José María Merino

Jose-Maria-Merino--en-una-fotografia-de-archivo--Los escritores jóvenes, siempre, quieren parecerse a otros más veteranos; a los que, por alguna razón, admiran. Yo que he sido joven (aunque a estas alturas me parezca mentira) quise parecerme a algunos de ellos. A Faulkner por su dominio absoluto del lenguaje, a Vargas Llosa por su capacidad para desarrollar una novela total y a José María Merino por su capacidad de fabulación, por su intuición al escribir, por saber agarrar lo cotidiano y convertirlo en ficción. Prologó la segunda de mis novelas y eso me produjo gran satisfacción; una alegría parecida a la que sentí cuando supe que el 27 de marzo de 2008 ingresaría en la Real Academia Española para ocupar la silla m.
José María Merino me recibe en su casa. Me sigue pareciendo el mismo hombre cercano, sencillo, amable y sabio, que conocí hace años. Llega una gatita joven que se estira arqueando el lomo y escapa cuando alargo el brazo para acariciarle. Ya sentados, mientras nos preguntamos sobre cómo nos van las cosas al uno y al otro, me fijo en el precioso reloj de pared que tengo a mi derecha. El péndulo es enorme. Sirve de metrónomo para la conversación que comienza sobre escritura, cultura, lo divino y lo humano.
Me intereso por su trabajo en la Real Academia Española. Antes de contestar, me parece ver que el académico cruza las piernas y arquea ligeramente la espalda. Tal vez quiera escapar de lo solemne, arrimarse a un discurso claro y asequible.
«En la Real Academia Española se hace lo mismo hoy que hace trescientos años. Los académicos trabajamos con las palabras, con el diccionario. Aunque, lamentablemente, en la actualidad tengamos que hablar, más tiempo de lo deseado, del bajo presupuesto con el que contamos y de cómo poder realizar un trabajo tan necesario para la sociedad española. Ya hemos finalizado con la 23ª edición del diccionario y estamos haciendo lo que podríamos llamar un viaje sobre él, a través de las palabras que contiene. Encontramos palabras viejas que se quedaron allí sin mucho sentido, acepciones que habría que modificar o comunicar con otras. Existen muchas palabras que, pasados veinte años, dejan de significar lo mismo, que cargan con matices que las modifican. Tienen otros referentes y conviene estar pendiente de ello. Si pensamos en la palabra patriarca, podemos percibir que, ahora, tiene algunas connotaciones negativas cuando antes no era así. Todo esto hay que vigilarlo».
Me quejo de la distancia que parece separar la RAE de la sociedad. José María contesta con ímpetu.
«Nada más lejos de la realidad. Cada día se presentan palabras (lo que nosotros llamamos papeletas); discutimos sobre sus significados, sobre la conveniencia de tomarlas en consideración e incluirlas en el diccionario. Pero necesitamos tiempo. Las palabras pueden fijarse en el idioma. O no. Todo ocurre muy rápido y no podemos decidir sin la garantía de estar acertando. Procuramos hacer las cosas con cierta calma y, sobre todo, bien. Para ello contamos con un departamento lexicográfico de primera categoría, con todos los diccionarios del mundo y con equipos informáticos que nos ayudan en la labor diaria».
Así que tenéis de todo salvo dinero, afirmo al tiempo que él enarca las cejas y dibuja un gesto entre el asentimiento y la resignación. Continúa hablando cuidando la dicción. Cada palabra parece un manjar saboreado con gusto.
«Durante los años setenta y ochenta, cuando trabajaba para la UNESCO, conocí a muchos franceses puesto que eran los que organizaban la sección en la que yo estaba. Me preguntaban, a menudo, por qué los españoles no nos dedicábamos a vivir de nuestro idioma, por qué algo tan inmensamente rico no era explotado más y mejor. Ellos lo vieron claro hace muchos años. Nosotros seguimos maltratando nuestro castellano sin despeinarnos. Y lo hacemos sin tener en cuenta que, por ejemplo, el castellano se ha establecido como bisagra entre los mercados de oriente y los sudamericanos y español. Nunca hemos querido ver nuestro patrimonio cultural, en concreto el idioma, como un motor de progreso. ¿Qué país queremos? Por lo que parece lo que buscamos es un país lleno de personas ignorantes que esperan que otros vengan a disfrutar de lo que tenemos. ¿Cómo es posible que nadie parezca estar preocupado al comprobar cómo los jóvenes tratan de reducir el código lingüístico manejando las nuevas tecnologías? Decir lo mismo con menos caracteres, con menos palabras, hace que parte del lenguaje desaparezca y eso nos deja indefensos. El idioma no es una máscara o un disfraz; es un patrimonio sólido, universal, de todos. Y el desconocimiento del lenguaje en España, lamentablemente, es propio de un pueblo atrasado, primitivo. Es por ello por lo que sorprende mucho alguna actitud nacionalista que trata de impedir el aprendizaje del castellano. Eso cercenaría, por completo, las posibilidades de desarrollo del individuo. El castellano es la suerte que tenemos. Eso nos hace ricos y, por el contrario, nos empobrece la reducción del código lingüístico».
El discurso de José María Merino se va construyendo con coherencia. Parece saber el mundo de memoria. Al fin y al cabo, es eso y no otra cosa, lo que hacemos los escritores; pasar el mundo a limpio, en cada frase, en cada novela o en cada poema. El péndulo, en sus idas y venidas, sigue marcando la cadencia de las palabras. Como una hoz durante la siega.
«Escribir es ordenar el mundo; explicar al ser humano moviéndose en la realidad; saber cómo somos. Interpretamos el mundo gracias al desarrollo de nuestro pensamiento simbólico. Somos supervivientes de algo que sacó al hombre de las cavernas y que nos permitió crear un mundo de ficción para explicar lo que nos sucede. El hombre no entendía lo que era el viento y creó un cuento para explicarlo. Es una pena que estemos viviendo una crisis tan profunda de ese pensamiento simbólico porque todo es eso, símbolo. Entendemos el mundo gracias a la imaginación y el poco sentido que encontramos en todo esto de la existencia viene de ese territorio. No hay que olvidar que la realidad no necesita ser verosímil. Eso lo conseguimos los escritores a través de la ficción. Por tanto, despreciar esa capacidad tan humana es despreciar nuestra propia condición, nuestro mundo».
Le planteo un asunto que preocupa en el mundo editorial y que está revolucionando el mundo de la literatura. El gran número de títulos que se publican y la baja calidad de los mismos; la posibilidad de querer parecer un escritor sin serlo.
«No debemos aceptar que se escriba mucho y mal. Gabriel, ya sabes que me considero hijo del Renacimiento, de un Renacimiento que surge porque la gente vuelve la mirada buscando a los clásicos, tratando de alimentarse de ellos para construir un mundo estético, un mundo ordenado desde la moral. Hoy, eso, se desprecia. Si alguien piensa que puede ser escritor sin haber leído a los autores del siglo XIX, a los grandes del XX o a los griegos, por ejemplo, está muy equivocado».
Tal vez lo que está fallando es el canon, que no sé si es bueno o malo, pero que, sin duda, podría ser útil para formar el criterio del lector que podría ser el de un futuro escritor. No podemos dar la espalda a la gran literatura.
Charlamos sobre ese canon, sobre lo escandaloso que nos resulta que alguien que dice ser escritor reconozca no haber leído a Chéjov, a Thomas Mann o a Cervantes.
«Alguien me dijo que no pensaba leer El Quijote porque no le aportaría nada. Lo que no sabía esa persona es que esa es la obra en la que aparece la voz más moderna de la literatura; una voz jamás superada. Ni parecía saber que en El Quijote encontramos la pareja arquetípica; los sueños y la lucha del hombre por conseguirlos; la contraposición entre lo fantástico y lo real. Todo, en El Quijote está todo. Es incomprensible que alguien que desea dedicarse a la literatura no sepa apreciar algo tan evidente y tan importante».
Bromeo mencionando la muerte de la novela, una defunción anunciada muchas veces y que no termina de llegar.
«Desde luego, está frente a la catacumba. Eso no ofrece dudas. Por un lado, los postmodernos han decidido que lo bueno es no contar nada y, por otro, los que procuran contar cosas son autores de mediocres best sellers. Por otro, me temo que alguien ha querido convertir la literatura en dinero fácil, en una especie de pelotazo. Y la literatura tiene su propio ritmo. El boca en boca, el tiempo que pasa el libro en la librería, etc. Hace treinta años, muchos de los libros que han triunfado actualmente no hubieran sido publicados. Sin embargo, no sólo se publican sino que, además, se promocionan de forma abrumadora. Es alarmante porque el lector podría pensar que eso es lo bueno sin serlo. Alguien que está formando su criterio necesita acceder a las obras de calidad. No podemos cubrir la lectura con la falta de imaginación y de calidad. Si no remediamos estos problemas la literatura estará en serio peligro».
¿Qué podemos hacer? ¿Qué soluciones tenemos a mano?
«Escribir, escribir cosas importantes para hacer de la literatura algo más grande con cada frase o cada verso. Sin pensar en dinero o fama. Si yo, después de lo que he luchado con cada novela, comprobase que se fuera desvaneciendo sin remedio, no tendría grandes problemas. Lo paso tan bien escribiendo que todo lo demás pasa a ser irrelevante. Hay que escribir y hacerlo bien. Para entendernos como seres humanos. Hay que imaginar para poder hacer ficción. Es la única solución. De otro modo aceptaríamos ser más ignorantes cada año que pasa».
Coincide el final de la entrevista con unas elegantes campanadas. El reloj ha ordenado de principio a fin el encuentro. José María me despide en la puerta mientras la gatita se acerca, estirándose. Esta vez sin huir al acariciarla.