Historia del jazz X: El jazz de Kansas City

Count Basie Big Band

La Era del Swing estuvo marcada por la música de Benny Goodman. Pero muchos otros músicos tuvieron gran importancia en el desarrollo del jazz. Todo estaba preparándose para el gran cambio llegase, para que el jazz se hiciese adulto. El jazz de Kansas City y los músicos que orbitaban a su alrededor fueron pieza clave.

Benny Goodman no quiso nunca arrimarse a los nuevos ritmos del bop. Quiso ser fiel a los cánones de la Era del Swing. Podríamos decir que cumplió su papel y dejó que otros fuesen construyendo lo que sería el jazz moderno. Dedicó buena parte de su vida a la música clásica. Murió en 1986.

Otro de los músicos que contribuyó, a pesar de las críticas recibidas por los más puritas, al desarrollo y esplendor del swing fue Glenn Miller. Las raíces afroamericanas del jazz quedaban aparcadas en su música; las partituras de Miller se acomodaban en clichés facilones. Sin embargo dejó títulos que, aún hoy, siguen funcionando bien. Pennsylvania 6-5000 o Moonlight Serenade son claros ejemplos de ello. Sería injusto no mencionar a este músico aunque no fuera el mejor exponente de lo que es el jazz verdadero. Dicho esto, el que escribe se suma a las críticas que recibió Miller y muchos directores de bandas (casi todos blancos) que sonreían al público y tendían hacia el arte más popular en lugar de hacer buen arte. La diferencia es que el arte popular es lo que quiere la gente y el buen arte es lo que necesita esa misma gente. Lo comercial y lo complaciente ponía en riesgo el trabajo de muchos músicos (casi siempre negros) que necesitaban del virtuosismo para decir cosas y construir el propio jazz.

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Fueron, también, cientos de músicos los que contribuyeron al desarrollo del jazz. No solo algunos directores de banda. Eran los integrantes de big bands que iban de fracaso en fracaso durante sus giras, que pasaban momentos de apuros económicos cada dos por tres dejando semillas de jazz por toda la geografía norteamericana e, incluso, europea. Durante los años veinte y treinta estos músicos fueron creando un estilo que se fundiría en distintas corrientes. La mejor de ellas, la que dio otro impulso al jazz durante la Era del Swing es la que encontramos en Kansas City. Fue allí donde terminaron confluyendo músicos de otras ciudades que habían escuchado jazz y querían hacer música con esa base adquirida.

¿Por qué Kansas City? La ciudad movía enormes cantidades de dinero procedentes del juego, las drogas y la prostitución. El alcalde de la ciudad en aquella época, Tom Pendergast, era tolerante y, dado que la situación económica en el resto del país era desastrosa, todos querían participar de ese oasis que era Kansas City. La ciudad se llenó de buenos músicos. Todo se preparaba para que lo que se conoció como jazz de Kansas City apareciera con entidad propia. Hay que añadir que el jazz de la ciudad estaba financiado por estafadores que no sentían nada por la música.

En Kansas City se fundieron blues, el sonido de las big bands y la dinámica llegada del Harlem neoyorquino en donde las jam sesions aportaban una frescura desbordante a la música.

Los arreglos musicales se redujeron y simplificaron siendo el riff la herramienta más utilizada. Los riffs (secuencias repetitivas cortas y rítmicas) son el elemento básico con el que se construían los arreglos para big bands y la base de muchas improvisaciones. Al extenderse el sonido de Kansas City esos arreglos se formalizaron y grabaron. Se pasó, además, al compas 4/4 y ese cambio en la esencia hizo que la sección rítmica modificase sus impulsos de una forma rotunda. La pulsación del bombo tan importante en otras ocasiones daba paso al hit-hat y el ritmo dejaba de depender de una forma de tocar casi milimétrica por parte del baterista. Es decir, el tom-tom-tom del bombo se cambió por el sonido agudo de los platos. Dicho de otra forma, el sonido era menos staccato. Por su parte, el pianista podía dialogar con el resto de la banda. Ya no era una réplica de la dimensión total de la orquesta. Se reducía el acompañamiento con una serie enérgica y entrecortada de acordes; el pianista podía tocar con la misma linealidad de un instrumento de viento.

En este escenario, aparecieron Count Basie con su piano, Walter Page con su bajo y Jo Jones a la batería para apuntalar un nuevo ritmo dentro del jazz y encontrar un lugar de privilegio para la música de Kansas City. La música afroamericana se extendía un poco más.

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William “Count” Basie nació en Red Bank (Nueva Jersey) el 21 de agosto de 1904. Su familia era muy humilde. Haciendo de todo un poco, obtuvo su primera formación musical escuchando el stride de Harlem. Pronto conoció a James P. Johnson, Willie the Lion Smith y Fats Waller. Sin embargo, a pesar de su intensa relación con Waller, el blues se impuso en el universo musical de Basie como fuente inspiradora. Más tarde, viajó hasta Kansas City para encontrarse con una tradición que inundaría por siempre jamás sus partituras.

Lo importante de Basie es que logró crear un estilo muy diferente a los que eran conocidos en ese momento. Nunca antes se rebajó tanto ese encorsetamiento que habían sufrido algunos músicos. Basie consiguió que la densidad musical se rebajase y que las notas fluyeran libres de cargas modales y superfluas. Basie logró que el piano pudiera dialogar con el resto de la banda y, como un buen escritor, los silencios de su instrumento se convertían en una zona expositiva de gran relevancia. Un solo de cualquiera de los instrumentistas era tan importante como la falta de notas del piano. Incluyó en su música una fascinante ironía, un contenido difícil de conseguir. Pero todo hay que decirlo: a Basie, a veces, se le iba la mano con este tipo de cosas y esas conversaciones pasaban a ser un chiste por un claro abuso de un humor que rebajaba, de forma notable, la calidad musical en sus actuaciones. El minimalismo que tanto buscaba Basie fue su peor enemigo cuando lo utilizaba como base artística y no como recurso circunstancial. Pero como todo hay que decirlo, añado que el tiempo ha dejado claro que el estilo de este músico era excepcional, único y de un nivel extraordinario.

Count Basie fue un líder tan grandioso como lo fue Duke Ellington. Fue capaz de unir a Lester Young, Jo Jones y Walter Page (entre otros) para que tocasen en su big band. Y esa unión dejó patente que todo lo que estaba por llegar al jazz estaría marcado por su forma de interpretar.

La banda de Basie era talento puro. El gemido de Texas que arrancaba Herschel Evans a su saxo era emocionante. Pero es que, frente a él, se encontraba Lester Young que improvisaba como nadie lo podía hacer con un saxo. Por ejemplo, en Blue and Sentimental sentimos ese gran contraste entre los instrumentos y la libertad que rebosa en el tema resulta perturbador. Por su parte, el vocalista Jimmy Rushing mezclaba su timbre más acomodado en la balada con otro pegado al blues. El resultado era precioso y marcó definitivamente a otros cantantes de la época. Algunos llegaron a cantar en la banda de Basie como Joe Williams o Helen Rainey. Poco a poco, algunos músicos de primer nivel se fueron incorporando a la banda. Dickie Wells y Harry “Sweets” Edison llegaron para improvisar y lo hicieron con un nivel de sincronización entre ellos que resulta inolvidable. Eran capaces de hacerlo sin buscar atajos o recorrer meandros musicales; eran directos, atacaban desde el mismo corazón de la melodía.

Si había buenos instrumentistas de viento estaban en la big band de Basie.

Con estos mimbres no es extraño que Basie y su banda se convirtieran en todo un fenómeno allá donde fueran a tocar. En el Roseland neoyorquino arrasaron nada más llegar. Los productores musicales habían viajado a Kansas City para escuchar y contratarlos. En 1939 ya se les consideraba entre las mejores bandas del país. En ese año se grabaron Taxi War Dance o Tickle Toe, por ejemplo, que son una muestra palpable de lo que era el jazz de Kansas City con Basie a la cabeza y de por qué tenía reservado un lugar preferente en la historia del jazz.

Todo estaba preparado para que el gran cambio se produjera. Finalizaba la Era del Swing y llegaba el jazz moderno.

Los protagonistas

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Artie Shaw
Quiso ser conocido como Rey del Clarinete y, así, contraponerse al título de Rey del Swing de Goodman con el que compitió ferozmente. Shaw fue un músico con una enorme adaptación respecto a la realidad que vivía. Su música era menos sincopada que lo que marcaba el canon de ese tiempo y el nivel melódico de sus partituras era extraordinario.
Toda su fuerte personalidad y su vida agitada quedaban ancladas a la frialdad del instrumento. Se separaba de sus bandas al mismo ritmo que se divorciaba de sus mujeres (Ava Gardner y Lara Turner fueron dos de ellas). Incapaz de seguir el ritmo de Goodman, tras éxitos rápidos aunque no definitivos, dejó la música. Regresó para dirigir, pero no como instrumentista.
Entre sus temas más famosos se encuentran Stardust o Begin the Beguine. Queda para la historia su capacidad para convertir los tránsitos melódicos en un juego de niños. Solo aparentemente, claro, porque la dificultad era endiablada.

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Lionel Hampton
El instrumento de Hampton era el vibráfono. Algo nuevo, inusual en el jazz. Un xilófono que incluía un mecanismo de vibrato y las láminas de metal se convirtieron en el nuevo sonido de las big bands.
Cuando Hampton se incorporó a la banda de Benny Goodman demostró que su sentido del swing era más que suficiente para lograr que la novedad se hiciera un hueco de importancia dentro del jazz.
Hampton era capaz de sumar un número improbable de notas en un solo de dieciséis compases. Sus adornos y el fraseo repleto de un lenguaje rebuscado y entusiasta se comparaba solo con el de Art Tatum. Aunque, del mismo modo que sucedió en el caso del pianista, el lenguaje de Hampton fue poco y mal comprendido.
Formó parte de Benny Goodman Quartet junto a Teddy Wilson, Gene Krupa y el propio Goodman. Y acompañó a Goodman en su banda hasta 1940.

Bennie Moten

Bennie Moten
Natural de Kansas City. Tras unos comienzos musicales arraigados en el blues y en la tradición de Nueva Orleans, logra formar una big band. Eddie Durham se unió como arreglista de la banda y, con su ayuda, Moten logró abrir camino al jazz de Kansas City consiguiendo que su música fuese el reflejo del movimiento lineal de la improvisación característica de ese estilo.
En 1932, la banda de Moten grabó, entre otros temas Toby o Moten Swing, que han pasado a ser grandes referencias del mejor jazz de los años 30.
Durante un viaje a Denver, Moten enfermó y tuvo que ser operado con rapidez. No sobrevivió al quirófano. Los músicos de su banda terminaron formando parte de la que Count Basie había organizado (Basie trabajó con Moten anteriormente). Es posible que de no haber fallecido, la banda de Moten se hubiera consolidado como referente principal del jazz de Kansas City.

Walter Page

Walter Page
Se hizo cargo en 1925 de la Billy King’s Road Show. El grupo iba a separarse y Page logró dar salida a los que ya se llamaban Blue Devils. Esta banda fue el germen de la que Bennie Moten organizaría poco después puesto que contrató a buena parte de sus integrantes.
Page estudió música en la universidad de Kansas y lograba pulir todo aquello que se colocaba a su alcance aunque eso llegase de lugares en el que el refinamiento musical no tuviera cabida alguna.
Page era un tipo de tamaño enorme y lograba obtener sonidos de su bajo que nunca antes habían sido escuchados. De este modo, el instrumento fue adquiriendo importancia dentro de su banda y ese modo de sonar fue contaminando el trabajo de otros músicos y otros grupos. Pronto se convirtió en el instrumento que daría vida a la walking line, ese sonido que escuchamos por debajo del conjunto y que logra unir el sonido de la banda.

Jazz y literatura
Corazon de jazz

Corazón de jazz

Corazón de Jazz contiene cosas más que interesantes. La trama es dinámica, los personajes van evolucionando con fuerza de principio a fin, cada página desprende un aroma inconfundible de amor por el jazz, el tema que se ataca es actual y atractivo. Todo eso está presente en esta novela de Sara Lövestam. Ahora bien, todo esto que se convierte en una historia muy bonita y emotiva se encuentra enfrente de la gran literatura. La profundidad en el relato no aparece por ningún sitio, las imágenes que utiliza la autora son simplonas y están, en su gran mayoría, gastadas hace muchos años y muchos libros. Es decir, no es una gran novela.

Dicho esto, Corazón de Jazz es un relato que, dado el bajísimo nivel que encontramos en el nuevo mercado editorial, merece la pena. Sin ser una cosa del otro mundo, resulta divertida y muy superior a las decenas de miles de títulos que se publican en España sin ton ni son.

La autora intenta huir del recurso lacrimógeno y entra de lleno en el recurso… lacrimógeno. La autora intenta conseguir una voz que tome cierta distancia con la acción (la suficiente como para que el lector tenga un espacio necesario) y no lo logra. Pega en exceso a ese narrador a la acción. Pero Lövestam nos habla del jazz, de cómo una vida puede cambiar cuando entra en contacto con esa música, de cómo el mundo es otro con un instrumento en las manos. Y de la amistad, y de las miserias, y de las grandezas, de músicos y su entorno. De viejos y de jóvenes. El jazz es la salvación del que quiere ser músico. Porque todo es swing, porque todo es blues, porque todo es una partitura.

Steffi, la protagonista, vive su día a día en el colegio. Es una tortura porque sus compañeros la acosan de una forma brutal. Busca y encuentra refugio en el jazz. Y tiene la fortuna de encontrar en su camino a Alvar, un anciano que fue contrabajista en distintas bandas de jazz. Las historias de ambos se van entrecruzando. Y, de verdad, la autora consigue que la trama sea más que emotiva. A través de la lágrima fácil, eso sí.

El aficionado al jazz tendrá en mente muchos de los temas de los que se habla, recordará viejas melodías que acompañaron tardes entre amigos o con las primeras novias. Los que no lo sean, podrán iniciarse con temas asequibles que no fallan. Los jóvenes podrán hacer esto y acompañar a la protagonista en sus días de colegio reconociendo eso que pasa y que los padres creemos que son fantasías. Y a más de uno se le escapará alguna lágrima en distintos momentos del relato. Baratas, pero, seguramente, sinceras.

Podría decir que a mí ni fu ni fa, que el libro es flojito, que la novela resulta un pastel vacío de contenido. Y tendría argumentos para justificar esa postura. Decenas de ellos. Pero no, prefiero recomendar el libro que, a pesar de sus carencias, invita a escuchar jazz y a leer. Ambas cosas son una maravilla. Así que la novela hay que leerla.

 

 

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Bird: El triunfo de Charlie Parker

Gary Giddins firma Bird: El triunfo de Charlie Parker que es, muy posiblemente, la mejor biografía escrita sobre el gran músico norteamericano nacido en Kansas City el año 1920.

Giddins no duda en acercarse al testimonio de los compañeros de Parker, a los de sus esposas, al de su madre; pero siempre con cuidado, revisando pulcramente si encajan con todos los datos disponibles. Va construyendo una vida entera sin dejarse arrastrar por grandes admiraciones o datos dudosos que podrían resultar curiosos aunque destrozarían el paso seguro del biógrafo.

Las referencias a las mejores grabaciones de Charlie Parker son precisas y escuchándolas con cierto orden dan una idea bastante exacta de lo que fue y representó la música de un saxofonista único en la historia del jazz. Posiblemente el más definitivo de todos.

Giddins estructura el texto en cuatro partes fundamentales: Juventud, aprendizaje, maestría y la que titula Bird vive. Sin ser un relato extenso, se habla de la evolución del personaje con gran rigor. Asistimos a la bajada hasta el infierno de Bird, un descenso que a otros (tal vez a él mismo) les parecía la visita al mismísimo cielo, a ese lugar al que todo artista debe llegar para serlo. Además, el libro incluye una sección en la que se hace referencia a la obligada bibliografía, un prólogo y una selección discográfica estupenda que ordena todas las referencias que aparecen en el texto principal.

Parker revolucionó el jazz. Parker fue mal comprendido e, incluso, ninguneado por la crítica de la época. Tuvo un extenso grupo de seguidores que trataban de imitar su forma de vida para conseguir alcanzar su música aunque la adicción a las drogas fuera parte fundamental y la imitación incluyese heroína, anfetaminas y alcohol. Parker siempre intentó dejar claro que lo importante era su música y no lo que hacía puesto que esto último no era motivo de orgullo y menos de imitación por parte de nadie. El problema fue que muchos pensaron que el virtuosismo, el talento y el genio de Parker era fruto de su adicción a todo tipo de drogas, a su forma de morir. Parker era irreverente, imprevisible, un genio. Y como decía Sartre los genios no son conscientes de serlo. Nunca se mostró arrogante y siempre convivió con una actitud autodestructiva estúpida que nos privó de disfrutar de su música un tiempo más extenso.

Todo aquel que quiera entender la música de Bird (para los que quieren acercarse por primera vez se puede convertir en una labor dura y para los que ya están arrimados una ayuda nunca viene mal) tiene en este libro una oportunidad única para indagar en una vida y obra insustituible que obligó a los músicos de jazz (a todos sin excepción) a replantearse sus principios musicales y su forma de interpretar.

El material fotográfico que incluye el libro es de gran calidad.

Imprescindible.