Está Ud. de broma, Sr. Feynman?

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Crear un personaje como el Richard Feynman que nos presenta Ralph Leighton ha de ser algo sumamente difícil. Creerlo, posiblemente aún más. Un brillante científico, ganador de un Premio Nobel de Física, capaz de reventar cajas fuertes, de tocar la figrideira en una Escuela de samba cuyos miembros proceden fundamentalmente de favelas, de aprender a dibujar y dedicarse a hacer retratos de camareras en topless, o de orinar haciendo el pino delante de sus amigos para demostrar que la orina no cae por gravedad, es, ciertamente, un personaje complejo. Que sea declarado inútil para el servicio militar (¡por razones mentales!), tras acabársele la prórroga que disfrutaba nada menos que por estar participando en el Proyecto Manhatan, lo convierte en, directamente, inverosímil. Pero lo más increíble de todo es que no se trata de un personaje ficticio. Ni de un personaje novelado, exagerados sus rasgos y anécdotas, con el propósito de convertirlo en tal. El libro, así como «¿Qué te importa lo que piensen los demás?», que continúa narrando las investigaciones y peripecias de Feynman, es fruto de largas conversaciones entre éste y Leighton, convertidos, además en de colegas y amigos, en biografiado y biógrafo, grabadas y transcritas por Leighton a lo largo de varios años mientras se reunían para hablar de ciencia, tocar los bongos, o preparar su viaje a Tuva, postergado por razones políticas (¡pretendían hacerlo en plena guerra fría!). El resultado es un libro extraordinario, ágil, interesante y divertido. Leighton le da forma a las cientos, puede que miles de horas grabadas de manera excepcional, construyendo con ellas una biografía que olvidamos que lo es desde la primera página, sumergidos en la lectura de esas memorias contadas en primera persona, respetando al máximo la sinceridad y espontaneidad de quien las fue narrando. Un Richard Feynman entusiasta, ácrata, apasionado, bromista, con la curiosidad siempre a flor de piel, que jamás dejó de buscar la respuesta a cualquier pregunta que la más simple observación le hubiese suscitado. O, cuanto menos, intentarlo. De olfatear, si es necesario, literalmente, para perseguirla. La antítesis del científico encerrado en su laboratorio. Un observador constante de la vida, y un participante también, con los ojos muy abiertos y sin prejuicio alguno. Para quien el mayor reconocimiento a sus descubrimientos provenía de haberlos hecho, del puro placer de conocer. Un personaje coherente, y consecuente, para quien el Nobel fue «una molestia pertinaz, como una tortícolis», aceptándolo solo porque la negativa a hacerlo hubiese supuesto aún más engorro; que rechazó todos los doctorados honoris causa que le fueron ofrecidos, y, que, del mismo modo, declinó entrar en la Academia Nacional de Ciencias, ya que no quería «ser un miembro de un grupo cuya principal actividad es escoger a otros que se estiman dignos de ser miembros de ese grupo». A quien jamás interesaron premios u homenajes. El gozo y la alegría que sentía por la física es lo que le hacía crear. Desarrollar teorías, fórmulas, diagramas, investigar, aprender, aprehender, es creatividad, es entusiasmo, es vida. Es arte. Nadie mejor que alguien que lo entienda, que lo sienta así, para transmitirlo. Ralph Leighton, y Richard Feynman, sin duda, lo logran.

Calificación: Muy buena.
Tipo de lectura: Divertidísima. Reír a carcajadas leyendo sobre física teórica o electromecánica cuántica no ocurre todos los días.
Tipo de lector: Curioso.
Personajes: Protagonista, y todos aquellos que, por incidental que sea éste, tienen contacto con el mismo.
¿Dónde puede leerse?: En cualquier parte.