Guión para una vida perturbada

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Una infancia marcada por el holocausto judío, un asesinato atroz y una condena por pederastia. Aunque parezca el argumento de una película de terror, en realidad son episodios que forman parte de la sorprendente trayectoria vital de uno de los  más carismáticos directores de cine de Europa. Una vida que sin duda, se refleja en sus películas.

Su cine tiene mucho de inquietante. A diferencia de otros grandes directores como Kubrick, Dreyer o Hitchcock, su técnica cinematográfica desaparece bajo la verdadera dimensión de sus películas;  lo que realmente atrae de Roman Polanski es su capacidad para hacernos sentir las emociones humanas en nuestra propia carne.

Superada ya la barrera de los ochenta años, Roman Polanski sigue siendo director de cine. En 2013 estrenó el que es, de momento, su último largometraje, La Venus de las pieles, donde como siempre las excentricidades de su narrativa aparecen bañadas de un experto barniz de clasicismo cinematográfico. Más de cinco décadas después de haber iniciado su carrera  (La Bicicleta, 1955), la inclinación de Roman Polanski por los juegos psicosexuales de la mente realizados en espacios claustrofóbicos, sigue absolutamente vigente en sus películas.

Su propia vida supera en muchos pasajes a la más excitante de las ficciones, rozando a ratos lo sublime, a ratos lo criminal. Mucho se ha escrito sobre el peso de su propia existencia en su cine, marcado por el miedo, los espacios cerrados, el sexo y las actrices casi —o sin el casi— adolescentes que, irremediablemente, terminaban convirtiéndose en sus amantes.

La edad le hace conservar los objetos que le recuerdan tiempos mejores con celo casi infantil, como la estatuilla del Óscar al mejor director conseguida por El Pianista (2002) y que no pudo recoger. O ese sillón roto que le regaló su segunda esposa, Sharon Tate, quien murió en 1969, embarazada de ocho meses, a manos de  Charles Manson, uno de los asesinos más sádicos del siglo XX.

Polanski lleva toda su vida intentando que el público y la prensa dejen de lado su polémica y azarosa trayectoria personal a la hora de juzgarle. «Me gustaría ser juzgado por mi trabajo y no por mi vida. Si hay alguna posibilidad de cambiar el destino, sólo puede ser en lo que se refiere a la vida creativa; ciertamente, no puedes cambiar tu vida».

Roman Polanski, nacido en París en 1933 y criado en Polonia, de padres de origen judío, es el director de cine más célebre de Europa, famoso por clásicos como El baile de los vampiros (1967), La semilla del diablo (1968), Chinatown (1974) o El pianista (2002). Cuando tenía solamente tres años su familia se trasladó a Polonia para instalarse en Cracovia. Esa decisión quiso que sus padres —aunque ninguno era realmente judío  de convicción—, sufrieran la persecución nazi directamente. Su madre, Bula,  falleció en Auschwitz y su padre, Ryszard pasó varios años en Mauthausen. Durante la ocupación alemana, el pequeño Roman  fue dejado al cuidado de familias católicas que protegieron al niño mientras sus padres sufrían el confinamiento en los campos de concentración.

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Según él mismo cuenta, hasta que no dirigió El Pianista en 2002 no fue capaz de reconciliarse con su infancia. Su padre volvió a casarse y él decidió que era mejor aparcar esa etapa de su vida, y  probablemente, utilizar su incipiente afición al cine como vía de escape.

Su primer largometraje, El cuchillo en el agua (1962), le valió la nominación al Óscar a la mejor película de habla no inglesa, y le permitió dejar Polonia en busca de escenarios más propicios económicamente para el cine como el Reino Unido. En 1967 llegó su primer film de su etapa norteamericana, El baile de los vampiros, donde conoció a la que sería su segunda esposa, Sharon Tate.

La desgracia vivida por el asesinato de su esposa y de su hijo aún no nacido, llevó a Polanski a un momento de absoluto paroxismo. De hecho, dejó inacabada la película que estaba rodando cuando mataron a Sharon, y durante años, fue incapaz de reponerse del golpe. Mucho tiempo después declaró en una entrevista que «ya no pienso más en ello. Tenía que llegar el momento en que dejase de pensar. Cuando ocurrió, mis amigos me decían que tenía que volver al trabajo, pero es imposible trabajar en esa situación. Eres incapaz de hacerlo. Solo el tiempo trae auténtico consuelo. Nada más.»

Durante años tras la muerte de su esposa Polanski desapareció de Hollywood, para regresar en 1974 con una de sus más brillantes películas, Chinatown. Un extraordinario Jack Nicholson  protagonizaba una cinta que es un homenaje sólido y absoluto al cine negro. Pero tres años más tarde, cuando parecía que su vida volvía a una relativa normalidad, fue condenado por la justicia estadounidense por haber abusado sexualmente de una menor de trece años —por entonces Polanski tenía ya 44— . Obligado a volver a prisión por no aceptar el juez el acuerdo al que habían llegado el fiscal y el abogado defensor, el director decidió huir de los Estados Unidos y regresar a Francia, cuya nacionalidad conservaba, e impedir así ser extraditado. Jamás ha vuelto a pisar Norteamérica.

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De su obsesión por las adolescentes nace también la polémica relación que mantuvo con una jovencísima Nastassja Kinski, protagonista de su primera película tras el escándalo, Tess (1979). A partir de entonces, y sobre todo a raíz de su matrimonio con su actual musa, la actriz Emmanuelle Seigner, treinta y tres años más joven, se acentúa en el director su obsesión por las relaciones masoquistas y las parejas que pasan del enamoramiento más absoluto a odiarse con toda su alma. En medio de ese cine lleno de notas personales, aparecen dos películas en las antípodas la una de la otra: el fiasco que fue Piratas (1986), y la obra maestra que realizó en el Pianista (2002). Solo por el sentimiento inabarcable que produce en el espectador ese plano general del protagonista en mitad de la desolación del ghetto de Varsovia, ya valdría la pena toda la obra cinematográfica de Polanski.

Esa visión descarnada del mundo, de un horizonte infinito y desolado, parece alejada mil años del claustrofóbico espacio de miedos, obsesiones y sexo de la mayor parte de su cine. Y sin embargo, nunca Polanski fue tan Polanski como cuando regresó a su infancia para conjurar los fantasmas de una existencia marcada por la tragedia y la polémica.

Emma Camarero es profesora de comunicación audiovisual en la Universidad Loyola Andalucía y directora de cine documental.