HISTORIA DE UNA MONJA

The Nun's Story 2

Antes de Historia de una monja, Audrey Hepburn había dado vida a jóvenes ingenuas, encantadoras y elegantes. En esta película y gracias a la brillante dirección de Fred Zinnemann, demostró que era capaz de bordar un complejo personaje de agitada vida interior.

Fred Zinnemann fue uno de los numerosos judíos centroeuropeos de gran talento que aterrizaron en Hollywood en la época dorada. En la obra de este suave pero tenaz austriaco apreciamos que le interesó tratar la resistencia en dos acepciones. Tanto en cuanto fortaleza del individuo que trata de preservar su integridad frente a la presión social o de las instituciones para amoldarle a determinados patrones, como el fenómeno histórico de la Resistencia frente al invasor nazi durante la II Guerra Mundial.

En Historia de una monja (The Nun’s Story, 1959) el director aunó ambas temáticas, narrándonos los avatares de una religiosa belga, la hermana Lucas, que en un periodo entre la década de los veinte y los comienzos de la II Guerra, vive entre Bélgica y el Congo Belga. Su vocación por la atención a los enfermos supera con creces su compromiso con los ritos eclesiásticos. Por ello, se debate desesperadamente a lo largo del metraje, tratando de conciliar las exigencias de su conciencia con el voto de obediencia, hasta que dicha lucha culmina cuando debe decidir si permanecer neutral ante la invasión nazi, como le demandan sus superiores, o unirse a la Resistencia.

La novela en que se basó la película, inspirada a su vez en una mujer real que finalmente decidió volver a la vida secular, abordaba una cuestión delicada para la década de los 50. La productora Warner Brothers contrató a Zinnemann porque tenía justa fama de tratar con honestidad combinada con diplomacia materiales controvertidos. Así, años antes, había llevado al cine De aquí a la eternidad, otra popular novela que retrataba con escasa amabilidad la institución castrense americana, y lo había hecho con tal ecuanimidad, que el mismo ejército se avino a prestarle instalaciones castrenses para ambientar el rodaje. De igual manera, en Historia de una monja, su aproximación al relato fue tan respetuosa y tan alejada de burdos maniqueísmos, que logró obtener el beneplácito de la Iglesia católica y su apoyo a lo largo del rodaje. Y ello pese a que el factor catalizador del abandono de la congregación por parte de la protagonista fuera la muerte de su padre a manos de los nazis, sin que ella pudiera ya seguir acatando la neutralidad mostrada por la jerarquía eclesiástica durante la guerra.

La pieza fundamental de la obra es la interpretación de Audrey Hepburn. Esta sensible actriz compartía muchas cosas con la hermana Lucas. Ambas eran belgas que padecieron la opresión nazi y que sufrieron la pérdida de su progenitor. Ambas eran gentiles, respetuosas y llenas de dignidad. También eran mujeres frágiles en apariencia pero dotadas de una voluntad férrea. A diferencia del personaje, Hepburn no era religiosa, pero proporcionó al personaje una espiritualidad que se alimentaba de su empatía, sus buenas intenciones y su interés por sus semejantes. Por eso, lo que recordamos años después de ver la película es sobre todo su imagen, con su expresivo rostro triangular enmarcado por la toca, sus grandes ojos oscuros y esa sonrisa melancólica que parecía ocultar vetas de profunda tristeza.

audrey-hepburn-monja

No obstante, también los secundarios estuvieron excepcionales. Zinnemann siempre supo aplicar amabilidad y tesón para obtener interpretaciones comprometidas de todos los actores. Peter Finch encarnó al cirujano volcado en su labor en el Congo Belga, que admira profundamente las extraordinarios cualidades como enfermera y como ser humano de la protagonista y que está platónicamente enamorado de ella. Trabajar juntos es gratificante para ambos porque viven con idéntica entrega la vocación de curar a los enfermos. Pero este doctor es también el personaje que más angustia le provoca a la joven porque le hace ser consciente de que, a diferencia de otras monjas, ella no transmite serenidad sino zozobra. Incisivamente, el médico le pone en evidencia que todo en ella grita su agotadora lucha interior entre lo que desea ser y lo que es. Finch era un hombre interesante y un actor excelente, capaz de transmitir un amplio espectro de emociones con la profundidad de su mirada y con gestos aparentemente pequeños. Las superioras del convento fueron encarnadas por actrices de gran nivel como Peggy Ashcroft y Edith Evans.

Un papel corto pero muy importante fue el del padre de la hermana Lucas, encarnado por Dean Jagger, cuyo trabajo como brillante cirujano es la principal causa de la vocación de su hija. Compartió con Hepburn algunos de los momentos más conmovedores de la obra, como aquel en el que, antes de ingresar en el convento, ella le dice que hará todo lo posible para que esté orgulloso de ella y él responde: “No quiero estar orgulloso de ti. Quiero que seas feliz”.      

Zinnemann hubiera deseado rodar la película diferenciando entre los años en Europa en blanco y negro y el periodo en el Congo Belga en color. Su idea era transmitirnos el evidente contraste entre la experiencia de la protagonista en ambos continentes: años de mayor frustración en el primer mundo frente a una etapa de cierta realización personal en el tercero. Pese a que el estudio le obligó al director a realizar en Technicolor todo el metraje, a través de la excelente fotografía, decorados e iluminación, logró retratar claramente el contraste entre las dos etapas. Los exteriores e interiores rodados en Europa son mates, solemnes, sobrios y recuerdan en ocasiones a cuadros de los pintores clásicos flamencos. Por el contrario, las secuencias rodadas en el Congo resultan vibrantes de colorido y vitalidad: la exuberante vegetación, las caudalosas aguas del río, las llamativas vestimentas de los nativos y las sonrisas luminosas de los niños acompañan el estado de ánimo de la hermana Lucas, algo más feliz en este periodo de su vida.

Zinnemann ha sido uno de los grandes narradores del cinematógrafo. A algunos nos sorprende que no tenga el reconocimiento que reciben otros creadores tal vez más innovadores en los aspectos formales de este noble arte, pero no siempre igualmente dotados para construir un relato bien estructurado y lleno de coherencia. La teoría del autor iniciada por Cahiers du cinema, que ha ensalzado a veces la forma antes que el fondo, no es siempre justa porque pretende que es más valioso el realizador reconocible por un estilo único que se percibe en ciertos elementos reiterativos en su obra frente al que diversifica. ¿No es acaso también admirable la filmografía de un artista como Zinnemann que buscaba apasionadamente contarnos historias que nos mostraran facetas universales de la condición humana y que siempre puso la forma al servicio del contenido? A través de un lenguaje cinematográfico preciso, depurado y carente de pretensiones, este inteligente austríaco nos hizo vibrar como pocos. Su legado es una clara manifestación de una inteligencia, una pasión por el trabajo bien hecho  y un talento artístico únicos.