Javier Pereira

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¿Se puede rodar una película en doce días y con sesenta mil euros en la cuenta bancaria (de los que cuarenta y siete mil son préstamos de familiares o amigos y trece mil son aportaciones a través del crowdfunding)? ¿Se puede rodar una película con lo puesto? Pues sí. Y uno de los ejemplos más emocionante y alentador es la película Stockholm de Rodrigo Sorogoyen. Tres años de proyecto que ha terminado siendo una magnífica sorpresa y un auténtico regalo para el cine español.
Javier Pereira es el actor principal de Stockholm. Ha recibido el Premio Goya al Actor Revelación este mismo año.
Como de costumbre, el tráfico de Madrid nos juega una mala pasada. Nos vemos algo más tarde de lo previsto. Hemos elegido el Círculo de Bellas Artes para sentarnos y charlar. Y el centro de la ciudad suele ser poco delicado con la puntualidad del que lo transita.
Javier Pereira es un hombre simpático, dispuesto a escuchar lo que le voy diciendo con actitud reflexiva. Intentamos recuperar el tiempo que nos ha robado la Gran Vía madrileña yendo al grano.

«Stockholm es una realidad gracias a las aportaciones de muchos. Además, lo hemos logrado, no sólo por esas aportaciones externas, sino porque el equipo ha invertido su propio sueldo. Todos hemos aportado entusiasmo y un nivel de confianza en el proyecto poco habitual. Tuvimos que reducir gastos al límite. Lo inevitable, como son los gastos de seguridad social del equipo, hubo que pagarlo sin demora; pero, por ejemplo, la casa que se ve en la película es nuestra propia casa. El éxito de la película fue financiarnos de este modo y ocultar las carencias de presupuesto con un movimiento exquisito de cámara por parte de Rodrigo, un reparto cortísimo o la utilización de un número de localizaciones mínimo. Es difícil que alguien que vea la película sin saber todo esto sea consciente de lo que, realmente, había detrás».

Javier desarrolla un discurso fluido. Muy parecido al de su personaje en la primera parte de la película. No tiene nada que ver con ese cálculo casi matemático al hacer el mínimo gesto, con el cinismo que desarrolla ese personaje en el segundo tramo de la acción en Stockholm.

«Soy muy exigente con mi trabajo, muy metódico. La labor de mesa me parece fundamental y, con este personaje, trabajé mucho su forma de entender y decir las cosas cuando estaba solo o cuando estaba rodeado de otras personas. Dependiendo de la escena, fui eligiendo qué actitud adoptar. Tuve presente todo esto mientras estaba frente a la cámara, pero, también, mientras descansaba. No dejé de pensar en como ganar la escena».

Javier, tu personaje me cae fatal. Muy, muy, mal.

«De eso se trataba. En la primera parte (en la que seguro que no te cae mal del todo mi personaje) no me costó tanto trabajo interpretar el papel. Está más cerca de lo que soy. Sin embargo, el esfuerzo cuando cambia el registro fue enorme. Lograr ser creíble con un personaje tan maniático y cínico no es fácil. Me alegra mucho que te caiga mal porque eso significa que logré lo que se buscaba conseguir».

Pues eso de lograr que la evolución de un personaje sea creíble y tener que manejar diferentes registros interpretativos ha supuesto conseguir un Premio Goya. No está mal ¿verdad?

«El Goya ha sido un regalazo muy importante. Para mí y para todo el equipo. Espero que las cosas sean algo más sencillas a partir de ahora. Aunque, en el mundo del cine, tenemos graves problemas de financiación. Se hacen pocas películas, los sueldos son bajos, las condiciones no son las mejores…».

Javier suma treinta y dos años y catorce películas. A los trece años se inscribió en una actividad extraescolar que tenía que ver con la interpretación y un año después ya estaba aprendiendo en la escuela de Cristina Rota. A los quince años probó suerte en un primer casting.

«Poco a poco, descubrí que esto de ser actor era lo que me gustaba. Nunca antes había pensado en dedicarme a ello. Y mira, sin casi quererlo, me convertí en actor trabajando mucho; siendo constante y con gran esfuerzo; eso que llamamos talento no lo da todo. Además, he tenido la fortuna de poder dedicar mucho tiempo al cine y a la televisión de forma simultánea. Y, ahora, al teatro, que es donde me siento mejor. Porque a los actores se nos descubre sobre el escenario; porque ahí no vale ocultar carencias, no hay forma de esconder nada. Por eso me gusta tanto, es un reto excitante».

Antes de acabar aprovechamos para comentar el estado actual de la cultura. Me quejo de la dependencia que tiene respecto del dinero, que eso de una cultura rentable es absurdo. Porque hay cosas que no pueden tener el horizonte colocado en la rentabilidad. Lo absurdo lleva a lo más absurdo. Podríamos pensar que si queremos ser muy, muy rentables, tendríamos que traficar con armas o con drogas. Eso da mucho dinero. Pero, claro, nadie se plantea algo así por ser inmoral. Alejar a la gente de la cultura por una cuestión de rentabilidad, o no cuidar de nuestros enfermos aunque con ello se pierda dinero, es tan lamentable como traficar con drogas. Javier me mira apoyando los codos en la mesa y adelantando los hombros.

«Olvidas la libertad. Lo que se hace, hoy en día, es pensar en que, por ejemplo, una película pueda servir para niños, mayores, ancianos o adolescentes. Estás obligado a construir un producto que hace aguas por todas partes. Y eso deteriora la cultura en su conjunto porque, si sumas muchas películas, muchas series de televisión, muchas obras de teatro y muchas novelas, el efecto es demoledor. La cultura, incapaz de empatizar con la gente, se hace más enana y se aleja muchísimo del público. Traducir la cultura a euros es un error enorme».

Dejamos el Círculo de Bellas Artes y caminamos hasta Sol. Los atascos siguen en el mismo lugar. A unos metros del lugar en el que nos despedimos, un hombre está sentado en el suelo. Un cartón que anuncia su ruina y su falta de medios para sobrevivir. Una cesta con algunas monedas. Lee tranquilamente una novela de Asimov.