Flores que se marchitan

Traviata IV 0225
La historia de Violetta Valéry está unida a la falta de casi todo. La muerte es solo esa forma de ausencia que termina siendo el colofón a toda una vida. Ya lo expresó Alenxandre Dumas en La Dama de las Camelias y así lo recoge Verdi en La Traviata. Y ante eso, el escenario en el que se desarrolla la obra se dibuja, necesariamente, como marco de la zona más oscura de la existencia del ser humano y antesala de un final tan trágico como necesario.

Estamos acostumbrados a la luz y al lujo cuando nos presentan esta ópera. A espacios grandiosos en los que se mueven hombres y mujeres educados, elegantes, finos y representantes de lo más luminoso de las personas. Sin embargo, Violetta vive un mundo distinto, malvive entre alhajas que le permiten fingir una felicidad que compra a plazos, pero que nunca logra disfrutar.

Tal vez sea esta La Traviata menos atractiva o menos amable para el público aunque es la que más poso deja en el espectador sin lugar a dudas.

Hasta el 9 de mayo, cada tarde de representación, el Teatro Real de Madrid se llena de un público que desea pasar un buen rato con una de las óperas que más agradan desde siempre. Un público que celebra la inclusión de obras clásicas y conocidas, de óperas amables, en el programa anual. Un público que no busca lo exquisito en las interpretaciones porque en las butacas se mezclan expertos, aficionados y personas que quieren acudir a la ópera por primera vez. ¿Es esto lo que debería ocurrir siempre? Desde luego que sí. Si la ópera es un espectáculo con el que debe disfrutar el público que así sea. Los detalles, los matices, la valoración de lo exquisito, es cosa de los profesionales que son, al fin y al cabo, los que deben salvaguardar la esencia pura de cada obra. Y esto no está en contradicción con los trabajos nuevos, con las apuestas arriesgadas de los compositores actuales. Cada cosa tiene su sitio.

David McVicar conoce bien la obra de Dumas. Y arrastra al escenario lo que en esas páginas aparece. Comienza la función con Alfredo caminando entre hojas secas que caen o ya están en el suelo. El público puede ver al mismo tiempo cómo el apartamento de Violetta y sus pertenencias están siendo valoradas para su subasta. Así comienza (más o menos) la novela de Dumas. El mundo se ha oscurecido por una muerte que estará presente en cada escena. Y McVicar lo rescata con espacios minimalistas, pequeños, dibujados sobre un fondo negro en el que todo se diluye en un gris opresivo, un negro que nos señala el lujo o la tristeza, el desenfreno en la cama o la muerte entre sábanas de raso. Los contrastes cromáticos son especialmente importantes durante toda la ópera y el director de escena logra que, con pequeños detalles, podamos ir entendiendo el desarrollo argumental sin problema alguno.  Por ejemplo, esas flores que se pueden ver en el último acto, en la zona del escenario en la que todo se difumina hasta desaparecer (una estructura traslúcida divide la escena con ese fin y, además, para reducir el espacio en el que se mueven los cantantes provocando una sensación de mayor opresión); esas flores, decía, están desperdigadas por el suelo, a punto de marchitarse sin remedio, sin luz que las haga ser bellas un poco más de tiempo. Como le sucede a Violetta en la cama mientras agoniza. Si bien no es lo más esperado para La Traviata, McVicar rescata la esencia más profunda de la obra (incluida una imagen que señala el sexo como parte fundamental de la obra) y logra un efecto extraordinario. Por otra parte, todo hay que decirlo, McVicar deja que los cantantes se centren más en su interpretación vocal y olviden algunos aspectos dramáticos que sí pueden chocar al espectador. No hubiera estado mal cuidar más esa expresión corporal, esa colocación sobre el escenario de los personajes, esa lógica interacción entre ellos para explotar del todo el arco dramático de cada uno.

Traviata IV 0355

Ermonela Jaho defiende su papel más que bien.  A pesar de la falta de química con Francesco Demuro en los momentos más emotivos, logra un gran nivel dramático, enorme credibilidad y algunos momentos exquisitos con la voz. En el último acto es en el que despliega todo tipo de matices con los agudos que llegan al patio de butacas como ese tesoro que tanto quiere aplaudir el espectador. Demuro, un Alfredo algo plano, se defiende aunque no logra nada del otro mundo. Es, de todo el reparto, el que menos destaca. Porque, del mismo modo que la soprano se mete al público en el bolsillo, Juan Jesús Rodríguez consigue construir un Giorgio Germont estupendo y se gana a pulso una ovación merecidísima al concluir la representación.

Renato Palumbo, director musical que se estrenaba en el Teatro Real de Madrid, sin estar mal del todo, es el que ofrece mayores dudas con su trabajo. Sobre todo en el primer tramo de la obra hace y deshace de forma peligrosa. Las coloraturas desaparecidas, los matices musicales olvidados y el énfasis algo errático en algunos momentos, hacen que algunos levanten la ceja con escepticismo. Y con razón aunque, todo ello, no es suficiente como para suspender al director.

Un último apunte. El criterio de Joan Matabosch va dejándose sentir en la programación del Teatro Real. Y eso es algo que hay que celebrar. La ópera debe aspirar a ser universal y accesible a todo tipo de público. Algo que el señor Matabosch sabe y quiere conseguir.