HANNAH Y SUS HERMANAS: UN REGALO DE ACCIÓN DE GRACIAS

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Woody Allen demostró con esta película -que muchos consideraron en su día solo una comedia más- que, además de prolífico director de cine, es todo un autor. La influencia de Bergman por un lado y de Cukor por otro, le convirtió, así, en el realizador norteamericano que más gustaba en Europa. Y que lo siga siendo, con sus más y sus menos.

Un servidor descubrió esta gran película de Woody Allen durante una noche de Reyes. La película era un regalo, aunque no era el que suscribe su destinatario, lo que, pasado el tiempo, hace que su comentario esté teñido de cierta nostalgia.

Woody Allen, con este film, abandonaba el tono lastimero y protagónico de sus oportunísimas primeras obras (Toma el dinero y corre, Zelig,…) y lo hacía ambientando, desde su por entonces ídolo Ingmar Bergman, una película sencilla y cargada de enjundia filosófica y vital. La producción de Charles H. Joffe resulta, se mire por donde se mire, perfecta. Resultó que Joffe le acompañó hasta que el clarinetista, escritor y director de cine filmase Vicky Cristina Barcelona. Poco después murió.

Por aquel entonces, cuando se rodó Hannah y sus hermanas, cuando hablábamos en los corrillos del colegio del cine de Allen, pensábamos que Septiembre e Interiores eran sus únicos dramas. ¡Y qué equivocados estábamos!, sobre todo, al querer clasificar una obra como la del prolífico geniecillo de Manhattan con mimbres tan primarios.

Todo empieza y acaba, como tratábamos de sugerir en el título, el cuarto jueves de noviembre de un año cualquiera. Un jueves que para americanos y canadienses es como aquí, en España, la Pascua Navideña; es decir, el día en que la familia se reúne, en este caso con un enorme pavo asado cocinado por la anfitriona principal y donde los padres o abuelos cantan y tocan canciones al piano. Estamos en un hogar de clase burguesa en Manhattan, un hogar donde Hannah (Mia Farrow), Lee (Barbara Hershey) y Holly (Dianne Wiest) son las protagonistas. Celebran en primera instancia el éxito en las tablas de la primera de ellas interpretando el personaje principal de “Casa de muñecas” de Henri Ibsen, obra que no sólo no es casual en su elección, sino que hará cambiar a un registro más shakespeareano como actriz a la mayor de las hermanas.

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Hannah está casada con un analista financiero llamado Elliot (Michael Caine) que bebe los vientos en busca de una aventura por Lee, casada a su vez con un bronco e intransigente artista plástico (Max Von Sydow). A su vez, la protagonista mantiene una relación de amistad con el hipocondríaco personaje interpretado por Allen, productor televisivo de un programa que le mantiene en constante riesgo de colapso nervioso. Por otro lado, Holly conoce en un evento a un arquitecto que le invita a la ópera, aunque su amor está por llegar.

Resulta portentoso el trabajo de todos los actores y algo que ayuda es la presencia delante de la cámara tanto de Hershey como de Wiest, que empiezan siendo unas inestables señoritas; la una con un pasado de alcohólica, frágil; la otra ex cocainómana a la que cada proyecto que emprende le va sumiendo más en sus derrotas; pero si para algo quiere Woody Allen a sus personajes e historias es para acabar comparándolas con la aparentemente fuerte y siempre resistente Hannah, el pilar básico de la economía y los sentimientos familiares, tan susceptible de caer como las otras dos, y a la vez volcada en su adoración por ambas.

Fotografiada por el italiano Carlo di Palma, con montaje de Susan E. Morse y oportuna y variada partitura musical; el film es una delicia otoñal y melancólica que recorre las cuatro estaciones del año; el tratamiento de los temas resulta agradable por lo dulcificado, debido a que se opta por narrar y narrar, no buscar culpables a las situaciones vitales de nadie; en este sentido, la huella de su autor resulta tan plúmbea y delicada, como pesada la carga emocional que se desprende de ella, tan identificable en familias anteriores y posteriores a su filmación, como educada, tranquila y que pide permiso siempre para entrar en nuestra vida.

La utilización del verso de e.e.Cummings está realizada con tanta naturalidad (“ni siquiera la lluvia tiene las manos tan pequeñas”) como oportuno resulta el recurso de meter a Holly a dramaturga, tras sus vanos intentos de seguir los pasos de su hermana Hannah. Y es gracias a ellos y a la sensibilidad, tan propia por otra parte de grandes como George Cukor, que desprenden el guión y las interpretaciones, por lo que nos encontramos ante una pieza única de su director, quizás porque en ella actúen elementos más inconscientes que puramente meditados, más vitales (ignoramos como fluían las relaciones entre el director y Mia Farrow por aquel 1986) que concienzudamente construidos y sin embargo tan bien escritos en sus diálogos como siempre.

Entre los premios cosechados destacaron tres Oscar de la Academia (guión, actor secundario- Caine y actriz secundaria- Wiest) con siete nominaciones previas, mejor comedia en los Globos de Oro, con cinco nominaciones; dos BAFTA al mejor director y guión, así como el de mejor guión extranjero en los italianos David di Donatello y una nominación a los César franceses como mejor película extranjera.