Entrevista a Luis Mateo Díez

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Primavera. Parece que sobre Madrid descarga una nevada improbable. Sin embargo, los copos de polen parecer bailar, sin ton ni son, al ritmo de una brisa distraída, negándose a tocar el suelo. Los que terminan posándose en el suelo vuelven a elevarse cuando sienten otra brisa nerviosa y ruidosa: la que provocan los vehículos que van y vienen sobre el asfalto. La luz del sol ayuda a que la estampa se tiña de un encanto que parece imposible en una ciudad como Madrid; una ciudad castigada por la contaminación, un ruido que se hace insoportable en algunos lugares y una suciedad que ya comienza a ser parte fundamental del decorado. Madrid enseña una belleza propia de postal antigua.

Luis Mateo Díez me recibe en su domicilio. No coincidíamos desde hacía algún tiempo.

Aprovechamos para preguntarnos sobre la familia, sobre nuestras obras en marcha, sobre el futuro más inmediato. Sobre esas cosas que nunca aparecen en las entrevistas ya escritas.

El salón es luminoso. Sobre la mesa, los libros que está leyendo. Algo de Pérez Galdós, novela negra norteamericana, la nueva edición comentada de una de sus novelas.Mientras miro los ejemplares, le muestro mi preocupación respecto al mundo editorial.

«Vivimos en una sociedad bastante degradada en muchos aspectos. En el caso de la literatura, la degradación llega desde el descrédito de la ficción como fuente de conocimiento humano. Y este es un problema que llega desde un mundo editorial comercializado en exceso, que ha olvidado al lector que se nutre del libro y se ha acercado a un cliente que compra, pero no lee. Ya dije en su momento que vivimos en un mundo en el que escriben novelas quienes no son novelistas para lectores que no leen. Por tanto, hay que fabricar un producto que sirva para leer o para adornar. Para un editor es estupendo captar este tipo de cliente. Los lectores son pocos y estos otros son millones. Por su parte, hay novelistas que se pliegan a estas exigencias del mercado alejándose de lo que la literatura siempre demandó. Dado que vivimos en un mundo con excesos de bienes que forman parte de una enorme revolución tecnológica, pero que, sin embargo, no han contribuido siendo bienes proporcionadores de conocimiento, de cultura o refinamiento de la sensibilidad, ese mundo está empobrecido de forma alarmante. Vale lo que se vende. De ahí vienen las renuncias editoriales. Afortunadamente, quedan editores que aguantan, algunos proyectos independientes que hacen equilibrios sobre la cuerda floja para sobrevivir y escritores fieles a su reto literario, a su condición. Pero, claro, el lector, el que sí compra libros para leer, es riguroso y no se lleva de la librería cualquier cosa. El gran problema es que el lector se pierde puesto que no se le alimenta y, como resultado, los índices de lecturas son pésimos. Es una pena que todo esté rodeado de precariedad».

¿Me estás diciendo que el lector no busca entretenimiento, que eso queda en otro nivel?

«La gran literatura no entretiene, la gran literatura apasiona. La ficción involucra grados de conocimiento y grados de experiencia en nuestra vida que se va formando al conocer a los personajes de ficción. Los puntos de conocimiento al límite se producen en el mundo de la ficción. Se conoce a Ana Karenina o a Holden Caulfield, a cualquiera de los grandes personajes de la historia de la literatura y nutren tu experiencia como lector dando coherencia a la realidad. El sentido de la vida de un individuo da complejidad a lo que eres. Y eso procede, en parte, de lo que te ha legado la imaginación, lo que te llegó de la gran literatura».

Me temo que esto tiene que ver con la escuela, con la preparación tan desastrosa de nuestros jóvenes y la que hemos recibido durante los últimos años. Demasiados años, creo yo, le digo. Si a eso le añades que, hoy, lo importante es ser ingeniero o físico o arquitecto y que estudiar Ciencias Políticas o Filosofía parece una especie de herejía, nos encontramos en una encrucijada absurda.

«Sí, hemos padecido en este país, de una forma persistente y casi malévola, el querer ir eliminando del sistema educativo las humanidades. Esto no lo puede entender nadie.Hubo un momento, que la explosión tecnológica (informática) se vio como un fascinante medio de progreso. No cabe duda que lo era y lo es. Pero se dijo que era una ciencia cuando, en realidad, era una técnica que necesitaba contenidos. En las sociedades más avanzadas dijeron que se necesitaban físicos, químicos, ingenieros, informáticos y que no podían faltar los filósofos o teólogos. Necesitamos gente que piense en todas las áreas posibles. El pensamiento no puede faltar. En España, algún ministro llegó a pensar (mal) que el progreso estaba relacionado con la asimilación científica pura y el abandono del humanismo. Y se generó un desequilibrio que arrastramos hace demasiado tiempo. Fue tomado como ejemplo eso de decir que éramos una sociedad que heredaba una formación humanística exagerada y poco científica. Y era verdad, pero era necesario equilibrar y no crear una descompensación hacia el lado contrario que, a la postre, es lo que se ha conseguido.No alcanzo a entender  por qué se ha dado la espalda al latín y al griego, por ejemplo. Las lenguas clásicas, más allá de la discusión y el interés por tener claros los orígenes de la procedencia de la lengua, de tener una sabiduría sobre la recepción de una herencia verbal, son grandes ejercicios mentales. Con el latín y el griego se ejercita extraordinariamente la inteligencia. Es incomprensible el rechazo que existe hacia estas áreas de conocimiento».

Pues esto es lo que hay en las escuelas y universidades españolas, querido. Me hablabas de la herencia verbal, de nuestro idioma. ¿Lo maltratamos también?

«El elemento crucial del poder personal que todos tenemos, de la propiedad que teóricamente deberíamos tener, es la palabra. La palabra en cuanto es la herramienta que utilizamos para comunicarnos. Ya no hablo de la palabra narrativa, artística o lírica. Es el bien mayor que tenemos. Si ese bien está depreciado o es pobre, es el indicativo de nuestra pobreza y de nuestra precaria identidad. El que es dueño de la palabras y de la capacidad de expresarse, de decir lo que quiere, de poder exigirlo y de comunicarse con los demás en un nivel suficiente o rico, tiene unos poderes que son elemento sustancial para dejar de ser pobre. Se podrá ser pobre, indigente, se podrá tener un destino adverso, pero la mayor pobreza de este mundo reside en la incapacidad de comunicarnos, de expresarnos y ser dueños de ese bien. Lo lamentable es que vivimos en un mundo que contribuye mucho a que esto ocurra. No aporta suficientes alicientes sino que merma. La propia expansión de todo lo que se relaciona con los bienes de la imagen y los instrumentos con los que uno encuentra diversión suelen ser instrumentos de soledad, que aumentan la limitación de estar solos y de resarcirnos de nuestra soledad. Es un elemento que retrae mucho la comunicación. La propiedad de las palabras se relaciona con el uso que haces de ellas al comunicarte con los demás. Vivimos en un mundo que está en el extremo de la comunicación y en el extremo de la soledad».

Y por si fuera poco, nos dedicamos a destrozar palabras en los mensajes que nos enviamos con tanta naturalidad. Nos decimos cosas y, de paso, hacemos añicos las palabras, le digo.

«Hay variadas teorías y muchos de los lingüistas más expertos dicen que estos son modos de lenguas y que como vía de comunicación no representan un peligro extraordinario. Pero, claro, siempre que seamos dueños de lo otro, del lenguaje en toda su extensión, en plenitud. Si sueltas lo fundamental por el camino es cuando aparece un gran problema, no hay futuro. Si el aprendizaje se produce en el ámbito de esa comunicación sincopada, rígida y llena de pérdidas que representa lo que se dice en el móvil, la pobreza es absoluta. Pero todo esto puede que sea una técnica de medio pelo y recorrido corto. Tal vez, en breve, nos comuniquemos mentalmente llevando un aparato en la frente. Y será cuando no podamos quitar una sola letra a las palabras. Tal vez sea así».

Y con una antena en la cabeza ¿los académicos podréis seguir haciendo vuestro trabajo?

«La Real Academia Española es una vieja institución. Antes no existían los ordenadores y hemos conseguido que sean una herramienta extraordinaria al servicio del lenguaje que utilizamos cada día. Mira, Gabriel, la RAE no ejerce labores de policía con el uso del lenguaje; su labor y compromiso con el buen uso y decoro de la lengua se ha ido realizando alrededor del diccionario que es el elemento crucial de la lengua que está plenamente integrado con las nuevas tecnologías. Además, se ha realizado un gran trabajo de compaginación con el resto de academias de paises castellano parlantes. Ahora, ya existe una conciencia del español en su conjunto. Y eso ha sido posible gracias a los avances técnicos. Aunque, es verdad, que la RAE nunca se caracterizó por su comunicación fluida con la sociedad, la página web se está comportando de forma excelente. El número de visitas es extraordinario. Tal vez sea la forma de implicar fuertemente a los académicos y a los hablantes porque, al fin y al cabo, la RAE es el notario de la realidad verbal que el pueblo va imponiendo con sus buenos y nuevos usos. La RAE está más plantada que nunca en el tejido social gracias a las nuevas tecnologías y al contacto con las academias del resto del mundo. Todo lo que se hace está consensuado con ellas».

En Madrid siguen nevando copos de polen. Nos despedimos. Con una de las cerca de 100.000 palabras que recoge el diccionario que publicará en breve la RAE. Una sola palabra. Adiós. Hay quien lo escribe en el móvil así: A2. Pero no es lo mismo. Ni de lejos.