejándose el español desde hace muchos años. La formación humanística es para todos igual y sin excepción. Logran tener un concepto global del mundo. El latín y el griego, tan abandonados, son fundamentales para hacer un buen uso del lenguaje. Si no somos capaces de encontrar el origen de las palabras corremos el riesgo de vaciarlas de sentido. Mira qué palabra tan usada y tan desconocida al mismo tiempo. Cama. En castellano podríamos decir lecho, pero decimos cama. ¿Por qué? Por la vinculación de la palabra con el amor. Viene de sanscrito (¿recuerdas el kama sutra?). El castellano lo recibe y el hablante la elige como por una razón concreta que no debemos ni podemos olvidar».
No miramos el reloj. La charla es más que agradable. Hablamos sobre la importancia de Internet, sobre sus peligros, sobre su inmensidad, sobre si todo vale en la red y cómo puede afectar a nuestro idioma una herramienta tan poderosa.
«En Internet todo es cuestión de disciplina. Yo no admito en mi página de Facebook, por ejemplo, emoticonos. Eso es algo que nos acerca al jeroglífico. Si hemos conseguido que con veintitantas letras mezcladas  podamos emitir cualquier sonido posible, estamos obligados a buscar posibilidades para decir lo que necesitemos. Eso incluye Internet. Supongo que pasó lo mismo con la imprenta. Y ese sí que fue un invento portentoso. Lo que hay que hacer es razonar. Ese es el secreto.  Si ahora comenzásemos a hablar de la fama, la tendencia sería la de vincularla con el famoseo, con los famosillos. Sin embargo, la fama se sostiene en lo perenne y lo otro es efímero. Nada tienen que ver. La red es un lugar estupendo para difundir estas cosas, para que las personas piensen sobre ellas para que digan lo que quieren y lo hagan bien. El lenguaje es la gran herramienta del ser humano y es, encima, gratis. Hay que cuidar de algo así y enseñar su correcto uso. Todos deberíamos saber que, en el caso del castellano, las puertas del mundo entero las tenemos abiertas porque es un idioma muy extendido. Hay que cuidar de ese tesoro».
Parece que la tormenta pasa de largo. Comienzan a separarse las nubes. Perezosas. Parece que ya han dicho todo lo que tenían que decir. No puedo despedir a Amando de Miguel sin preguntarle sobre el discurso político, eso que él llama politiqués.
«Es muy pobre. Y la vida pública se ha debilitado por la pobreza del lenguaje. Antes, los políticos eran excelentes oradores, todos escritores y algunos hacían las dos cosas muy, muy, bien. Estaba feo leer un discurso y eran extraordinarios muchos de ellos. Hoy, en fin, no hay más que echar un vistazo para saber que eso ya no es así. No se explica que los procesos de selección estén tan instalados en cualquier empresa excepto en la política. Y, si lo piensas, un mecanismo maravilloso para hacer esa selección podría ser el uso del lenguaje. La política es un coladero de mediocridad. Lo que si dominan -eso hay que reconocerlo- es el arte de no decir nada para no comprometerse a nada. El eufemismo es el gran arma del político».
El tiempo nos da, todavía, para hablar de nuestras novelas, de cómo enfrentamos algún problema narrativo, de cómo salvamos los problemas con algún recurso. Pero eso es harina de otro costal.
Esperan a Amando de Miguel para realizar otra entrevista. Micrófonos, cámaras. Dejamos nuestros vasos vacíos sobre la mesa. En Madrid luce el sol.