Historia del jazz: El nacimiento

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Durante las próximas semanas haremos un repaso a la historia del jazz. No se trata de profundizar en algo que requeriría un espacio distinto y mucho mayor. La intención es señalar asuntos importantes, nombres imprescindibles y algunas obras que pueden ayudar a entender este tipo de música y su entorno. Comenzamos intentando descubrir las claves del nacimiento del jazz.

Todavía hoy, el jazz es una música que no presenta problema alguno ante el noviazgo propuesto por otros estilos u otras formas de interpretar; desde el principio, no pierde su arraigo en el blues aunque está en constante movimiento, nada de lo anterior sirve al músico que interpreta jazz para poder mostrar cómo entiende él las cosas, cambia constantemente buscando nuevas formas con las que celebrar la vida. El jazz es la propia vida, su ritmo. Nació con esa vocación y la ha mantenido intacta hasta la fecha. Cuando comenzó a tomar forma, el jazz se fue dibujando como una forma de arte en el que la improvisación es fundamental, en el que un grupo de personas utilizando el lenguaje musical era capaz de dialogar para explicar.

A principios del siglo XIX, en Nueva Orleans se concentraban personas de todas las nacionalidades imaginables. La convivencia era excelente entre ellos. Y allí había, también, esclavos negros. Siempre se apunta a esta ciudad como cuna del jazz aunque en cientos de lugares estaba pasando algo similar.

Por una parte, el esclavo canta y sigue un ritmo concreto. No solo al hacer música. Estos hombres y mujeres aprender la improvisación cuando se encuentran fuera de su entorno natural obligados con violencia. No saben qué hacer y aprender improvisando. Eso se dejará notar en la música. Por otra, las costumbres norteamericanas, dada la gran cantidad de elementos culturales que se juntan en las diferentes ciudades, se van tiñendo de todo lo nuevo. El jazz es el producto de la mezcla de diferentes elementos culturales que antes eran independientes unos de otros. A este fenómeno de fusión se le llama sincretismo. Pero esto serviría, al mismo tiempo, para que apareciesen otras formas de expresión musical híbridas: el blues, el cajun o el zydeco. Aquellas ciudades, aquellos esclavos, fueron fundamentales en el nacimiento del jazz.

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En Nueva Orleans, durante 1817, permiten a los esclavos negros bailar y cantar en Congo Square. No solo se encontraban en las calles de Nueva Orleans negros africanos. Habían llegado de las antillas esclavos que traían consigo ritmos caribeños, de sudamérica otros que aportaban ritmos de trabajo y otros más eclesiales. Por otra parte, los criollos de color aportan un refinamiento musical muy europeo. Jelly Roll Morton (criollo y pionero del jazz) llegó a decir que “si no se consigue poner dejos españoles en las melodías nunca se tendrá lo que yo llamo el aliño adecuado para el jazz”. Todo está preparado para que las músicas se mezclen, para que lleguen las primeras piezas que nos llevarán al nacimiento de una de las formas de música más importantes de la historia.

Las calles se llenan de bandas de metal. Son muchos los desfiles que se acompañan con esta música. El Mardi Gras es una realidad. El desenfreno en la vida de Nueva Orleans es cada vez mayor, la prostitución y el juego son el gran negocio de la ciudad y, paradójicamente, la religiosidad –del cristianismo al budú- inunda la ciudad.

Todo este movimiento está muy ligado a otro tipo de híbridos musicales que fueron dibujando el escenario más propicio para la irrupción de algo que se fuera elaborando con fuerza. Los minstrel shows o juglares son el ejemplo más claro. Nacen antes de la Guerra Civil y son ofrecidos por blancos, pintados de negro, que imitaban a los negros intentando ridiculizar las costumbres de los esclavos. Pero llegó el momento en que los negros, aprovechando algunas circunstancias permisivas, hicieron lo mismo en sentido inverso. Llegó un momento, cuando más aporta al nacimiento del jazz, en que la cosa de los minstrel shows es compleja. Sería algo así: imitación por parte de los negros de la caricatura que hicieron de sus costumbres los blancos (incluyendo la música) que interpretaban hombres blancos disfrazados de negros y negros disfrazados de blancos. Un híbrido que se proyecta sobre otro nuevo que es el jazz.

La abolición de la esclavitud permitió que el jazz comenzase a existir. Se produce una explosión enorme de creatividad durante el tiempo que dura lo que se conoce como “la reconstrucción”. Aunque en 1877, al retirarse las tropas del sur de Norteamérica, la ley blanca regresa con toda su brutalidad para cortar por lo sano todo aquello que representara cierto grado de libertad de la población negra. Nueva Orleans se libra, en un principio, de este cambio tan brusco. Por ello, escapando de las llamadas leyes Jim Crow, llegan a la ciudad los que creen que tendrán un futuro algo más cómodo. Con ellos, llega el country blues.

El blues busca más la estética que la degradación que manejaban los juglares. Es una música muy elástica y ya es totalmente americana. A diferencia de lo que siempre se ha creído, el blues no es triste. Al contrario, es una forma de escapar de la tristeza. Es pariente de los cantos de iglesia. Toda la música americana se teñirá de blues. Incluido el jazz.

Actualmente, el blues nos lleva hasta una forma exacta en segmentos de doce compases que reposan en armonías de tónica, dominante y subdominante en los que dominan las llamadas blue notes.

Este country blues evoluciona hasta lo que se conoció como blues clásico y en el que el predominio de las mujeres fue absoluto. Las cantantes femeninas desarrollaron grandes diferencias entre sexos como tema central. La conciencia femenina en asuntos de amor se hacía patente en la música.

Aunque el jazz se ha mostrado más voluble y más abierto a cambios sorprendentes y el blues se ha mantenido firme en sus primeras estructuras, la relación entre blues y jazz ha seguido siendo muy estrecha. A veces, la pregunta es dónde acaba el blues y dónde comienza el jazz.

En 1890, llega a Nueva Orleans un tipo de música que se uniría en ese comienzo del jazz a todo lo demás. Llega el ragtime. Alegre, fresco, sincopado, de la mano de los pianistas negros. Comienza a escucharse y a bailarse. Es el arquetipo de música revolucionaria. Edward Buxter llegó a decir que el ragtime era «la síncopa alocada». No todos entendían su significado.

Ya estaba todo listo para que el jazz apareciese y se convirtiera en un tsunami brutal que arrasaría con la idea de música imperante.

 

Los protagonistas

Buddy Bolden: Trompetista. Es el creador de la conocida Big Four; salto en el cuarto compás; acentuación del segundo compas de una marcha que permite tocar con todos los gritos o lamentos posibles.

Fue muy querido en el distrito de Storyville que, por aquel entonces, concentraba toda la actividad de la prostitución en Nueva Orleans. Porque el jazz hablaba de todo lo que sucedía allí. Bajo las sábanas o sobre ellas. Bolden terminó internado, hasta su muerte, en un centro psiquiátrico en Jackson (Luisiana).
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Jerry Roll Morton: Pianista criollo. Comienza a tocar en prostíbulos siendo un adolescente. Le gustaba presumir, era charlatan, iba siempre bien vestido. Consigue sumar ragtime, lo que hacían los juglares y el blues. Y consigue un híbrido extraordinario. Él presumió siempre de ser el inventor del jazz. No era cierto aunque sí fue el primero en publicar sobre el papel y en crear standars. Creyó que el ritmo español era imprescindible en el jazz.

 

Cine y Jazz

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Alrededor de la buena música

¿Le gusta el jazz? ¿Le gusta el cine? Si ha contestado sí a todo, eche un vistazo a la película Alrededor de la medianoche.

El director Bertrand Tavernier intenta (sin exceptuar una sola escena de la película) que la música de Herbie Hancock evoque la secuencia que acompaña. Lo simbólico de la imagen, su significado más íntimo. Y que cada imagen dibuje el sonido trazando contornos de lo que se ve, o no, desde la música. En esta película, la música se funde con la imagen sin enseñar fisuras.

Otra cosa es que guste más o menos. Es lenta y los actores (en su mayoría) son músicos. Por ejemplo, el gran Dexter Gordon interpreta el papel de un músico en horas bajas (Dale Turner, protagonistas de la trama) y, desde el principio, el espectador sabe que se interpreta a sí mismo. La música como única posibilidad de entender el mundo; Turner como única posibilidad de entenderse a sí mismo. Esto hace de la película una cosa rarita. Extraña. Pero, al mismo tiempo, deliciosa, entrañable y muy acogedora.

Por la pantalla desfilan contrabajistas (el gran Ron Carter), guitarristas (el no menos grande John McLauughlin) o el mismísimo Martin Scorsese en un papel menor. Y una niña (Gabrielle Haker) que luce una sonrisa de la que entre fusas puedes quedarte prendado por siempre jamás.

Dale llega a París y entabla una extraña amistad con un dibujante (François Cluzet). Este cree estar en deuda con el saxofonista porque ha sobrevivido a un desastre personal gracias a su música. Cuida de él para compartir un nuevo rumbo en su vida. Turner, bebedor y perdedor incansable, terminará ocupando el lugar que él cree tener reservado para poder seguir siendo.

Aunque sólo fuera por cerrar los ojos y escuchar, merecería la pena sentarse delante de una pantalla de cine en la que pudiera verse Alrededor de la medianoche.