Gracia Iglesias, una luz cegadora

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El festival de Perfopoesía de Sevilla, acogió a la artista conceptual, Gracia Iglesias Lodares (Madrid, 1977), esta vez, en un escaparate. La periodista, crítica de arte, docente, escritora y artista conceptual presentó su performance, La red de la Memoria, en la vitrina de una librería.

Reparé en su presencia porque me llamó la atención que estuviera metida dentro de un escaparate, pero también por lo esotérico de la escena donde se encontraba. Unas bombillas colgantes, una pequeña y redonda mesa de camilla con un paño de terciopelo, una mujer rubia y sonriente sentada en una de las dos sillas en las que algo se tramaría; porque había, también, un redondo y considerable micrófono adaptado a un ordenador, que más bien parecía una bola de cristal que podría vaticinarte el futuro.

Como el librero me comentó que era una performance de una artista plástica, me dispuse a ocupar la silla vacía.

«Primero te cuento yo y luego tú me cuentas. Mira… yo soy artista conceptual. Mis proyectos consisten en llevar una idea al plano físico. En este proyecto, La red de la memoria, el concepto que quiero mostrar es que los humanos somos memoria. Existimos mientras otros tienen recuerdos de nosotros. Somos contenedores de memoria porque guardamos hilos de memoria. Hilos, porque no conservas el recuerdo completo de un hecho, sólo un hilo y la Historia se teje con ellos. Puedes recordar a alguien sin haberlo conocido porque tu madre te contó algo que le pasó a su abuela y eso se entreteje en una gran red».

Esta es la convicción que incitó a Gracia Iglesias a rescatar recuerdos. «No hace falta que sea una anécdota, puede ser una sensación, un recuerdo que tengas de alguien, de un lugar, y lo grabo. Al mismo tiempo, también recojo hilos, lanas, todo lo que se pueda tejer. Un día me siento con todos los hilos que me han ido dando, por distintos lugares, pongo unos altavoces desde los que se escuchan las voces que he recogido, y me pongo a tejer. Empecé en marzo de 2013. Un año después me senté en el mismo sitio donde había empezado y estuve doce horas ininterrumpidas cosiendo, sin levantarme de la silla. Y tejí, tejí, tejí, lo tejía en forma de poncho para poder llevarlo sobre mis hombros. Era como una especie de ritual, en el que confería a esos hilos tejidos, la condición de recuerdos. Una especie de transubstanciación».

En teoría el proyecto terminaba ahí, pero una pregunta le sobrevino: «¿qué voy hacer, entonces, con este poncho?, que después de 12 horas me llegaba hasta los pies. La única solución posible… lo continúo, porque mientras la humanidad siga existiendo, la red de la memoria seguirá creciendo. Así que tomé la decisión de hacer de mi vida un tejido de memoria y siempre que pueda y en las ciudades que me lo permitan, iré recogiendo memorias de la gente, lana, hilos y, por lo menos, una vez al año me sentaré a tejer. A medida que yo envejezca, las sesiones se irán haciendo más cortas, tejeré en la medida de mis fuerzas».

Bueno, ¿y qué te cuento? «Me puedes contar lo que quieras, algo largo, corto, de ayer o de hace 10 años, bueno o malo. Una persona me contó el día en que se rompió todos los huesos del cuerpo y cómo le había cambiado eso su vida, hay gente que me habla de sus esposos y esposas que fallecieron, con una mezcla agridulce. La verdad que es muy bonito porque empatizo mucho con las cosas que me cuentan».

¿Y son historias sin nombres? «Los que quieren me dan su nombre, pero para archivarlas, cuando tejo, están sin nombres, sólo voces».

Mientras la escuchaba y su luz me cegaba, pensaba en que cualquiera que hubiera conocido a esta mujer estaba condenado a no olvidarla, «hay gente q me recuerda por comer cebolla, o por la que hice en Soy Poesía, en la que me puse una venda en los ojos y algún iniciador le decía a un desconocido:- toma. Lleva a la poesía contigo y después se la das a quien quieras. Y la gente me llevaba de la mano y me soltaban en mitad de la calle. Nadie me quitó la venda de los ojos, curiosamente, y yo no decía nada. Pretendía manifestar qué le ocurre a un poema cuando sale de la mano del escritor, que está desamparado ante lo que quiere hacer el lector con él, protegerlo, tirarlo, pasar de él o involucrase involucrarse».

«La que más repercusión tuvo, fue La habitación transparente (perfopesía 2009). Este proyecto necesitaba de una instalación de un cubo, hecho de metacrilato, en la Alameda de Hércules, medía 2.5 por cada lado. No tenía más que un wáter químico, de esos que ponen en los conciertos. Me metí con mi saco de dormir. Subí por una escalera y entré por una ventanita, que había en el techo y luego no podía salir. Había una rendija por la que hablaba con la gente y les pedía que me trajeran libros para poder hacer una pirámide de libros y salir por donde había entrado. El concepto de esta performance era: “los libros te hacen libre”. Porque es cierto que lo primero que te quitan en una dictadura, son los libros, la cultura para que no leas; y luego, los presos políticos lo que piden son libros. Los libros recogidos, más de 15.000, fueron enviados a los campos de refugiados saharauis, porque allí la lengua cooficial es el castellano, pero no tienen acceso a libros editados en castellano. De esta forma, los libros que me liberaron a mí luego fueron a “liberar” a otras mentes en El Sáhara. Estuve 4 días en la caja, con sus noches. La gente me traía comida, agua, amenazas, insultos; me mandaba cartas de amor, caramelos los niños. Mi primera comida me la dio un “sin techo”, que luego estuvo viniendo todos los días a traerme algo, música, compañía, algún cuento».

Enseguida me di cuenta de que toda esa vorágine artística no tenía fin ni principio, era su condición. «Siempre he sido escritora, desde niña. El juego es una manera de hacer arte sin saberlo. Y yo me quedé en niña. Y seguí jugando a ser artista. Trabajé, durante más de 10 años, en una galería de arte contemporáneo en Madrid y mi contacto con el arte contemporáneo me llevó a explorar fórmulas donde la literatura se combina con otras artes. Además, me encanta recitar y el contacto con los artistas me llevó a hacer recitales, cada vez más, performance y luego decidí prescindir del elemento “poema” y hacer la performance sin más, sin necesidad de que hubiera un texto que lo respaldase. Arte conceptual ya más puro».

En sí, ella es la vivificación de un cuento, que te embelesa y te crees. Así que no asombra que también los escriba. «Mi último libro, Subasta extraordinaria en el museo de todo lo perdido, es un catálogo con unos lotes de cosas perdidas que se van a subastar, como un diente que se le perdió al ratón Pérez, un domador perdido porque se asustó del león, la paciencia perdida, una camisa que se enamoró de un árbol y salió volando del tendedero. El precio de salida puede ser un beso, un abrazo, un colorín colorado. No hay un cuento explícito pero te lo puedes imaginar. Si ves a una oveja que apareció en el cielo, no se sabe cómo, comiéndose los rayos del sol, ahí tienes la semilla de un cuento que puedes imaginar, ¿cómo llegó la oveja a comerse los rayos del sol?».

¿Y cómo pueden seguir ofreciéndote a ti cachitos de memoria? «Estoy en muchos sitios, en internet aún no he puesto un botón para que la gente deje su recuerdo, pero soy muy fácil de encontrar». Tanto, que la descubrí dentro del escaparate de una librería.