Espartaco: El fin de la caza de brujas

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Si bien cuando contemplamos muchas de las películas de Stanley Kubrick, podemos sentir admiración por su perfección técnica, muchos  experimentamos también cierta frialdad, pues era un creador dotado de una inteligencia helada. Sin embargo, Espartaco (Spartacus, 1960) es una vibrante epopeya sobre la lucha contra la tiranía. Quien puso la pasión fue Kirk Douglas, que además de encarnar al protagonista, fue el gran impulsor de la película desde que adquirió los derechos de la popular novela de Howard Fast, vagamente inspirada en un personaje real. Douglas actuó como productor ejecutivo y seleccionó al impresionante cúmulo de talento que participó en esta gran obra. Aunque era entonces un hombre de excesiva arrogancia, demostró una inteligencia, energía y tenacidad indiscutibles.

Asumió el desagradable papel de despedir en las primeras semanas de rodaje al director inicialmente contratado, Anthony Mann, que pese a ser uno de los mejores creadores de westerns que hubo, no se sentía cómodo en un espectáculo de la magnitud de Espartaco.

Douglas escogió como sustituto a Stanley Kubrick porque estaba satisfecho de la excelente experiencia compartida que fue Senderos de gloria (Paths of glory, 1957,) pero también porque creyó que el joven director estaría tan agradecido por haber sido seleccionado en un momento todavía poco exitoso de su carrera, que sería arcilla en sus manos. Douglas no se dio cuenta de que Kubrick ya era mucho Kubrick y de que su afán de control y sus puntos de vista eran difíciles de domeñar. La relación entre ambos resultó ser un verdadero choque de egos y durante el resto de sus vidas, expresaron juicios de valor de suma dureza sobre el otro, aunque el actor reconoció siempre el enorme talento del director.

En todo caso, la historia del esclavo tracio convertido en gladiador, que en el siglo I antes de Cristo lideró un intento de decenas de miles de esclavos de combatir al imperio romano, es apasionante. La película tiene tres partes claramente definidas. En la primera, Espartaco es entrenado junto con otros esclavos en la escuela de gladiadores del codicioso Léntulo Batiato en Capua y se enamora profundamente de otra esclava, Varinia. En la segunda, Espartaco y los otros gladiadores huyen y durante su largo viaje hacia la costa Sur de la Península, millares de esclavos se van uniendo a ellos. En la tercera, al fracasar el proyecto de huida por el mar, el ejército de esclavos se ve obligado a enfrentarse en una desigual batalla al poderoso ejército romano liderado por Craso.

Kirk hizo una interpretación excelente, caracterizada por la intensidad y vitalidad propias de este gran actor. Su compromiso con la película era absoluto e incluso se arriesgó a realizar sin recurrir a especialistas dificilísimas escenas de lucha en las que se jugó su integridad física.

Laurence Olivier estuvo impresionante como el principal enemigo de Espartaco, el astuto, cruel y temible Craso, quien aprovechó la lucha contra aquel para erigirse en primer hombre de Roma. El personaje representaba la búsqueda del poder absoluto y su naturaleza cuasi shakesperiana se adecuó como un guante al registro de quien fuera Hamlet, Enrique V y Ricardo III, tanto en cine como en teatro.

En la vida real, Olivier era un hombre intrigante al que le gustaba meter cizaña durante los rodajes para realzar la importancia de su personaje frente a otros. En este caso, se ensañó con Charles Laugthon, que encarnaba al senador Graco, el brillante adversario de Craso que trató de debilitarle por considerarle una amenaza para la república romana. El orondo Laughton fue un actor de cine insuperable pero Olivier sabía pulsar sus inseguridades y causarle hondo malestar, por lo que la animadversión de los personajes fue reflejo de la antipatía mutua de sus intérpretes. En todo caso, a Laughton le correspondieron algunas de las frases más brillantes del largometraje, que pronunció con su genialidad habitual.

Otro británico con talento, Peter Ustinov, dio vida a Léntulo Batiato, el amoral tratante de esclavos y dueño de la escuela de gladiadores. Suyas fueron las pocas notas de humor de este serio drama (cada vez que se dirige a Craso, en lugar de hacerlo como “Su excelencia”,  inicia sus frases con exageradas expresiones como “Su magnitud”, “Su enormidad”…). Al igual que el personaje deambula entre Craso y Graco para ver de cual puede sacar mejor tajada, Ustinov se pasó el rodaje yendo de Olivier a Laughton y vuelta, tratando infructuosamente de templar su difícil relación.

La única entre tantas grandes figuras que actuó con sensata modestia y sin perturbar a nadie fue la bella Jean Simmons, actriz de excepcional sensibilidad que dio vida a la sufrida y enigmática Varinia, objeto del amor de Espartaco y de la lascivia de Craso. Dotada de una de las miradas más llenas de alma que se han visto en la gran pantalla, la actriz supo representar como pocas el estado de enamoramiento. Gracias a ello, los encuentros entre Varinia y Espartaco proporcionan los raros momentos intimistas de este gran espectáculo. A Kubrick se debió la acertada decisión de reducir al mínimo los diálogos entre ambos en sus primeros encuentros, de forma que todo lo expresaban a través de  miradas cargadas de sentimiento.

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Aunque el intervencionismo de Kirk Douglas motivó que Kubrick manifestara posteriormente que sentía que Espartaco era la menos personal de sus películas, lo cierto es que su autoría se aprecia en la magnificencia de los grandes planos y de los planos secuencia, en la precisión y atención al detalle que permiten al espectador transportarse a otra época y en la importancia de la música como elemento dramático. La gran batalla entre las ordenadas cohortes romanas frente al desorganizado ejército de esclavos, es puro cine con mayúscula. Como anécdota, cabe comentar que esta secuencia se rodó en España y que auténticos militares españoles colaboraron como extras, lo que imprimió al conjunto un particular realismo.

Espartaco tuvo una excelente acogida de crítica y público y obtuvo cuatro Oscars: fotografía en color, dirección artística, vestuario  y mejor secundario (Peter Ustinov). La historia del colectivo rebelde enfrentado a la tiranía permitió múltiples lecturas, desde la de Kirk Douglas, que la identificaba con los avatares del secularmente perseguido pueblo judío del que él mismo formaba parte, hasta la de los artistas oprimidos durante la Caza de brujas de McCarthy  por un poder político abusivo.

Precisamente, además de por sus muchas cualidades artísticas, este largometraje hizo historia por el papel clave que tuvo en poner punto final a la mencionada Caza de brujas. Desde 1947, aquellos artistas sospechosos de simpatizar con el comunismo eran incluidos en las listas negras, lo que les suponía quedar vetados para trabajar en el mundo del cine, o verse obligados a hacerlo bajo seudónimo. El brillante guionista de Espartaco, Dalton Trumbo, fue uno de los “Diez de Hollywood”, que fueron encarcelados en 1947 por intentar acogerse a la libertad de expresión para no manifestar sus inclinaciones políticas. Desde entonces, trabajaba bajo alias diversos por honorarios escandalosamente inferiores a los que obtenía anteriormente. Al decidir Kirk Douglas reflejar el verdadero nombre del guionista en los títulos de crédito de Espartaco, hizo mucho más que devolver a Trumbo sus derechos. Logró acabar con la innoble práctica de las listas negras que había contaminado la vida cultural norteamericana durante casi tres lustros. De esta manera, Espartaco se erigió en un verdadero canto a la libertad del ser humano, tanto por su trama, como por lo que representó en su momento histórico.