HIROSHIMA, LA PAZ DE LOS NIÑOS

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Se cumplen cincuenta y nueve años de la muerte de la niña Sadako Sasaki, víctima de las consecuencias letales de la radiación desencadenada por el infierno atómico sobre Hiroshima. El escenario de la tragedia es un símbolo de paz, de esperanza y de renacimiento. “Soportando lo insoportable y sufriendo lo insufrible, hemos resuelto preparar el terreno para una gran paz, para todas las generaciones que están por llegar”, la alocución del emperador Hiro Hito sentó la base de un sentimiento nacional.

Hoy Hiroshima son los niños. Innumerables grupos escolares que ocupan vagones enteros en el tranvía, en los coches de ferrocarril, y que después recorren, de la mañana a la noche el escenario de la hecatombe. Vestidos con sus uniformes de colegio como muñequitos dibujados por un mangaka.

Cuando Sadako Sasaki supo de la leucemia que envenenaba su sangre se puso en manos de los dioses tutelares. Aconsejada por su amiguita Chizuko Hamamoto decidió empeñarse en la labor del origami y construir mil grullas de papel, lo que le permitiría volver a caminar siguiendo las creencias de una antigua tradición japonesa. Por ella misma lo hizo, pero también pensando en todas las víctimas de la bomba que luchaban contra las consecuencias de la radiación. No consiguió terminar su tarea. El 25 de octubre de 1955, la niña Sadako Sasaki moría con apenas doce años de edad. Pero sus compañeros de la escuela continuaron su labor y completaron aquellas mil grullas. Ese movimiento solidario se materializó en el Monumento a la Paz de los Niños. Diseñado por los artistas nipones Kazuo Kikuchi y Kiyoshi Ikebe se financió con los fondos recaudados en los centros docentes. Es un triple arco hiperbólico de cemento sobre el que se yergue la escultura esquemática de Sadako levantando su grulla de papel. En su base figura la siguiente inscripción: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.

Hoy Hiroshima son los niños. Infinitos niños que van dejando flores y ristras de grullas de papel de todos los colores que forman la bandera de la paz. Emociona escuchar sus himnos, sus discursos. Su alegría es la esperanza de un futuro sin armas atómicas. Hiroshima es una ciudad alegre de grandes bulevares y puentes sobre los brazos del río Ota, llena de niños que hacen sonar continuamente el bronce de La Campana de la Paz decorada en sus relieves con el mapa del mundo. Sin cesar, ese sonido profundo se extiende sobre el Parque Conmemorativo de la Paz llenando el espacio.

Comparado con todo esto, la Cúpula Atómica resulta de una sorprendente banalidad, no deja de ser una ruina, la de un edificio herido. El Palacio de la Exposición de la Prefectura, diseñado por el arquitecto checo Jan Letzel en 1915 en un prematuro estilo art decó, es la estructura más cercana al centro de la explosión que permaneció en pie y se han conservado sus vestigios como el símbolo de la permanencia y de la resistencia que la ciudad encarna. Es la imagen más conocida del parque conmemorativo y sin embargo, los pequeños memoriales que se extienden entre los árboles son más emotivos, más impactantes, quizás más cercanos en su cualidad simbólica. Una pequeña colina de césped coronada con una pequeña pagoda de piedra entierra las cenizas de las 70.000 víctimas inidentificadas de la explosión nuclear, se trata del Monte Conmemorativo de la Bomba Atómica. Muy cerca se encuentra el monumento con el que Japón quiere recordar a los 20.000 coreanos que murieron en el bombardeo, inocentes para ese castigo, esclavizados y conscriptos. Doblemente maldecidos por el destino.

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En la Sala Nacional Conmemorativa de la Paz de Hiroshima se recrea en un espacio circular la imagen fotográfica de la ciudad destruida según se recogió en los primeros testimonios gráficos desde ese mismo lugar físico, el epicentro de la explosión. Es un lugar donde habita el silencio, los computadores permiten acceder a las bases de datos de las víctimas y arrojan incesantemente sobre unas pantallas los nombres y las fotografías de cada uno de ellos: Niños, enfermeras, funcionarios de correos, amas de casa, adolescentes enrolados en el ejército, señoritas casaderas, doctores, ancianos vestidos con trajes occidentales o mujeres con quimono, serios o sonrientes. Vivos. Cerca de allí, la llama de la Paz arderá mientras no se destruya la última arma nuclear que exista en nuestro planeta.

Japón ha edificado su prosperidad sobre la mayor tragedia provocada por el hombre. Consciente de sus errores se reconoce responsable, como sociedad, de haber alentado a los belicistas en su proyecto de expansión en el Pacífico, de la esclavitud de Corea y de Manchuria. Y se ha empeñado en la tarea de guiar al mundo hacia la paz mediante la educación de sus pequeños, rindiendo así a sus muertos el homenaje inscrito en el cenotafio: “Descansad en paz pues el error no se repetirá nunca.”

El 6 de agosto de 1945 el hongo nuclear germinaba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, el día 9 del mismo mes, Nagasaki era desolada por otro semejante. Seis días más tarde el gobierno japonés capitulaba para evitar la aniquilación absoluta de su civilización anunciada en Postdam por los aliados y el emperador se dirigía a la nación para anunciar la rendición. Era la primera vez que el pueblo escuchaba la voz del Tenno y la recibió a través de la radio, paralizada por el terror ante la excepcionalidad de ese instante funesto. Fueron muchos los que lloraron con el rostro enterrado en el polvo. Decenas de militares cometieron el suicidio ritual –seppukku-.

Paul Tibbets el piloto que tripulaba el Enola Gay, el aeroplano que soltó la bomba, murió muchos años más tarde, loco por el miedo y la destrucción que había provocado. Jamás dejarían de sonar en su cabeza las palabras pronunciadas a la vista de la nube atómica: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”

Ayuda en Acción es una organización que trabaja, desde hace 33 años, para contribuir a garantizar a las personas desfavorecidas y excluidas de los países donde tenemos proyectos, el disfrute de derechos básicos como la alimentación, la educación, la salud, el agua o la vivienda.

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Uno de los factores diferenciadores de nuestra Organización es el apadrinamiento. Mediante esta fórmula de colaboración damos a nuestros socios y socias la oportunidad de colaborar no sólo mediante una aportación económica, sino también personal y emotivamente. El vínculo solidario establecido con el apadrinamiento permite poner en contacto la realidad de pueblos diferentes a través del conocimiento personal de un niño o niña y su entorno. Con la aportación de los padrinos y madrinas no sólo se contribuye a mejorar las condiciones de vida de un niño o niña y de su familia, sino que se colabora en un programa de desarrollo que mejora las condiciones de vida de toda la comunidad.

Además, desde el pasado curso escolar hemos ampliado nuestro ámbito de actuación a España, donde hemos puesto en marcha un programa de apoyo a la infancia y a las familias en riesgo de exclusión social. Este programa está contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de miles de niños y sus familias a través de becas de comedor, becas de material escolar y libros, y la generación de oportunidades laborales mediante talleres de empleabilidad.