Fidelio: Luces y sombras sin movimiento

Fidelio 0543

Hasta el 17 de junio se representará, en el Teatro Real de Madrid, la única ópera de Beethoven, Fidelio, una obra que suma distintas tradiciones musicales (alemana, vienesa, francesa e italiana) y que está basada en un hecho real ocurrido durante el periodo del Terror francés. Una ópera que oscila entre la oscuridad de la injusticia y la luz que aporta la mujer.

Ir a ver una ópera y levantarse de la butaca pensando que una buena grabación hubiera sido suficiente no es muy buena señal. Claro que no lo es. Y eso es algo que puede ocurrir cuando la puesta en escena no funciona. Puede ser que la dirección musical sea correctísima (Harmut Haenchen conduce a la Orquesta Titular del Teatro Real con acierto, con la fuerza necesaria cuando toca y con exquisita delicadeza en cada nota; sabiendo encajar el trabajo del coro y del reparto con facilidad y solvencia); puede ser que los cantantes estén bien de voz y manejen con gracia el arco dramático de sus personajes; puede ser que nos encontremos con algún elemento original dentro de la caja escénica; todo esto puede ser, pero no resulta suficiente. Hoy en día, el público reclama algo más para no sentirse defraudado. Y es que sobre el escenario tienen que pasar cosas, no se admiten pausas en el desarrollo o en la evolución de los personajes cuando no están justificadas; los códigos podrán ser diversos aunque no habrá sitio para la falta de ideas o para solventar la papeleta con lo facilón.

Fidelio es una ópera más que interesante. Deudora de la opéra à sauvetage (ópera de rescate), mezcla la tradición italiana (el aria de Leonora Abscheulicher! Wo eilst du hin? es el más claro de los ejemplos) con la francesa en forma de ópera cómica (primer cuadro); pero, también, la alemana o la vienesa de la spieloper. El lenguaje de Beethoven, que en su momento resultó casi transgresor o al menos rompedor, sigue siendo exquisito y universal. Y el libreto, sin ser el texto del siglo, deja momentos interesantes que resaltan la importancia de la libertad, lo penoso de la injusticia o el importante papel que la mujer debería desarrollar en la sociedad. En definitiva, no estamos hablando de cualquier obra con la que se puede hacer una cosa apañadita para salir del paso.

Es verdad que Fidelio es una ópera muy difícil de representar. Toda la trama se desarrolla dentro de una prisión y la zona expositiva central nos lleva hasta el interior de una mazmorra. No hay mucho margen para grandes ideas. Pero eso no justifica que el vacío en el escenario sea casi insoportable y que el movimiento resulte ser algo pueril o ridículo. El momento en que los presos salen de sus celdas tiene un pase, pero lo de un de soldaditos haciendo una especie de demostración marcial coreografiada es bastante inoportuno. Por si era poco, a los cantantes los colocan intentando aparentar que en el escenario nos presentan una propuesta narrativa, una y otra vez, como si fueran figuras de cera que más bien parecen una exposición de figurines. A todo esto hay que sumar el trabajo visual que se proyecta sobre el telón translúcido. No voy a negar que alguna cosa resulta interesante. Sin embargo, otras convierten el escenario mortecino y rígido (la ópera lo pide) en una mezcla mortal y tiesa en su aburrimiento.

La soprano Adrianne Pieczonka (Leonora-Fidelio) despliega sus posibilidades técnicas con contundencia. Su personaje obliga a la señora Pieczonka a rozar, a veces, los registros de mezzo y lo hace con facilidad. El aria a la que me referia antes, Abscheulicher! Wo eilst du hin?, resulta un momento de gran belleza. Franz-Josef Selig (Rocco) firma una actuación estupenda y Anett Fritsch (Marzelline) está encantadora en todos los sentidos. El tenor Michael König (Florestan) está muy bien en un papel que no da muchas oportunidades par un gran lucimiento aunque consigue destacar con una modulación extraordinaria.

Fidelio 1568

Tras el dúo de Leonora y Florestan (de una dificultad técnica notable) se interpretaron el tercer y cuarto tiempo de la Quinta Sinfonía. Habitualmente es la obertura conocida como Leonora III la que suelen elegir los directores musicales. Soy de los que piensa que el proceso dramático se ve alterado y no funciona bien sea lo que sea que se interprete. Aunque, la música de Beethoven es una maravilla y es bienvenida, también, sea como sea. Ahora bien, para terminar de rematar un trabajo bastante discutible, se proyecta una imagen fija en el escenario que bien se podría haber sustituido por algún movimiento escénico que acompañase a la partitura. Por el contrario, Pier’Alli (director de escena) se decanta por la proyección de una imagen fija y terriblemente fría con el fin de enlazar con el final del trabajo que resulta tan evidente y tan mascado como el resto. No hay huecos en los que el espectador pueda meditar y explicar (se) lo que están fingiendo contar. Para Pier’Alli todo parece que se convierte en obligatorio para el patio de butacas. Una obra que debería mantener, de principio a fin, un movimiento pendular entre la luz de la esperanza y la oscuridad de la injusticia, entre la luz del amor conyugal y la oscuridad del rencor y la venganza; termina siendo una explosión de luz o un apagón que, en lugar de matizar la acción, es una fórmula tan descaradamente explícita que hace daño.

Cabe la posibilidad de sentarse, cerrar los ojos y disfrutar. Es una opción como otra cualquiera.

Argumento

Florestan está encerrado. Pizarro, el gobernador de la prisión, le encarceló de forma injusta. Y Leonora, la esposa de Florestan, logra (disfrazada de hombre) emplearse en esa presidio para encontrar a su marido.

(Acto I) Una vez allí, vemos a Jaquino cortejando a Marzelline (hija de Rocco que es el encargado de la prisión). La muchacha intenta deshacerse del joven puesto que está enamorada de Fidelio (Leonora disfrazada).

Aparecen Rocco y Leonora. Ella intenta convencer al hombre para que le permita bajar con él a las mazmorras y conocer al hombre al que se le niega comida y agua sospechando que es Florestan. El carcelero promete pedir permiso.

Aparece Pizarro. Lee un despacho en el que se anuncia una inspección para comprobar que en esa cárcel se están cometiendo injusticias. Por ello, Pizarro decide acelerar las cosas y asesinar a Florestan. Leonora pide a Rocco (ha conseguido permiso para que Fidelio baje con él a las mazmorras) que deje salir a la luz del día a los prisioneros. Este accede y los reos ven en el gesto un indicio de liberación.

(Acto II) Florestan sigue pensando que delatar a su enemigo fue lo mejor. Ruega a Dios y sueña con ver a su esposa. Leonora y Rocco bajan a cavar la tumba del preso. Le dan comida y agua. Llega Pizarro para asesinar al reo, pero su esposa se interpone en su camino y desvela su identidad. Una trompeta anuncia la llegada del ministro al que corre a recibir Pizarro seguido de Rocco. Marido y esposa se abrazan en soledad.

(Acto III) El ministro ordena la liberación de los presos y el encierro de Pizarro. Deja que sea Leonora la que libere de los grilletes a Florestan. El amor en el matrimonio y la figura de la esposa sacrificada es celebrada.