Ironía, amores y alcohol

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La primera época como director de Billy Wilder está marcada por su cine más negro, más tragicómico y más enano, a partes iguales. De la extraordinaria Perdición hasta la soberbia Berlín Occidente, el camino fue largo y en algunas ocasiones, tortuoso. De la vitalidad y frescura de alguna de sus películas al miedo en los guiones y las renuncias a las esencias, la senda fue irregular. Pero Wilder fue mucho Wilder y nos dejó verdaderas joyas del cine.

Billy Wilder es uno de los mejores realizadores de la historia de la cinematografía. Los retratos que logró, a través de sus personajes, de la fragilidad humana, de la falta de coherencia de hombres y mujeres o de los conflictos inevitables debidos a nuestra condición, son difíciles de superar.

De su primera época, hasta el año 1949, se pueden destacar tres de sus trabajos que reflejan bien lo que fueron los comienzos de su carrera como director. La magnífica Perdición (Double Indemnity, 1944) merece capítulo aparte y se ha tratado en este especial de forma independiente.

lost_weekendDías sin huella (The lost weekend, 1945). Fueron muchos los que presionaron para que este trabajo de Wilder no viera la luz. Por un lado, las asociaciones ciudadanas que pensaron que la película sería pura apología de la bebida, y, por otro, los fabricantes de bebidas alcohólicas que temían un daño irreparable entre sus clientes. Eran estos últimos los que debían sentir verdadero temor. Porque Billy Wilder entregó un trabajo formidable en el que se trazaba la sicología de un alcohólico y el drama personal y de otros ante un problema como este.

El guión es adaptación de la novela homónima de Charles R. Jackson. Fue el mismo Wilder junto a Charles Brackett quien escribió un libreto lleno de tensión narrativa gracias, sobre todo, a unos diálogos excelentes. Resulta inolvidable la oda que hace el personaje principal a la bebida (Puede que (el alcohol) me destroce el hígado, pero ¿qué le hace a mi cabeza? Soltar el lastre para que el globo se alce… dejo de ser un tipo corriente, ¡Soy uno de los grandes genios! ¡Cruzo las cataratas del Niágara como un funámbulo, ¡Soy Miguel Ángel modelando la barba de Moisés! ¡Soy John Barrymore antes de que el cine lo ahogara! ¡Soy Jesse James y sus dos hermanos! ¡Soy William Shakespeare! Y aquello de allí afuera ya no es la tercera avenida… ¡Es el Nilo! Por él se desliza la barcaza de Cleopatra).

La película se rodó en Nueva York y se utilizaron interiores naturales como, por ejemplo, el hospital Bellvue, que, fotografiados por John F. Seitz, se convirtieron en la visión aturdida de un alcohólico. Seitz usó luces en las zonas traseras para marcar los contornos y generar climas opresivos y cercanos a lo deprimente; escenarios que nos arrastran hasta la desesperación y la mezquindad a la que está condenado un alcohólico. Un excelente trabajo.

Como en muchos de sus trabajos, Wilder abordó un asunto más que recurrente: la debilidad humana. En esta ocasión es el alcohol el que destroza las pocas posibilidades de un escritor sin talento alguno, un hombre incapaz de enfrentarse al problema que sostiene un folio en blanco. Donald “Don” Birnam es su nombre. Vive a costa de su hermano Wick y está prometido con la joven Helen. Les engaña para conseguir beber y seguir despreciando su vida y la de los demás. La acción se desarrolla durante cinco días y asistimos a todo tipo de trampas, robos, engaños, huidas y, finalmente, al miedoso delirium tremens que sufre el protagonista. Un extraordinario Ray Milland encarna el papel de Don. Una jovencísima Jane Wyman el de Helen.

A pesar de ser una película con un ritmo narrativo extraordinario, llegado el final se nota cierta precipitación y se aporta un cierre algo edulcorado y falto de verisimilitud.

El vals del emperador (The emperor waltz, 1948).
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Cuando el senador norteamericano McCarthy se dedicó a su caza de brujas, Wilder decidió refugiarse en una comedia insípida, amable y carísima. Aunque se pueden encontrar algunos guiños humorísticos de calidad, en general, la película trata de divertir al espectador y poco más. Pero, el problema es que si alguien renuncia a lo que es, nada funciona. Ni siquiera Billy Wilder podía hacer semejante cosa.

De nuevo el guión fue escrito por el realizador y Brackett. La acción se desarrolla en Viena y El Tirol poco antes de que el imperio austrohúngaro dejase de existir.

Bing Crosby era, en el momento del rodaje, uno de los actores mejor valorados de Hollywood. Joan Fontaine estaba hasta las narices de parecer una lela en sus películas. Los juntaron y química, lo que se dice química, no se consiguió entre ellos.

El personaje de Crosby (Virgil Smith) es simpático y plano. El personaje de la señora Fontaine (Johanna Stoltzenberg) es una lela. No tuvo suerte la actriz.

Los diálogos son superficiales y hay zonas expositivas que Wilder tiene que manejar como puede porque son imposibles. Destaca la crítica a la crítica europea sobre la forma de vida de los norteamericanos y la caricatura, casi grotesca, de las clases aristocráticas.

La partitura es correcta (nada del otro mundo como alguno afirmó alguna vez) y el vestuario está muy cuidado y diseñado con mimo.

En definitiva, la película es, posiblemente, la peor de Wilder. Era algo previsible. Si alguien intenta crear arte, sea cual sea la forma elegida, bajo la presión del miedo, es mejor que dedique sus esfuerzos a otra cosa.

Berlín Occidente (A Foreign Affair, 1948).
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Sin embargo, Wilder sabía afilar las uñas y sacar a relucir el ingenio cuando lo que tenía que decir era comprometido. Uno de los ejemplos más atractivos es esta película rodada en Berlín y en los estudios de la Paramount que habla de la doble moral norteamericana que miraba con desdén las ruinas de Alemania.

El guión del propio Wilder, acompañado por Brackett y Richard L Breen, es una maravillosa catarata de guiños, de dobles sentidos, de situaciones divertidas. Con una elegancia fuera de lo común, el maestro Wilder deja entrever que tampoco había tanta diferencia entre un nazi y un americano que utiliza su situación para abusar en algunas situaciones.

Intercala el realizador imágenes documentales y nos da un paseo por un Berlín destrozado en el que los edificios emblemáticos son un montón de piedras desordenadas. Resulta muy interesante esa forma de ver que Wilder no esconde de su amada ciudad. Quince años antes la tuvo que abandonar y ya nada era lo mismo. Entre otras cosas porque su madre fue asesinada en un campo de exterminio.

En cualquier caso, Wilder decide hacer cine y coloca a Jean Arthur (encarna el papel de una congresista conservadora y cándida en exceso que quiere comprobar que sus soldaditos son estupendos y se encuentra con una realidad muy distinta… y con un enamoramiento de primera categoría), Marlene Dietrich (cabaretera con un pasado más que dudoso junto a los hombres del partido nazi) y a John Lund (un militar corrupto y ventajista). El trío funciona de maravilla. Cada uno en su papel borda el trabajo aunque destacan ellas y, sobre todo, Marlene Dietrich. No hace falta decir que cuando se pone a cantar y entorna los ojos todo explota en mil pedazos.

La historia es muy entretenida y las críticas morales predominan durante todo un metraje que se apoya en una narración fotográfica magnífica. La banda sonora de Friedrich Hollaender es estupenda e incorpora tres temas que interpreta la señora Dietrich. Hollaender, en persona, hace su aparición en pantalla para que le veamos interpretando al piano.

Junto Perdición, estas tres películas sirven de referencia para conocer una etapa del realizador que ya se encontraba consolidado dentro del mundo del cine. Aunque lo mejor estaba por llegar unos meses más tarde.

Pasando las de Caín

 

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Si el senador McCarthy hizo que Wilder las pasara canutas durante una buena temporada (sin escribir lo que hubiera querido, disimulando intenciones con movimientos de cámara que justificaran lo dudoso, buscando los dobles sentidos en cada frase y cuidando la estética para que cualquier cosa no pudiera parecer comunista), en España estábamos pasando las de Caín (esto es más español, más bíblico, más de la época franquista).
Es curioso comparar los carteles de la época. Siendo la misma película, los diversos diseños nos hacían pensar en cosas completamente distintas. A veces contrarias.
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Por ejemplo, el cartel con el que se anunciaba Berlín Occidente en España, mostraba a la cabaretera que interpreta Marlene Dietrich con traje azul, largo y tapada hasta el cuello, una mujer paseando un carrito de bebé, a la congresista con abrigo e, increíble, a la misma congresista con los hombros al aire junto al militar protagonista (si estás al lado del militar, sí). Si nos fijamos en el cartel francés, las parejas se miran enamorados, los hombros de la congresista siguen destapados, y la cabaretera enseña los suyos además de parte de sus piernas.

Esto que parece casi infantil no lo era tanto. Indica el tipo de moral impuesta con la que tuvieron que cargar muchos durante años. Del mismo modo que, seguramente, nos perdimos mucho de Billy Wilder porque no pudo hacerlo, los españoles nos perdimos entre las tinieblas del sexo como pecado.