Goyescas + Gianni Schicchi = #MeGustaPlácidoDomingo

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Plácido Domingo, a sus setenta y tres años, logró poner en pie al público que llenaba el Teatro Real. Esto no es nada nuevo. Lo que sí es algo menos habitual es que un pequeño recital, entre dos óperas y programado a última hora, se convierta en el éxito de la tarde y de toda una temporada operística.

Plácido Domingo parece llenar el mundo entero. Después de montar un verdadero lío sobre el escenario, tomó algo en La Taberna del Alabardero (un lugar exquisito y de obligada visita que se encuentra muy cerca del Teatro Real de Madrid). Daba la casualidad que allí, además de Plácido, se encontraban mi esposa, mi hijo mayor y su novia. Me cuentan que al pagar, el maestro tarareó algo a la señorita que le atendía. El que escribe, mientras, asistía a la tercera parte del espectáculo, la ópera de Puccini Gianni Schicchi. Y me lo narraron entusiasmados por haber estado junto a él, por haber tenido el privilegio de escuchar tararear, a menos de un metro de distancia, algo (muy poquita cosa) a uno de los mejores cantantes de la historia de la música. La camarera parecía flotar sobre la tarima de la taberna. El carisma de los grandes artistas es así.

Como ya digo, Plácido hizo feliz a todo el que se encontró por el camino. Y su entrega es algo que no agradeceremos nunca lo suficiente. Acaba de pasar por un momento triste (la muerte de su hermana) y, por ello, ha renunciado a su papel en la obra de Puccini. Como es natural, no le pedía el cuerpo participar en algo tan divertido y disparatado. A cambio, ha regalado, a todos los aficionados que han conseguido entrada, un pequeño recital convertido en la única forma de poner de acuerdo a una platea entregada sin matiz alguno. Hacía tiempo que no se veía algo parecido en el Teatro Real. El escenario desnudo se convirtió en la caja escénica mejor dispuesta del planeta durante el tiempo que lo pisó el maestro. Su precioso registro de barítono se grabará en la memoria de muchos.

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El espectáculo programado en un principio por el Teatro Real, consistía en enfrentar las Goyescas de Granados y Gianni Schicchi de Puccini. Una partitura deliciosa, la primera, aunque acompañada de un libreto espantoso en el que no se desarrolla un solo personaje, en la que el hilo conductor de la acción se fabricó a trompicones; por lo que su puesta en escena es casi una misión imposible. La otra partitura, la de Puccini, llena de encanto, unida a un libreto mucho más poderoso y lleno de ironía y sarcasmo. Se evitó el gran escollo con las Goyescas. Sencillamente, se escuchó la ópera en versión concierto (los cantantes se dieron un paseito por el escenario y ya). La ópera de Puccini sí pudo disfrutarse en plenitud. La puesta en escena de Woody Allen es perfecta. Puccini se inspiro en los géneros que conformaron la commedia dell’arte italiana y la ópera bufa; Allen entiende perfectamente lo que quiere decir el compositor y asimila el libreto de principio a fin, logrando una agilidad narrativa y un cuadro que refleja esos retratos adorables de los personajes que se mueven en un territorio burlesco, ingenioso, cómico; que permite que el grupo luzca y que cada personaje tenga una presencia suficiente. Se arrima más a la idea que Puccini tenía sobre Gianni Schicchi que a la que manejaba Dante. Ya saben ustedes que este último lo envió derecho a su infierno literario. Los contadini, lo que hoy conocemos como nuevo rico, no le gustaban mucho al escritor. Y menos este familiar de la familia Donati que se hizo pasar por un muerto para testamentar a favor de sí mismo. A Dante no le gustaba un pelo este tipo. A Puccini, a su libretista y a Allen, les cayó simpático.

Vocalmente, ambas óperas están bien defendidas. Destacó Maite Alberola con su Lauretta (ya había acompañado a Plácido Domingo durante el recital al interpretar Madamigella Valery de La Traviata). Fue muy aplaudida. Lauretta es el personaje que ablanda a su padre con el famosísimo aria O mio babbino caro y, todo hay que decirlo, al público del Teatro Real de Madrid le gusta mucho más lo que conoce que lo nuevo para el oído o lo experimental.

Musicalmente, Guillermo García Calvo dirigió la Orquesta Sinfónica de Madrid con acierto y una delicadeza más que agradable. Por su parte, Giuliano Carella mostró un conocimiento preciso de la partitura aportando algunos matices interesantes y un gran cuidado al integrar las voces.

Pero, claro, enfrentarse a Plácido Domingo hace que todo quede en segundo plano.