Ermonela Jaho o la otra forma de mirar a las personas

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Ermonela Jaho es una de las voces femeninas más bellas del panorama operístico actual. Y una artista de raza. Pero, sobre todo, es una mujer agradable, cercana; con mucho de ese carácter balcánico que reivindica el papel de la mujer en el mundo; una joven que procura mantener los pies en el suelo sin olvidar su pasado. Y muy guapa.

Teatro Real de Madrid. Antes de comenzar la entrevista, no puedo resistir la tentación de decir algo a Ermonela. Me mira con interés, intentando comprender. Si yo fuera Giacomo Puccini escribiría La Bohème pensando en ti, le digo. Se mira el antebrazo izquierdo, pasa la mano derecha por encima dos o tres veces con rapidez y se limita a sonreír.  Nos regalamos un abrazo sincero.

Las grandes cantantes parecéis estar muy lejos aunque yo sé que no, le digo. Cuando te vean con tu traje negro y la flor roja en el escote quiero que sepan que eres de verdad, que eres como cualquier otra persona. ¿Lo intentamos? Ermonela ríe, dice sí y comienza a hablar.

“Tal vez por haber nacido en Albania y vivir un mundo muy cerrado, hasta los 4 ó 5 años fui una niña de una timidez casi patológica. Mis padres se preocupaban mucho porque no jugaba con otros niños. La primera vez que me sentí libre fue la primera vez que canté. Nunca lo hacía en público; el canto era liberador, pero siempre lo hacía a escondidas.  Mi madre era una mujer de gran generosidad, mi padre un oficial idealista. Y las dos cosas juntas fueron perfectas para crear el alma de un artista. Seguí cantando a escondidas, pero frente al espejo. Cuando ellos me vieron dijeron “nuestra hija es normal”.

“Más tarde quise entrar en la escuela de canto profesional. Tenía 14 años. Pero para entrar era necesaria una mínima preparación. Escuché La Traviata. No entendía ni una sola palabra en italiano, pero  fue ese primer contacto lo que desarrolló un amor a primera vista. Al escuchar aquello en directo, sentí el corazón latiendo a mil por hora, sentí ansia. Estaba con mi hermano y le dije “ya sé a qué me quiero dedicar; me voy a convertir en una cantante lírica porque estas mujeres tienen carácter balcánico e interpretaré a Violetta antes de morir”. Así empezó todo”.

“Ingresé en la escuela de canto. La vida era muy difícil. Mis padres tenían muchos ideales, pero eran muy pobres. Éramos cinco hermanos y esto era algo que nos hacía sentir culpables porque, siendo tantos hermanos, no podíamos gastar en trajes para ir bien vestida a la escuela de canto. La sociedad nos juzgaba. Los niños me señalaban diciendo “tú no tienes esto, ni esto”. Eso me hacía llorar mucho. Lo guardaba dentro; lloraba, lloraba y lloraba. Solo a través de la ópera liberé todo; gracias a su profundidad”.

¿Pensabas en aquel tiempo que llegarías a ser tan famosa?

“No elegí la ópera para convertirme en una diva. Escuchaba a María Callas. No tenía  la voz más bonita aunque sí el alma más bella. Fue así como supe que podría expresar todo lo que tenía dentro aunque no tuviera la mejor voz. Cualquiera puede hacerlo ya tenga una voz bonita o fea. La voz se convierte en bella cuando transmite la verdad de tu alma. Eso era lo que quería conseguir. Ahora creo que voy por el buen camino. Y estudie técnica para encontrar mis límites. Mi reputación no llega desde una voz extraordinaria. Sin embargo, a veces una frase cualquiera la puedes convertir en extraordinaria gracias al grado de sufrimiento que expresas y a la interpretación dramática. Es el extra que aporta la experiencia humana. Con mis límites he querido hacer algo extraordinario a través de las emociones”.

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Ermonela se expresa con ímpetu, con pasión. Me mira sin pausa porque sabe que lo que dice debe pasar la aduana de la mirada. Una prueba definitiva de autenticidad para el que escucha.

“La primera Traviata la canté con 17 años, muy joven. Sentí la necesidad de saltar todos los muros, era imparable. Después estudié en Italia. Descubrí que el sueño crecía con Ermonela. Eso sí, convertirse en artista no fue tarea fácil. El público nos ve como diosas y eso no es así. Es muy importante la experiencia humana; algo muy difícil de traducir en el escenario. Podría parecer lo contrario con tanto marketing, con tanta fotografía retocada. No es verdad. Mira, soy muy normal, he sufrido el hambre, la depresión y pienso que el mayor sufrimiento y la mayor simplicidad forman al gran artista. Y, lógicamente, la voz. Todo forma un conjunto”.

Comentamos lo difícil de entablar una relación con el público, lo difícil de convertir una emoción personal en la de todos.

“Siendo artista, vives con ansia lo que te rodea. Y eso es el publico. Me gustan  las personas y el contacto humano. Si eres un artista sales a escena para entregarte por completo. Por ejemplo, La Traviata es el alma de una mujer, el sacrificio de amar incondicionalmente y es necesario un gran esfuerzo interpretativo.  Pero no todo se hace sobre la caja escénica. A veces, voy a visitar a las personas que sufren y a los que cuidan de ellos con amor porque quiero sentir ese sufrimiento y ese amor. Si no lo siento, si no conozco esa humanidad ¿qué puedo dar? Todo suma”.

Se detiene un instante. Me enseña la palma de la mano. Pide un momento.

“Deja que regrese a mi madre. Está muerta hace 7 años y cada vez que canto La Traviata veo en la obra un alma sacrificada, una mujer extraordinaria como todos los padres y madres que hacen lo imposible por los hijos y que entendemos solo tiempo después. Cada vez que canto esta ópera salgo al escenario y no veo la historia de cortesanas que cuenta; veo un modo distinto de mirar la cara de las personas; los sacrificios de mi madre hasta el último momento. La experiencia humana que hace al artista. Si no eres sincera en el escenario el publico lo percibe. Para ser artista con mayúsculas tienes que dejarte el alma y es necesario sufrir; sin sufrimiento no puede ser. Siempre recuerdo algo que dijo Hemingway que sirve para los artistas en general. Es algo así: “un escritor no puede ser grande si no ha tenido una infancia verdaderamente difícil”. Es este sufrimiento el que hace que te falte la paz interior y necesites expresar sobre el escenario. Por eso, al cantar me siento psicológicamente desnuda. Totalmente. Mi alma esta desnuda. Esto es un reto que me planteo a diario. Pienso, aquí tenéis mi alma; es fea aunque es verdadera; esta soy yo. Este podría ser un punto débil, ha podido ser causa de vulnerabilidad, pero me ha servido para llegar hasta aquí”.

¿En casa cantaba alguien o eres la única?

“No, no, no; mi padre era oficial y mi madre profesora. Ella quiso ser cantante, pero sus padres le abandonaron. Yo lo supe mucho más tarde. Ella no me vio nunca en el escenario Nunca. Siendo pequeña sí, nunca después. Tal vez por esto estoy enfadada con ella, emocionalmente enfadada. Había conseguido lo que más deseaba y ella lloraba y yo no entendía por qué; había convertido mi sueño en realidad y ella lloraba. No tuvo la fuerza para afrontar que ella no hubiera llegado a ser cantante. Mi padre y mis hermanos me decían que ella me miraba a escondidas. De eso me acuerdo cuando estoy en el escenario y, entonces, canto para ella. Me siento culpable puesto que ella sacrificó todo por mí y me duele no haber podido cantar para ella, cara a cara. Eso es lo que más echo en falta. Cada vez que salgo al escenario pienso que si hay un mundo ahí arriba estará contenta. De hecho, todo esto me hace sentir que es la primera y ultima vez que voy a recitar algo”.

Esto lo dice con emoción, con los ojos brillantes. Es difícil encontrar tanta verdad al entrevistar a alguien.

De las primeras ilusiones ¿qué queda, están intactas?

“Son las mismas que tenía a los 17 años. Ahora, con cuarenta, sigo cantando con la misma llama encendida dentro de mí. El arte, sin ese fuego, no existe. Siempre tiemblo antes de la función. He cantado 224 veces esta ópera y, hoy, parece la primera vez. Soy diferente aunque lo siento como la primera vez. Es verdad que, ahora, soy más consciente de lo que hago. Ese ansia de juventud, que te hace comenzar como terminas, ya no está porque técnicamente he mejorado y sé controlar las cosas. Pero la pasión está intacta”.

¿Violetta te atrapa o eres tú la que abraza al personaje sin soltar? ¿Quién pone más de las dos? Ermonela, eres tan Violetta, te la crees tanto…

“Eso es verdad, eso es verdad. Sería imposible que la cantara sin abrazarla, sin creer en ella y como ella. Ermonela se esconde detrás de Violetta, me meto tanto en el papel, el alma es tan profunda… Cuando acabo de cantar no escucho al ruido; estoy dentro de ella, floto como si hubiera viajado a otra realidad en la que todo es sentimiento y no existe nada material. Me resulta muy difícil volver a la realidad y pienso que quisiera irme de viaje para siempre con ella. Mira que me obligo a no hacerlo porque sé que tengo que volver; y salgo al escenario con ese pensamiento, pero el sentimiento se vuelve muy fuerte, casi como una droga, descubro la liberación de mi alma. Siento egoísmo, tengo ese mundo precioso y no lo quiero dejar escapar. Es casi una terapia porque he aprendido a descubrir a Ermonela”.

Le confieso que logró emocionarme hace unos días, cuando tuve ocasión de ver su forma de interpretar. También lo logró con mi hija. La credibilidad que consigue es extraordinaria.

“Emocionar a un niño es importante porque es lo mas puro, nunca juzgan. Y quiero que se me vea como artista y no como cantante; si el resultado final después de la representación es que me miran como cantante y no como artista, significa que no he hecho las cosas bien. Cuando deje de causar emociones lo dejaré”.

Queridos lectores, si yo fuera Giacomo Puccini escribiría La Bohème pensando en Ermonela Jaho. Se lo garantizo.