Historia del jazz (VI): Abran paso, por favor, llega Duke Ellington

NMAH Archives Center Duke Ellington Collection Collection No. 301 Series 7, Box 4, Folder 24, Item * 8cc Duke with group of Indian musicians; India.

Harlem fue uno de los centros neurálgicos en el que el jazz se desarrolló, sobre todo, desde finales de los años veinte. Harlem era una especie de lugar que servía para que los afroamericanos pudieran sentirse más libres y más iguales a los blancos. Sin embargo, Harlem era, al mismo tiempo, un lugar en el que las miserias y la desigualdad seguían su camino. En este otro Harlem se encontraba la música jazz.

Harlem fue uno de los lugares fundamentales para el desarrollo del jazz. Allí coexistían los negros que tenían puestas sus miras en lugares muy altos y los negros que ya mascaban una desigualdad que parecía no existir, pero perduraba aunque con otras formas. Dos modos de entender la vida enfrentadas. Y, cómo no, en el Harlem una de las formas más extraordinarias de imponer criterios era la música. El piano fue el instrumento que marcó distancias entre unos y otros. No es lo mismo tener en el salón de casa un piano con el que encontrarse con Mozart o tenerlo para que sirva de apoyo en una fiesta comunitaria (muy frecuente en Harlem por aquella época). Sin embargo, vamos a mirar ese instrumento que tanto marcaba a unos y otros como lo que es, un instrumento; la vía necesaria para que el estilo Harlem Stride Piano lograse hacer saltar por lo aires lo que quedaba del ragtime y, de paso, todo lo nuevo que quería salir adelante. Art Tatum, Thomas Fats Waller, Willie the Lion Smith o James P. Johnson, son algunos de los extraordinarios músicos que compitieron por ser el mejor interprete de la ciudad en sesiones que se diseñaban como la única vía posible de conseguir el reinado del nuevo estilo. Algunos de los standars más famosos de la historia del jazz fueron compuestos por ellos.

El piano de stride exigía una mano izquierda con brío para que acordes y notas de bajo de forma alterna se sumasen a las síncopas de la mano derecha.

Se comenzaba a escuchar con fuerza el boogie-woogie, todo se preparaba para la llegada de las big bands, Harlem era motivo de interés entre los blancos… Pero para entender lo que sucedió hay que centrarse en una figura única en la historia del jazz.

Edward Kennedy Ellington nació el 29 de abril de 1899. Su familia, de clase media, siempre cultivó una apariencia que no se correspondía con la realidad, y de ahí le llegó al músico esa educación exquisita, esa mesura en el discurso, esas formas aristocráticas aprendidas más de su padre (mayordomo) que heredadas. Sus progenitores tocaban el piano aunque él no mostró gran interés por la música hasta que tomó contacto con los músicos de stride. Es entonces cuando comienza a pensar en dedicarse a la música en lugar de al dibujo que era su vocación.

En 1923 se hace miembro de un combo de cinco hombres entre los que ya se encontraban algunos de sus famosos solistas: el saxofonista contralto Otto Hardwicke, el baterista Sonny Greer y el trompetista Arthur Whetsol. El grupo de llamó The Washingtonians. Viajan a Nueva York y fracasan. Según contaba el propio Ellington comían, cada día, un par de salchichas cortadas en cinco partes.

Pasados tres años, lo intenta de nuevo. Esta vez la fortuna se arrima al músico. Comenzó a tocar, muy pronto, en el famoso Cotton Club, un club de Harlem visitado por blancos en el que no podían entrar los negros salvo que fueran a actuar allí. Consigue grabar sus primeros discos que se convertirían en éxitos, como, por ejemplo, Black and Tan Fantasy, East St. Louis Toodle-oo o Birmingham Breakdown.

CIRCA 1930:  Composer Duke Ellington poses for a portrait composing at the piano in circa 1930. (Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images)

Hay que decir que Duke Ellington se sintió orgulloso de ser negro durante toda su vida. Algunas de sus canciones hacen clara referencia a ello (Black Brown and Beige, un cuadro musical que habla del color y de la naturaleza del afroamericano; que fue negro en África, se hizo moreno durante la esclavitud y algo más claro en la actualidad). Pensaba que el negro norteamericano tenía más que ver con el blanco que con el África negra. Quiero hacer la música del negro norteamericano, dijo en alguna ocasión. Por ello, incluso en la época en la que la segregación era absoluta, como cuando trabajaba en el Cotton Club, no dejó de mantenerse firme en sus modales, en su forma de hacer música y, por tanto, de entender la realidad.

Desde esa primera época como band-leader y hasta los años cincuenta, Ellington logró que su grupo permaneciera unido y en veinte años no hubo más de seis o siete cambios de importancia. La música era de todos los músicos, cada tema era producto de la colectividad. Él como director, Billy Strayhorn como arreglista y compositor o cualquiera de los músicos, proponían un tema. Ellington lo tocaba al piano hasta que entraba el grupo rítmico a unirse. A continuación, el saxo barítono de Harry Carney se dejaba oir mientras este improvisaba; los metales construían el movimiento de fondo y eso era suficiente para que ese tema quedase en la mente de todos como algo que solo podía escucharse de ese modo puesto que no cabía interpretación distinta. De hecho, lo que tocaba Duke Ellington y su orquesta nadie podía imitarlo. En una ocasión, Paul Whiteman y Ferde Grofé visitaron durante algunas noches el club en el que tocaban y terminaron diciendo que allí no era posible robar nada. Seguramente, por esto, algunos temas brillantes de Ellington nunca llegaron a ser éxitos de masas. Mood Indigo, Creole Love Call o Solitude, perdían mucho de su esencia interpretadas por cualquier otro grupo.

En la próxima entrega echaremos un vistazo a la evolución de Ellington desde la Gran Depresión hasta que nos abandonara dejándonos huérfanos de su música inigualable.

Los protagonistas
Thomas 'Fats' Waller
Thomas “Fats” Waller

Nació en Harlem el 21 de mayo de 1904. Fue el músico que más llamó la atención del público en general sobre el estilo conocido como Harlem Stride Piano; un tipo de música que serviría para unir el ragtime de principios de siglo y los nuevos estilos pianísticos que iban evolucionando en el jazz. En Harlem, el piano tenía la misma importancia que tuvieron las bandas de metal en Nueva Orleans.

Waller era capaz de tocar en cualquier lugar. Si tenía un piano cerca lo hacía. Compuso temas importantísimos en la historia del jazz como, por ejemplo, Squeeze Me o Black and Blue. Su fama le llega de la cantidad casi improbable de grabaciones que realizó y de llegar al público como un intérprete de música de fiesta en una enorme lista de divertidas y escandalosas actuaciones. En solitario, Waller recurría a la música clásica, al blues, a las raíces que se encuentran en el ragtime o al boogie-woogie. Aunque el arraigo musical lo encontraba en el piano de stride era capaz de buscar en otros estilos para poder hacer música.

Broadway o Hollywood le acogieron con gusto. Europa, también.

Murió de neumonía el 15 de diciembre de 1943.

Cómics y Jazz
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Moonlight Blues: El futuro imposible

Mafiosos, boxeo, prostitución, rubias despampanantes a las que es peligroso acercarse y jazz. Estos son los ingredientes necesarios para que crezca un mundo turbio en el que el ser humano se mueve entre miserias. Aquí no hay ni ricos ni pobres. Los grupos se forman con personas que acumulan mayor o menor cantidad de problemas, con personas que arrastran equipajes repletos de angustia, venganza o envidia. El dinero o el lujo es la cosmética que facilita un rato las cosas. Solo eso. Y, mientras, el jazz resuena en cada viñeta de Moonlight Blues. No podemos escucharlo aunque lo imaginamos con todo detalle para que la imagen quede matizada, para que cada personaje cobre esa vida única que le ha tocado en el reparto al que nunca asistió.

Este cómic lo firma Stefano Casini. Presenta un dibujo detallista y de trazo sinuoso que tiende hacia un claro expresionismo tan necesario para que la trama crezca, desde la credibilidad narrativa, como para que los personajes se sitúen en ese límite entre realidad y ficción que solo se logra sumando un potente grado de acidez en el texto. Blanco y negro con un tono gris. Casini escribe un relato de gran potencia que escapa del artificio literario y de la imagen manoseada. Es por ello por lo que logra que un enorme cúmulo de tópicos y estereotipos puedan convivir para terminar siendo un tebeo estupendo. El diseño de página es muy tradicional y ayuda a que se puedan ir sumando las diferentes tramas sin que el lector pueda perderse los detalles.

Pero como hilo conductor nos encontramos con una melodía que llega desde una azotea, el sonido de un saxo tenor que arrastra al mundo entero. Y no porque uno de los protagonistas sea músico sino porque es el jazz, el blues, lo que sirve de motor a todos los personajes. Casini sabe que el blues sostiene eso que llamamos jazz.

Como siempre ocurre en el relato negro, las almas no tienen posible redención. El futuro no es posible salvo si todo sigue igual. Un perdedor es un perdedor, la venganza es la venganza y un crimen lo resuelve todo.

Moonlight Blues no llega a las cincuenta páginas aunque es suficiente. Todo queda dicho.