Hablar. Comunicarse. Leer

abuelaza
Mi abuela Inocenta era una mujer, prácticamente, analfabeta. Leía y escribía con muchas dificultades. Sin embargo, durante los meses de verano que pasaba con ella en Toledo, era capaz de contarme leyendas y todo tipo de cuentos. Los había aprendido siendo niña y los repetía con enorme fluidez y gracia. Desde el primer día hasta mi regreso. Mientras pelaba judías verdes, mientras limpiaba montoncitos de arroz, mientras zurcía un calcetín. Los narraba despacio para que yo pudiera comenzar a memorizar o los cantaba para entretenerme mientras cocinaba o regaba el patio. Muchos de aquellos relatos, los sigo recordando con claridad, todos siguen provocando en mí una atracción extraordinaria.

Más adelante, cuando no pudo seguir viviendo sola, comenzó a residir en casa de sus hijas. Una de ellas era mi madre. Cada seis meses viajábamos a Toledo para traer a la abuela hasta Madrid. Ya era muy mayor. Estaba cansada y, en lugar de narrarme historias mil veces escuchadas, me pedía que fuera yo el que contase las mentiras de la vida. Creo que disfrutaba tanto como yo lo hacía en la casa de Toledo. Jugábamos a ser libros imposibles, periódicos disparatados o cualquier otra cosa que nos permitiese evitar el mundo; nos gustaba quedarnos en esa zona de la realidad para evitar el resto.

Los meses que no estaba la abuela en casa, dedicaba buena parte de mi tiempo a leer los libros que mi hermano Antonio me recomendaba. Aprendía tramas que más tarde repetiría a aquella ancianita que se consumía mucho más rápido de lo que estaba previsto. Mi adolescencia se convertía en su vejez.

La abuela me contagió el afán por contar historias (por hacer solitarios, también); mi hermano Antonio su pasión por la literatura (por la soledad, también). Al fin y al cabo, el amor por la palabra, por el lenguaje. Los cuentos y leyendas de una y los libros del otro, me marcaron para siempre. Como persona y como escritor. Eran tiempos en que la televisión no era tan imprescindible como parece ser ahora; tiempos en los que no existía Internet. Nadie sentía la necesidad de vivir pegado a un teléfono móvil. Se hablaba más que ahora, se necesitaba charlar con otros. Por eso se hacía mucho más y mucho mejor.

La necesidad de contar historias se instaló con rapidez a mi alrededor. Es verdad que hubo etapas en que abandoné todo lo que tuviera que ver con las letras. Son esas cosas que les pasan a los jovencitos al descubrir el primer amor, el entretenimiento fácil, la ley del mínimo esfuerzo o la desconfianza en sí mismos. Por aquel entonces, ya comenzaba a propagarse, también, una idea perversa y estúpida: las letras eran cosa de torpes y las ciencias representaban un magnífico futuro. Supongo que esto influyó en que me apartase de los libros y que si tenía que realizar algún esfuerzo eligiese otras cosas para hacerlo.

Pero la vida te lleva hasta territorios inesperados. Del mismo modo que abandoné la literatura, la volví a encontrar. Esta vez sería para quedarme pegado a ella. Mi novia de entonces, la que es ahora mi esposa, se empeñó en que regresara a ese lugar que tenía olvidado. Con entusiasmo, con delicadeza, logró que recuperase un mundo en el que reposaba mi gran vocación.

Las viejas referencias estaban en el mismo lugar que las dejé. Intactas. Libros que había leído años atrás se convertían en un nuevo descubrimiento. Poco después ya tenía decidido no volver a alejarme, poner en marcha la maquinaria y escribir.

El regreso a la literatura supuso un cambio absoluto. El universo se derrumbó por completo. Apenas servía nada. Hubo que levantar otro a la medida. Aunque no fue del todo traumático. Los materiales, el trabajo anterior, ya estaba en el lugar exacto. Se trataba, más bien, de reconstruir, de disciplinarse de forma distinta.

Aprendí que son la delicadeza y el entusiasmo de otros, los que te enseñan y te animan a seguir un camino. Jamás un empujón o una orden. Leer significa un esfuerzo enorme. Imaginar es un trabajo duro. Escribir es un sacrificio que supone dejar muchas cosas atrás y la renuncia a lo sencillo, a lo cómodo. Escribir o leer supone un ejercicio de inteligencia enorme. Y para que una persona transite esos caminos es necesario que la compañía asuma su papel. De otra forma es imposible. El amor por la literatura siempre se acompaña de la pasión que otros te dejan en forma de poso indestructible. Supongo que por esta razón he dedicado tantas a horas a la enseñanza en el área de la escritura creativa.

Leer bien abre la puerta a escribir bien. Sin la lectura nadie puede aspirar a ser escritor. Pero jamás puede ser obligatorio, o motivo de recompensa.

Son muchos los que me preguntan, alarmados, qué pueden hacer para que sus hijos lean. Desde luego, nada de chantajes. Eso de te dejo salir con los amigos si lees quince páginas es un error monumental. Desde luego, nada de imposiciones. Obligar a leer es tan absurdo como obligar a amar. No cabe, no hay posibilidad. Siempre me quedo con las ganas de hacer la misma pregunta a los que se sienten tan preocupados por el hábito lector de sus hijos. ¿Cuántas horas de lectura dedica al día? Él o ella no, usted. ¿Cuántas horas pasa frente al televisor? ¿Cuántos libros ha leído usted en busca de posibles lecturas que le vayan bien a su hijo? ¿Qué es lo que cree que va a encontrar su hija en un libro? No pregunto nunca; prefiero mantenerme en la ignorancia.

En cualquier caso, la lectura es algo que se encuentra, que no se impone. De nada sirve tragarse un libro para tener mejor nota o para conseguir mantener a tus padres tranquilos.

Alguna que otra vez, he sugerido a los amigos que piden consejo, que dejen leer a sus hijos los libros de Charles Bukowski. Bukowski es un autor canalla, sucio, extremo, magnífico. Y suele ser un valor seguro entre los jóvenes. Y no, no consienten que sus hijos se acerquen a esa periferia de lo bello sin saber que lo hermoso de la palabra nada tiene que ver con la realidad representada. Todos quieren que lean Guerra y Paz de Tolstói, sin ver que el hábito de leer se adquiere por caminos extraños y, muchas veces, sendas que refuerzan el carácter transgresor del adolescente.

Si queremos que nuestros jóvenes lean hay que separarles de muchas cosas, nunca de sí mismos; hay que arrimarles a la gran literatura para que descubran que el mundo es incomprensible si no conocen la ficción. Pero lo mojigato, lo puritano, o lo correcto, no es lo único que podemos ofrecer a los jóvenes. Si queremos que nuestros jóvenes lean, no podemos mostrarles una labor ardua que no les aporta nada. La pasión de los jóvenes no viene de lo material; la pasión llega de la sorpresa, de la maravilla que significa ser libre, de las ideas alejadas de lo convencional, de un mundo extravagante. Pero sobre todo de un sentido. Del sentido que necesita descubrir el joven lector. La explicación de su propia existencia.

Mi abuela Inocenta era una mujer, prácticamente, analfabeta, pero supo hablar conmigo, supo comunicarse y abrir puertas que eran desconocidas para mí. Hablar, comunicar. Tal vez esa sea la clave. Así de sencillo.