Manuel Rico

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Nos encontramos en la Glorieta de Bilbao. Frente al Café Comercial. Es esa hora a la que Madrid se despierta definitivamente. Siempre he pensado que esta ciudad es un enorme corazón que bombea, hacia sus calles y plazas, a hombres, mujeres y vehículos. A modo de glóbulos rojos, blancos o plaquetas. El agua de lluvia disfrazada de plasma, la brisa oxigenando todo. Es la idea que tengo en la cabeza justo antes del apretón de manos con Manuel Rico. Poeta, novelista y crítico literario. De los buenos.
Entramos en el salón del café. Excesivo bullicio. Nos invitan a ocupar la planta de arriba para poder charlar tranquilamente.
Le recuerdo a Manuel que compartimos nuestro gusto por escribir con estilográfica y con tinta verde mientras firma uno de los libros con los que me ha querido obsequiar. Fugitiva ciudad, un poemario exquisito. No exagero si afirmo que es uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos.
Nos preguntamos, uno al otro, sobre autores que ambos conocemos. Esto nos lleva a cambiar impresiones sobre el mundo editorial, acerca de lo extraño que resulta el bajísimo número de ejemplares con los que cuenta una edición en la actualidad,  sobre los problemas con los que se encuentran los nuevos escritores, sobre la preocupación de encontrar espacios en los que puedan estar todos ellos. Sobre la autoedición y sus efectos.
«Siempre hubo autoedición. Ahora es mucho más elevado el número de títulos que llegan al mercado por esta vía gracias a las nuevas tecnologías, pero siempre hubo autores que invirtieron en su propia obra. Y no es algo malo en sí mismo. Lo que no puede desaparecer, porque sería muy perjudicial, es un instrumento discernidor que proponga el canon y lo mantenga; tanto en edición digital como impresa. El editor es quien tiene esa responsabilidad. La mala calidad en la literatura no se debe a que exista una avalancha de autores y obras sino a la falta del factor editorial, un filtro imprescindible  que logre separar la obra de calidad de la que no lo es. Eso y hacer saber al lector qué es cada cosa. Si ese lector termina construyendo un criterio sólido, el espacio ocupado en las librerías por la literatura de calidad, que es cada día menor, se podrá recuperar».
Nos anclamos a la idea de ese criterio literario sólido, a cómo formarlo; y aparece la poesía como herramienta imprescindible. Poesía vieja y nueva. Pregunto a Manuel por las nuevas voces.
«Podemos elegir. Leo con gusto, por ejemplo, a Ada Salas, Julieta Valero, Guadalupe Grande o Juan Carlos Mestre. Lo mismo me sucede con poetas como Enrique Falcón, Fernando Beltrán o Jorge Riechmann. Se trata de poetas jóvenes (algunos algo menos, son de mi generación) que escriben intentando abordar los efectos de la crisis en la sociedad y con una apuesta estética innovadora».
Le planteo el problema de la poca difusión de la obra de estos escritores.
«En realidad, los poetas han sido conocidos siempre por minorías. Si hablas de Gabriel Celaya casi nadie sabe nada de él. Incluso cuando los poetas eran los grandes voceros de las reivindicaciones de la sociedad, su obra llegaba sólo a los grupos más implicados. Piensa en Miguel Hernández, por ejemplo. Y es extraño porque la poesía araña en las grandes dudas del ser humano, pero al mismo tiempo es un arte minoritario. Además, será difícil que se cruce la frontera que separa a las mayorías de esa minoría de lectores de poesía salvo que algún canal de televisión importante apueste por introducir la poesía en un programa de máxima audiencia. Es pensar en un imposible».
Desviamos la conversación hacia la labor que debe realizar una televisión pública con respecto a la cultura.
«Lo que se comprende mal es que un programa sobre libros dedique el 80% de su tiempo al best seller, al libro que se vende por sí mismo. Convendría promocionar en esos espacios a los nuevos poetas, a las pequeñas librerías, a las editoriales independientes. Potenciar eso sería potenciar el tejido cultural. Esa labor estaría más cerca de lo que se espera de una televisión pública. Un tejido cultural que, por cierto, está muy vinculado en la actualidad a Internet y, concretamente, a las redes sociales. Se produce una interactividad permanente. Eso hace que en ciudades como Madrid podamos encontrar un grupo de librerías vinculadas a proyectos editoriales independientes en las que se presentan libros con regularidad y que son un excelente caldo de cultivo para que en ellas se decanten algunos nuevos poetas. Esto me hace pensar que sería estupendo que hubiera menos bares y más librerías en las que se combinase el libro con el divertimento más propio de la hostelería. Eso estaría muy bien».
Intento un resumen. Si la poesía es cosa de minorías, si la difusión de las nuevas voces es escasa porque las apuestas también lo son, si los medios de comunicación prefieren hablar de otras cosas, cómo podemos hacer que la poesía crezca en presencia. No puedo evitar preguntar a Manuel Rico sobre la poesía de la experiencia, una poesía que ha querido ser literatura de muchos y no para un grupo determinado y exclusivo, sobre si es a la poesía lo que el best seller a la narrativa.
«La poesía de la experiencia ha trasmitido una imagen equivocada a los ciudadanos que están más allá de los círculos poéticos en el sentido de que, durante un tiempo, la única poesía que se escribía y quedaron fuera de esa órbita grandes poetas. Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre o Juan Carlos Suñén. Se vino a plantear que la poesía debía ser un correlato de la vida sin una pulsión indagadora en el lenguaje. Pero, claro, si la poesía tiene algo es ese lenguaje revelador. Es cierto que el fenómeno del del “best seller poético” ha ocurrido con la poesía vinculada a esos poetas de la experiencia y a la potencia mediática de determinadas tertulias radiofónicas. Y, desde luego, al vínculo directo con algún cantautor. Es una poesía de fácil lectura, no invita a le reflexión sobre el propio lenguaje. Tiene su espacio, es obvio. Pero hay mucho más».
Pero se presenta un problema de difícil solución, Manuel. La poesía es experimentación con el lenguaje al escribir y reflexión sobre lo escrito al recibir.
«Claro, deben aparecer esos elementos esenciales que coinciden con lo que sería mi poética: lenguaje revelador y mirada crítica hacia el mundo. Esto  te permite expresar (de forma distinta que en una novela o que en una columna periodística) determinados aspectos de las grandes incertidumbres del ser humano en su vinculación con el mundo que no se puede explicar de otro modo. Si a la poesía le quitamos ese ingrediente de indagación en el propio lenguaje y en los vínculos del lenguaje con la vida cotidiana, le estamos robando lo esencial. No es lo mismo enlazar frases en prosa y decir que estamos ante un poema que trabajar un poema a fondo buscando el adjetivo justo, eliminando las palabras no necesarias y dejando las imprescindibles».
Quien ha leído las obras de Manuel Rico sabe que la implicación de este autor con los problemas sociales es extraordinaria, que es un hombre preocupado por su tiempo. Con su pasado, presente y futuro.
Manuel ¿dónde están los intelectuales en este tiempo de crisis? Se echa en falta una mínima actividad que no aparece por ninguna parte.
«Bartleby Editores publica en unos días “En legítima defensa. Poetas en tiempo de crisis”, prologado por Antonio Gamoneda. Incluye poemas de más de doscientos autores, que van, por ejemplo, de  Caballero Bonald hasta poetas que sólo han publicado en Internet. Es un acercamiento a la crisis, pero son pocos los intelectuales que se plantean un acercamiento reflexivo a este problema. Muchos lo hacen mediante la receta convencional, con una visión marxista dogmática, muy plana, de la realidad. Pero la realidad es infinitamente más compleja y hacen falta intelectuales que se acerquen a esa complejidad. También se echa de menos una novela sobre ese entramado tan difícil que no consiste en dibujar a un lado a los explotadores y a otro a los humillados y ofendidos. Es una visión simplista. Es verdad que eso existe y, seguramente, siempre existirá, pero lo que hace falta es traducir al lenguaje literario lo inexplicable a través del lenguaje universal. En el ensayo es parecido. Y no digamos en el cine. ¿Dónde está la complejidad de nuestra sociedad en las películas galardonadas con los Premios Goya? De manera diferida, la advertimos en la película documental “Las maestras de la República” porque al verla es inevitable pensar en la destrucción actual de la enseñanza pública. Pero sólo eso».
Desde el comienzo de la transición hasta hoy ¿es la enseñanza nuestra asignatura pendiente?
«Sí. Y estamos obligados a reflexionar sobre este aspecto tan conflictivo y, sobre todo apuntar salidas, alumbrar imaginarios posibles. No sólo se trata de criticar lo que tenemos. Debemos presentar alternativas que ilusionen a la gente. Por ejemplo, se podría buscar una fórmula para vincular la escuela a la realidad, a los contenidos y movimientos culturales que surgen en Internet. No parece tan difícil. Lo que se echa de menos es la intención decidida de alguien que crea en ello».
Terminamos nuestros cafés charlando de las diferencias entre enseñanza privada y pública, sobre la falta de igualdad necesaria al competir entre una y otra, sobre el problemas de clases que se comienza a plantear de nuevo en la enseñanza española. Manolo Rico, con acidez, dice: «Parece que alguien haya dicho, se acabó el recreo, todos al taller».
La ciudad se mueve al son de la premura. Nos despedimos. Mientras espero paciente en la parada del autobús, abro el libro de Manuel Rico. El azar me lleva a una página cualquiera para que me encuentre con unos versos extraordinarios. “Estabas solo cuando el silencio negro./Solo con ella cuando el silencio de afilado cristal/fue definitivo, agrio segundo, hueco/de eterna duración./Solo con el tiempo desguazado/en la casa que no fue nunca suya ni de nadie”. Están dedicados a la madre. Me siento para continuar. El autobús que me debería llevar pasa de largo.