JOSÉ TAPIRÓ. PINTOR DE TÁNGER

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Museo Nacional de Arte de Cataluña
Barcelona, 17 de abril a 14 de septiembre de 2014

El siglo XIX extendió la moda de lo oriental. El norte de África, el Imperio Otomano y los Balcanes fueron visitados, dibujados, manufacturadas sus imágenes a través de tópicos y de leyendas como las de los bandidos, el harén y sus odaliscas, el desierto con sus ruinas inescrutables, las caravanas. En ese momento, España todavía formaba parte de ese mundo exótico que recorrían los viajeros del norte de Europa. Eran sobre todo Castilla y Andalucía, en ésta los vestigios de la dominación de omeyas y nazaríes, en su presente encontraban la etnicidad del folclore, de las indumentarias y la música. Según el sur de la península se hacía cada vez más accesible, los artistas volvieron el rostro hacia Tánger, la puerta de África, el único lugar del sultanato donde los viajeros eran permitidos sin restricciones. Una ciudad con una luz diáfana que devino parada obligatoria para la navegación tras la apertura del Canal de Suez convirtiéndose en crisol de culturas. El sitio que encerraba todo el imaginario de lo singular y el espíritu de Al-Ándalus.

El Museo Nacional de Cataluña profundiza en sus colecciones orientalistas y continúa explorando una conexión que inició con la revisión de Mariano Fortuny, a raíz de la interesante exposición que presentaba hace unos meses en torno a una de las obras maestras de la institución, La batalla de Tetuán. Lo hace uniendo a las acuarelas que posee del pintor reusense José Tapiró otras procedentes de diferentes instituciones, nacionales e internacionales, entre ellas de los fondos del Museo de Arte Orientalista de Doha o el Dahesh de Nueva York, o del madrileño Círculo de Bellas Artes. Se continúan explorando de esta manera las circunstancias de los catalanes en el norte de África, una presencia que se inicia con viajeros curiosos como Domingo Badía, conocido como Alí Bey o el empresario Antonio Amatller, se prolonga en las hazañas de militares como el general Juan Prim, conde de Reus y marqués de los Castillejos, hasta trascender en la obra de pintores como los mismos Fortuny o Tapiró.

La muestra se abre con una fotografía de época que nos traslada al tangerino Zoco de afuera, la puerta de entrada a la ciudad del estrecho, vinculando la exhibición con Tánger y en ella con paisajes que formaron un algo intangible y que no se han perdido del todo. Queda sobrevolándolos un espíritu, antiguas imágenes como ésta y las pinturas y los retratos de esos artistas que fueron capaces de congelar con sus trazos la intimidad de la Historia. Rostros y trajes, la luz de la atmósfera alrededor de los mortales. José Tapiró recoge en realidad un mundo en retroceso, fueron treinta años pintando los tipos de Tánger, algunos de los personajes de los cuadros caminan aun hoy por los pueblos del norte de Marruecos, ya no en la occidentalizada Tánger, pero sí en Chefchaouen, Larache o en Tetuán, sin embargo el mundo de las mujeres se ha desvanecido, un hecho curioso, contrario a la lógica poscolonial de los ámbitos árabes e indostánicos. Son unas mujeres casi bizantinas, bárbaras, afectadas por el ruido de oro y sus corazas enjoyadas, deslumbrantes con el oriente de sus perlas. Es la cultura bereber. Y es que el pintor catalán trabaja sobre un sustrato preislámico con cuya cultura terminó la arabización civil de la independencia, unos restos que precedieron la colonia y a cuya trascendencia y desaparición se ha prestado poca importancia. Tánger no era todavía la Ciudad Internacional y cosmopolita que pusieron de moda los artistas americanos en los años treinta, sino la medina desastrosa por donde el mundo magrebí comenzaba a filtrarse a Europa y a través del cual Occidente penetraba definitivamente en el sultanato de Marruecos. Una estructura amurallada donde convivían lo antiguo y lo moderno, lo tradicional de las culturas rurales norteafricanas, la pujanza comercial de la colonia judía y el poderío técnico de las potencias occidentales.

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Tapiró es justo con el detalle minucioso, el preciosismo de las veladuras, la penetración psicológica de los retratos. Impone la prestancia de los gnawas a pesar de sus harapos. Demuestra la fascinación, pero sobre todo la comprensión y la urgencia de un mundo que periclitaba. Esas cofradías gnawas estaban formadas por antiguos esclavos negros que ejercían como curanderos, exorcistas, místicos y músicos danzantes. Esos fenómenos heréticos serían los primeros en desaparecer, presionados por la ortodoxia islámica, pero son básicos para comprender la mentalidad marroquí y su evolución social, ese rasgo que distingue al imperio jerifiano del resto del mundo árabe y lo conecta con la idiosincrasia ibérica. Todo esto lo supo ver muy bien el pintor y se ve en cuadros como la Fiesta de los isawa, una procesión mística y paganizante que ya había sorprendido a Regnault y a Delacroix.

En cuanto a la ciudad, Tánger ha desaparecido y solo quedan de ella los detalles que vienen directamente de la admiración de los cuadros, algunos interiores en los que profundiza el exotismo de los tapices y de las telas, algún horizonte urbano que solo sirve como trasfondo para una escena costumbrista. Porque Tapiró se centra sobre todo en la figura humana, destacándola sobre fondos neutros en la composición de una imagen etnográfica que interesaba a los coleccionistas. Destacan los retratos de mujeres por su factura excepcional, como es el caso de la conocida como Belleza Tangerina de la Danesh que había pertenecido al millonario americano Malcolm Forbes.

La exposición se completa con una proyección de fotografías étnicas y urbanitas, casi todas del estudio de G.W. Wilson y con una monografía, alrededor se organizan talleres de acuarela o de percusión, simposios sobre el orientalismo y sus universos, dramatizaciones de textos de Juan Goytisolo, el gran investigador de los trasfondos marruecos.

Josep Tapiró nació en Reus en 1836 y murió en 1913 en Tánger a donde se había trasladado en 1877, fue especialmente activo en el mercado británico en la segunda mitad del siglo XIX. Tuvo como mentor a Federico de Madrazo cuya obra le influyó de manera decisiva.