Gus Gracey: Un canto a la vida resucitada

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Asomarse a la obra de Gus Gracey supone estar dispuesto a ser arrastrado por una vorágine capaz de hacer sucumbir cualquier idea previa de lo que es la vida y obra de un pintor. De lo que es gestar un cuadro. De cómo evoluciona el trazo desde la inmadurez vital y artística, hasta llegar al culmen y apogeo de su obra, cuando miles de pinceladas hacen que el trazo del color sea como respirar; cuando la vida le ha mostrado ya todas sus caras, y todas sus pulsiones, y puede sin miedo dejarse arrastrar por la materia.
Asomarse a la obra de Gus Gracey es llegar a la exposición que lo consagra (Londres, 2010), y descubrir que es la primera. Que esos más de ciento cincuenta cuadros expuestos – maduros, acabados, perfectos- han sido pintados en sólo ocho meses. Que la última, este otoño pasado, en el Eduardo Úrculo de Madrid, es una retrospectiva. Que son más de mil quinientos los cuadros pintados en menos de cinco años. Los transcurridos desde el día en que decidió dedicarse a pintar, pintar febrilmente y sin descanso, dejando todo lo demás. Desde que se encerró en el cuarto de las monturas, autoexiliado de su vida previa, como quien busca encontrarse con su animal del gran poder, pero sabiendo de antemano cuál era éste: él mismo. Resulta difícil imaginar, y asimilar, además, que en tan poco tiempo haya sido capaz de llegar a esas cotas de expresividad.
Algo así no surge de pronto, espontáneamente, por las simples ganas de llenar una superficie de pintura. Aunque confluyan. No basta. Para conseguir algo como lo que Gus Gracey hace -y hace además como quien respira-, es necesaria toda una vida de observación, de aprendizaje, y de trabajo. Hace falta una vida entera preparándose para el momento de plasmar el primer trazo. De haber vivido, sentido, y creado tanto como para que la mano no tiemble al coger por primera vez una brocha o una espátula impregnada de  pintura, extender la primera pincelada, y saber, saber sin duda, que ese era su sitio. Como lo ha sabido en todas las que ha dado después de la primera, y en todas las que seguirán. Hace falta una vida como la suya. Cierto, jamás había cogido un pincel, pero Gus Gracey ha pasado la vida formándose, consciente o inconscientemente para esto. Nació para pintar, y siempre lo supo. Siendo ya un buen dibujante desde pequeño, no pudo, sin embargo, estudiar Bellas Artes, así que se dedicó a la fotografía y a la literatura. Más de 80 libros, miles y miles de fotografías, collages, carboncillos…, prácticamente todos los lenguajes y formas de expresión. Preparándose para ese momento que no sabía cuándo, pero sí que llegaría; y aprendiendo, y aprehendiendo todo a su paso. Antes de hacerla pictórica, ya tenía en la cabeza la estructura de la composición, plasmada en encuadres fotográficos, y en la de sus poemas y libros –imágenes yuxtapuestas de palabras, pinturas hechas verbo-, lo que hace que al ver sus cuadros uno tenga la nítida sensación de que ha llegado a ellos tras una vida desdoblada, en la que pintó todos los ismos, todas las escuelas, todos los pintores, hasta que cogió una brocha y se dedicó a divertirse y jugar con los colores siendo él mismo. Con los colores, con las formas, con los materiales, con las herramientas, con los soportes. Todo está ahí: brochas, espátulas, lienzos, cartones, puertas, colchones deshinchados; todo es susceptible de convertirse en arte entre sus manos.
Su ida al cuarto de las monturas es fruto de una decisión consciente, vital y necesaria, porque llevaba toda la vida interpretando la realidad desde fuera con la fotografía, y volcando desde dentro con la escritura, pero el lenguaje se le hizo pequeño. Insuficiente. Todo estaba interiorizado y listo para el salto. A pesar de la aparente simpleza de muchos de los contenidos, tienen éstos una carga pesadísima de reflexión, vida y verdad. Su arte es serio y profundo, conocedor de las reglas que la pintura lleva, como todo (su gramática, su sintaxis, sus elementos para ser entendida e interpretada, su lenguaje, en suma) y, si bien formalmente se puede considerar que es expresionista, lo que ha hecho en realidad es crear un leguaje nuevo y propio. Una gramática. Su obra no es simple, ni sencilla. Sabe dónde tiene que estar cada una de las pinceladas, sin más. Lo sabe, lo siente, y lo cierto es que están exactamente donde deben, y del color que deben. Incluso cuando su elección se debe a que se le acabaron los demás. No importa. Siempre son. Sus cuadros, siempre, están llenos de capas de significado, y de puertas a historias que muchas veces tan sólo se percibe que están. Unas veces, gracias a los textos que acompañan a muchas de ellas, se entienden, y otras quedan, como la vida, sujeta a la propia interacción del espectador, a sus propios condicionamientos, a sus propias vivencias, para contar la historia. Nada hay que esté por azar.
Sirven sus cuadros para ilustrar un poema, cientos de poemas, pronunciados o no, y todos los sueños que todos hemos tenido alguna vez. Incluso las pesadillas. Destilan pasión y honestidad. Vida, en suma. Vida febrilmente atrapada en imágenes. Vida subvertida con colores y brochazos llenos de pasión y realidad, devolviendo al arte a lo que debe ser: algo que no puede generar indiferencia. Un canto a la vida, sí, como la poesía de Whitman, pero a la vida observada, y vivida, siempre intensamente. Hay, o me lo parece, a veces, inmensa melancolía en sus cuadros. Hay crítica, y exaltación. Hay visión social, realidades, enfoques, contrastes, pasiones, pecados, semblanzas, ciudades que no son como muestran los planos, yeguas bajo cielos oníricos, mujeres, su perro Golfo -inseparable sombra- retratos…,hay todo, pero todo desde un color rabioso y un entusiasmo por la vida permanente. Un bello y fantástico canto a la vida, con todo lo que ella tiene.