Europa: Ese juguete llamado cine

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Film inclasificable y pretencioso, Europa cerraba la primera etapa creativa de Lars Von Trier, en la que queda reflejado ya su gusto por la experimentación visual. Con ella el director danés llevó al máximo sus inquietudes plásticas actuando como ilusionista para configurar un film conflictivo, en el que la tensión de una historia que se mueve entre los clichés y la locura se diluye en una sorprendente imaginería visual, para triunfar finalmente como juego de magia, truco que nos habla del propio cine y sus cualidades hipnóticas.

Cuando vi Europa por primera vez, siendo aun adolescente y lejos de saber quién era ese tal Lars Von Trier (aunque ya me sintiera atraído por su nombre que rememoraba a grandes directores del pasado), la proyección me abdujo de inmediato, desde el mismo momento en que una voz en off nos habla mientras solo vemos los raíles de una vía de tren desaparecer uno tras otro, llevándonos consigo. Quedé realmente impresionado ante la propuesta visual que ofrecía aquella película, arriesgada y  artificiosa, tanto que, tras terminar, apenas recordaba qué había pasado, solo algunas escenas se aferraban a mi memoria.

Esta característica tan poco habitual, que el aspecto visual de un film se imponga sobre su narración, era quizás la cualidad más importante y discutible del primer Von Trier, un director  empeñado en dejar su marca sobre el celuloide. Ya en su primer trabajo, El Elemento del crimen, el abuso de sobreimpresiones, la cámara lenta  y un gusto por una iluminación barroca y expresionista se imponían, convirtiéndola en una experiencia tan oscura como lisérgica. Von Trier demostraba tener una predilección por los lejanos tiempos del cine mudo y las vanguardias de principios del siglo XX, aunque con una mirada más renovadora que evocadora. Su estilo era eminentemente visual y las historias meras excusas que le permitían divertirse con su juguete preferido.

Europa resultó la máxima conquista de esta obsesión, aunque también se resintiera por ello. Tiempo después de mi primera experiencia, menos dispuesto a dejarme embaucar por la pirotecnia visual, se me atragantó como film frio y descompensado, con una historia que no importa ni conduce  a ningún sitio, repleta de personajes estereotipados. En definitiva, pese a su brillantez  técnica, no dejaba de echar de menos en ella la sinceridad creativa que transmitieron los posteriores films del director, quien, recordemos, daría un giro completo a su carrera, justo después, con la poderosa Rompiendo las olas.

Pero el tiempo vuelve a pasar para hacernos crecer en una nueva dirección y, tras verla de nuevo antes de ponerme a escribir sobre ella, hoy puedo decir que Europa alcanza cotas de brillantez que la convierten en el primer gran triunfo de su director. No solo porque el uso de efectos visuales, que tanto me atrapó en mis primeros momentos de cinefilia, sea más  complejo y esté mejor desarrollado que en cualquier otra de sus obras, sino mas bien porque  este exceso visual manifiesta una intención que me atrapa, una calculada puesta en escena de los propios modos de producción de la imagen cinematográfica, que encuentro acertada como último paso de un proyecto más ambicioso, el que lleva a un director a querer convertirse en demiurgo del celuloide.

Hayamos, claramente, la presencia de Von Trier en la profunda voz en off de Max Von Sydow, narrador omnisciente del trayecto a la locura del protagonista de Europa, una voz capaz de predecir y manipular el destino de los personajes y del film mismo. Pero, además, en su afán por conquistar la alquimia de la imagen, el director se recrea en la exaltación de recursos expresivos propios de los géneros clásicos y planea sobre los grandes magos del cinematógrafo,  desde Victor Strojom hasta  Leos Cárax, pasando por nombres propios tan decisivos como Orson Welles o  Alfred Hitchcock. En torno al maestro inglés gira, por ejemplo, uno de los instantes mas diáfanos de la intenciones del autor danés con esta ambiciosa cinta, cuando permite que la banda sonora se abrace a Bernard Herrmann hasta mimetizar la partitura de Vértigo, llevándonos, ahora sí de forma evocadora, fuera del film hasta la propia historia del cine.
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Es aquí donde Europa crece, donde consigue dignificar su pretenciosidad, como recorrido por la química plateada de un medio que parece obsesionar a su autor, desarrollando e hipertrofiando todo tipo de recursos que nos transportan a las invenciones del cine primitivo, las transparencia del expresionismo alemán o el surrealismo, el uso de retroproyecciones del cine clásico…,  llegando incluso a juguetear con la película en la búsqueda de texturas que apelen a nuestra memoria cinematográfica.  Europa no parece querer contarnos una historia, solo intenta  construir escenas que no podamos olvidar, hacernos experimentar lo que ya conocíamos, pero desde la desmesura  y con ello hacer pertinente cada cliché, desde la regia y estricta burocracia a las vamps en blanco y negro, del melodrama romántico a la pretendida sorpresa final…; todo confluye en una recreación de arquetipos puramente cinéfilos, con la intención manifiesta de crear y recrearse en imágenes impresionantes: un asesinato que hace retorcerse de dolor a la propia pantalla, dos enormes gigantes haciendo el amor sobre la maqueta de un tren o un cuerpo inerte arrastrado por un río y bajo un cielo falsos.

En Europa asistimos al espectáculo de la manipulación, al festival creativo de un autor que se regodea de serlo, de imponer su firma en cada secuencia y de conducir a sus personajes por caminos que solo son su propio deseo cultivado en la cinefilia. Es la despedida del primer Lars Von Trier, del que solo quedará el espíritu inquieto de un creador arrogante y en constante renovación.