José María Sert, nuestro Miguel Ángel olvidado

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Aladar se propone reivindicar con varios artículos la vida y la obra de uno de los artistas españoles más importantes del siglo XX que es, sin embargo, uno de los menos reconocidos. Su legado es extraordinario en todos los sentidos. Distintas razones ocultan tanto su personalidad como los importantes servicios que prestó a la cultura y a la sociedad española, pero sobre todo han dejado caer en el olvido una obra genial.

Un tren atraviesa la campiña francesa a toda máquina en la oscuridad de la noche del 5 de septiembre de 1939, viaja con las luces apagadas para evitar los bombardeos alemanes en un momento muy difícil, hace tres días que los aliados han declarado la guerra al Tercer Reich y Francia moviliza a sus reservistas. Pero el pintor José María Sert, afincado en París desde hace años, ha hecho gestiones al máximo nivel para conseguir que se le dé prioridad a este convoy ante los trenes cargados de pertrechos militares que discurren hacia la frontera con Alemania. Todas las barreras de Francia permanecen levantadas. En esos vagones viajan las obras del Museo del Prado de regreso a España. El mundo contiene la respiración. Sert consiguió in extremis poner a resguardo un legado único. Llevaba años trabajando en ello, gracias a sus excelentes oficios consiguió la movilización internacional para poner a salvo la primera pinacoteca del mundo, que el Gobierno de la República había mantenido junto a sí en la desesperación de una huida incierta, primero a Valencia, después al Castillo de Figueras; porque bien lo había dicho Manuel Azaña “El Museo del Prado es más importante que la República y la Monarquía juntas”. Gracias, entre otros, a José María Sert los fondos del Prado se salvaron de los desastres de la guerra.

En 1940, además, conseguía lo improbable, después de prolijas negociaciones con el gobierno de Vichy, la Dama de Elche, el Tesoro de Guarrazar y la Inmaculada Concepción de Murillo retornaban a España. Gracias, de nuevo, a los oficios de José María Sert podemos admirar hoy esas obras emblemáticas en las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional y en el Prado. Con nadie tiene la cultura una deuda tan grande como con el pintor catalán. Ningún nombre se merece tanto un reconocimiento sincero, en vida obtuvo la Gran Cruz de Isabel la Católica y la Legión de Honor.

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Hay tres razones para que los españoles nos hayamos olvidado de uno de los grandes. La principal parece lo que se consideran sus veleidades políticas, materializadas en un acercamiento al régimen de Franco. No es justa. El pintor fue sin duda un burgués, con ideas conservadoras y fuertes raíces católicas, pero demostró toda su vida ser un liberal en lo político, como no podía ser de otra manera para una figura cosmopolita como la suya. Ni se significó contra la República, para la que se desempeñó como agregado cultural de su legación en París; ni apoyó el levantamiento militar. Solo consiguió escorarlo finalmente hacia la dictadura la destrucción de la gran obra de toda su vida, la decoración de la Catedral de Vic, quemada por las turbas y destruida por completo durante los disturbios, en 1936.

El segundo motivo está fundado en el poder de las vanguardias del siglo XX, que aplastaron cualquier movimiento artístico que no fuera rompedor e innovase en la búsqueda de un nuevo lenguaje. En ese sentido quienes perseveraron en lo figurativo y siguieron la estela de los clásicos fueron considerados como pasados de moda, obsoletos. No ayudó tampoco su inmersión en los círculos de la plutocracia para la que trabajó en Palm Beach, Londres y Nueva York, ni el que ocupase el centro de la vida social en el París de los años treinta; ambos factores lo alejaron de la sociedad española.

Pero hay una última razón y es que la mayoría de sus obras, de gran formato, permanecen alejadas del público en el interior de edificios oficiales, o aisladas en museos minoritarios, o escondidas al público por motivos conceptuales o de conservación. Son, también, imposibles de transportar para las exposiciones temporales. Esto no ha sido obstáculo para la extraordinaria muestra en el Grand Palais de París en 2012 Ni para la publicación, en el país vecino de interesantes publicaciones y catálogos que no han sido, sin embargo, traducidos al español. Pero falta la gran exposición sobre su trabajo en Cataluña, donde están algunas de sus obras emblemáticas.

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José María Sert y Badía nació en el seno de una familia de la burguesía industrial catalana en 1804 y murió en Barcelona en 1945. Estudió en diferentes academias de Barcelona, se trasladó a París donde consiguió sus primeros encargos. Se especializó en un género que se había abandonado hacía siglos, el muralismo. Fue admirador de los clásicos y conocido en su época como el “Miguel Ángel del Ritz” por la magia de sus atmósferas, la desmesura de sus formatos y el poder de sus comitentes, pertenecientes siempre a la alta sociedad.

Y sin embargo, si hablamos de pintura, escasos artistas del último siglo han dado tanto a la Iglesia Católica como él hizo con las pinturas de la Catedral de Vic, que recreó después de su destrucción y a las que dedicó su vida. Pocos han hecho más por el nacionalismo, considerado en su forma benigna de idealización de los mitos fundacionales de los pueblos: La epopeya de los catalanes en Oriente (1929) del Salón de Crónicas del Ayuntamiento de Barcelona y Las alegorías del Pueblo de Guipúzcoa (1934) en el museo de San Telmo de San Sebastián, representan el sumun de la exaltación patriótica de la leyenda. Nadie como Sert supo representar a España, asombrando a los americanos con las quijotescas Bodas de Camacho (1931) del Waldorf Astoria de Nueva York o el Alegato de la Paz y el Entendimiento de la Sala del Consejo de la Sociedad de Naciones en Ginebra (1937). No se conoce escenario más suntuoso para una fiesta social que El cortejo de la reina de Saba (1924) del salón de baile del Hotel Wendel de París, hoy en el Museo Carnavalet. José María Sert opuso al Guernica de Picasso La intercesión de santa Teresa en la Guerra Civil española para el pabellón de El Vaticano en la Exposición Universal de París de 1937, pintó la capilla del Palacio de Liria (1932) en Madrid y un biombo extraordinario para la alcoba de la reina Victoria Eugenia en el Palacio de la Magdalena de Santander (1920). Soñó con decorar la cúpula del Pilar de Zaragoza. En 1932 el hombre más rico del mundo contrataba para la decoración del vestíbulo del Centro Rockefeller en la Quinta Avenida neoyorkina, una de sus obras maestras, El progreso industrial y la abolición de la esclavitud.

Aladar se propone destacar algunas de sus piezas sublimes para que los lectores se acerquen a contemplar unos lienzos inmensos pintados generalmente en grisalla de sepia y oro que no pueden dejar indiferente a nadie.