Ficción y realidad son la misma cosa

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Para muchos, la época dorada del cine de Billy Wilder comenzaba el año 1950 con el estreno de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard). Y no es extraño que sea así porque la película es una obra maestra de principio a fin, un trabajo que conviene ver más de una vez para entender algunas cosas que podrían rechinar si el espectador no está acostumbrado al cine de este director.

¿Puede un muerto contar una historia? Cuando nos encontramos con un narrador que está muerto todas las alarmas se disparan. Para que algo así funcione tiene que estar respaldado por una justificación potentísima. En el caso de Sunset Boulevard la cosa se complica hasta hacerse molesta puesto que esa justificación parece no estar. Si le unimos el uso de una voz en off presente en exceso, todo se puede desmoronar. Pero estamos hablando de una película de Billy Wilder y hay que tener cuidado con las apariencias.

Por un lado, hay que recordar que una de las obsesiones de este realizador era entretener al público, no dar más trabajo del necesario a quien se sentara en el patio de butacas. Por ello, en muchas de sus películas utilizó esa voz en off tan explicativa, tan reiterativa con lo visto en pantalla. Es posible que hoy no lo hiciera. Los diálogos y la imagen ya lo decían todo. Pero eran otros tiempos, eran otros espectadores los que se enfrentaban al cine. Y, por ello, hay que mirar sus películas desde un lugar distinto al que ocupamos hoy con respecto al cine moderno.

Por otro lado, tenemos un narrador peligroso. Pero, aunque no lo parezca, está más que justificado. El Hollywood que presenta el realizador es fantasmal. No hay éxito; todo es oscuro, triste; falta la luz; es un lugar lleno de muertos vivientes, de hombres y mujeres desencantados. Todo es gris, todo parece convivir con la muerte (enterramiento de un simio que resulta ridículo y patético, intentos de suicidio, asesinatos) que representa un sueño americano tan falso como cacareado. Tiene todo el sentido que sea un muerto el que narre puesto que la muerte se impone a la vida. Además, Joe Gillis (personaje principal encarnado por un extraordinario William Holden) pertenece al mundo del cine, es guionista. Y en el cine todo es posible. Sin saberlo está escribiendo ese guión que nunca encontró estando vivo, el mejor de sus trabajos, un libreto en el que realidad y ficción se funden para ser la misma cosa.

El crepúsculo de los dioses es la película en la que Billy Wilder deja clara su relación con el cine y con algunos de sus géneros. Además de borrar la línea que separa realidad y ficción. Aparecen en pantalla los estudios en los que se rodó la película para que veamos cómo se rueda una escena de otra película. Cecil B. de Mille (que dirigió a Gloria Swanson en la realidad; una Gloria Swanson maravillosa en la película de Wilder interpretando el papel de Norma) prepara una escena de una película de carácter bíblico. Acompaña a Norma su exmarido y sirviente. Erich Von Stroheim también dirigió a la señora Swanson. Todo se mezcla en la pantalla. Es algo parecido a un enorme mal sueño del que nadie puede escapar porque si despierta se puede encontrar con lo mismo o con algo que se le parezca. Para Wilder el cine es el asesino del cine. Y dentro del cine está el propio cine. Hay una escena en la que el protagonista escapa de la mansión de Norma (un edificio que parece haber atrapado al guionista) para ir a casa de uno de sus amigos. Es el último día del año. Allí se encuentra con una joven guionista a la que está a punto de besar. Pero el beso no se hace realidad y, a cambio, Wilder nos muestra al personaje mirando el cuello de la jovencita. Él busca la vida, relacionarse con otros. Necesita esa vida y lo mejor es encontrarla en ¡el cuello de la mujer! Como los vampiros. Este es uno de los guiños que se encuentran en la película.

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Las luces que significan éxito no están en Sunset Boulevard. Se han sustituido por sombras. Todo se rueda de noche o en interiores. Todo se llena de actores que fueron expulsados del cine al llegar el sonido (el propio Buster Keaton interviene en la película, jugando una partida de cartas eterna en la que a los participantes no les queda ni expresión en el rostro), de hombres y mujeres que no consiguen hacer realidad ese sueño americano tan falso (este es el tema principal de la película). Nadie brilla en la pantalla. Algunos porque nunca pudieron hacerlo y otros porque los focos ya no les señalan. En esa parte de la película en la que Norma visita los estudios en los que está rodando Cecil B. de Mille, nos encontramos con un momento esclarecedor. Norma se sienta en la silla del director. Un micrófono pasa cerca de ella y lo aparta con cierto enfado (representa el sonido que acabó con su carrera). En ese momento, un empleado reconoce a la actriz, enciende un foco y lo dirige hacia ella. El personal se arremolina junto a ella. Vuelve a brillar, vuelve a recibir luz. Antes ya hemos visto cómo el proyector de películas de su casa le ha iluminado el rostro. Más tarde, en la escena final, veremos que las cámaras y la luz le dan vida y el resto sobra.

El crepúsculo de los dioses está llena de muerte, de imágenes oscuras, de música casi claustrofóbica. Pero, sobre todo, esta llena de cine del bueno. Desde la primera secuencia ya percibimos que estamos ante algo grande. Y, al finalizar, tenemos la certeza de haber visto una de las mejores películas de la historia.